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Las claves

Jerusalén iba a ganar un nuevo barrio al norte de Ramat Rachel, pero antes de levantar las primeras viviendas apareció una escalera tallada en la roca. Al bajar por ella, los arqueólogos encontraron un túnel subterráneo de unos 50 metros.

El hallazgo fue realizado por la Autoridad Israelí de Antigüedades durante una excavación previa a las obras. El proyecto urbano, impulsado por la Autoridad de Tierras de Israel, contempla 488 viviendas, equipamientos escolares, comercios y zonas de empleo.

La prudencia es importante. El equipo todavía no ha fechado el túnel con precisión. Su posible vínculo con la época del rey David procede del entorno arqueológico, rico en restos de la Edad del Hierro.

Sivan Mizrahi y Zinovi Matskevich, directores de la excavación, explican que el hallazgo empezó con una cavidad kárstica natural. Al seguir excavando, comprobaron que aquella formación había sido ampliada hasta convertirse en un largo pasadizo.

Parte del túnel continúa colapsada, así que todavía no se conoce toda su extensión. Los arqueólogos admiten que el pasaje “no ha revelado todos sus secretos”, una frase que resume el estado actual de la investigación.

El acceso se realiza por una escalera tallada directamente en la roca. En varios puntos, la galería alcanza hasta cinco metros de altura y unos tres metros de ancho, una escala poco habitual.

Mizrahi y Matskevich subrayan que “la excavación fue ejecutada meticulosamente”. Quien abrió ese espacio necesitó planificación, herramientas y mano de obra suficiente para acometer una obra subterránea de gran tamaño.

Una obra enorme sin fecha

La primera hipótesis apuntó a una instalación hidráulica, quizá relacionada con una fuente. Esa lectura perdió fuerza porque las paredes no están enlucidas, no hay señales de acumulación de agua y no se conocen acuíferos en la zona.

También se valoró una función agrícola o industrial. El problema es que el tamaño de la excavación y la falta de estructuras parecidas cerca hacen que esa explicación resulte difícil de sostener por ahora.

La interpretación que gana peso mira hacia la propia roca. El túnel pudo abrirse para alcanzar una capa de tiza útil para extraer piedra o producir cal, un material muy usado en construcciones antiguas.

La cal servía para morteros, revestimientos, suelos, cisternas y obras urbanas. Acceder a una capa adecuada podía justificar una excavación costosa, aunque los arqueólogos no dan todavía esa explicación por cerrada.

Dentro del túnel han aparecido indicios compatibles con esa idea. La Autoridad de Antigüedades menciona un pozo tallado en el techo, quizá usado para ventilación, y restos de cantera en el suelo.

Aun así, falta la pieza que permitiría ordenar todo el relato. Mizrahi y Matskevich reconocen que “la fecha del túnel también es un misterio”, porque no apareció ningún objeto que permita fecharlo.

Esa falta de datación no rebaja el interés del hallazgo. El túnel se encuentra cerca de un edificio público de la Edad del Hierro en Arnona y del yacimiento de Tel Ramat Rachel.

Si futuras excavaciones lo vinculan con ese horizonte antiguo, el túnel entraría en el paisaje arqueológico asociado a la monarquía bíblica y a la Jerusalén del primer milenio antes de nuestra era.

Por ahora, lo seguro es que no parece una simple grieta natural ni un pasadizo improvisado. La galería muestra una intervención humana intensa, aunque todavía no se sabe quién la abrió ni con qué propósito.

El túnel no quedará sepultado bajo las nuevas obras. El organismo competente prevé integrarlo en un parque arqueológico, junto al futuro barrio proyectado al norte de Ramat Rachel.

Amit Re’em, arqueólogo del distrito de Jerusalén, resume el desconcierto con una imagen sencilla. En una ciudad excavada una y otra vez, todavía aparecen estructuras capaces de dejar a los expertos casi sin respuestas.