Cuando se habla de insomnio, la mayoría de las personas piensa automáticamente en el estrés, las preocupaciones o la ansiedad.
Sin embargo, cada vez más estudios destacan la importancia de la salud intestinal como el culpable, un factor que para muchos suele pasar desapercibido.
Y es que según explica la doctora Malena García Arredondo, especialista en aparato digestivo y directora de la unidad MGA Healthy Digest, el descanso nocturno y el funcionamiento del intestino están mucho más conectados de lo que parece.
"Dormir bien no empieza en la almohada, sino en el intestino. Cada noche, nuestro sistema digestivo y nuestro cerebro mantienen una conversación silenciosa. Cuando esa conversación se desordena, bien por estrés, horarios caóticos o mala alimentación, el sueño también se resiente", explica la especialista.
Con más de 18 años de experiencia en neurogastroenterología, García Arredondo asegura que el insomnio no consiste únicamente en dormir menos horas.
Sus efectos pueden extenderse a diferentes sistemas del organismo, ya que "cuando el sueño se fragmenta o se acorta de forma crónica, el cuerpo activa mecanismos de estrés que terminan afectando también al intestino", señala.
Entre las consecuencias más frecuentes del mal descanso se encuentran alteraciones digestivas como digestiones pesadas, episodios de diarrea o estreñimiento y una mayor sensibilidad intestinal.
Además, la falta de sueño puede favorecer procesos inflamatorios en el organismo.
"Dormir mal favorece que la barrera intestinal sea más permeable y esto facilita el paso de sustancias inflamatorias al torrente sanguíneo, generando inflamación de bajo grado", explica la doctora, especialista en el eje intestino-cerebro en España.
La microbiota, formada por los millones de microorganismos que viven en el intestino, también se ve afectada cuando el sueño pierde calidad.
"Observamos una menor diversidad bacteriana, más presencia de bacterias proinflamatorias y una disminución de metabolitos beneficiosos como los ácidos grasos de cadena corta, que tienen un papel fundamental en la regulación de la inflamación y del propio sueño", comenta.
Pero la relación funciona en ambos sentidos. "Un intestino desequilibrado puede alterar señales neuroquímicas que participan directamente en cómo dormimos, cómo descansamos y cómo gestionamos el estrés", afirma García.
Por ello, la especialista recomienda cuidar tanto los hábitos de sueño como la alimentación. Mantener horarios regulares para las comidas, evitar cenas muy tardías y apostar por alimentos ricos en fibra, verduras, legumbres y fermentados puede ayudar a mantener el equilibrio intestinal.
Y es que "no se trata de buscar alimentos milagro, sino de entender que el sueño y el intestino forman parte de un mismo sistema integrado”, apunta.
La doctora concluye explicando que comprender esta conexión puede ser clave para mejorar la salud general, ya que "dormir no es solo una función cerebral. Durante la noche también se reajustan señales inmunológicas, hormonales y metabólicas que afectan directamente al intestino".
Aclarando que "cuidar la salud intestinal puede convertirse en una herramienta muy útil para mejorar el descanso y recuperar el equilibrio general del organismo".
