Desde hace años, o más bien décadas, es conocido el problema que tiene España con su gestión hídrica. Si bien es cierto que el último año fue especialmente lluvioso, la realidad habitual es que nuestro país suele lidiar con ciclos cada vez más intensos de sequía y restricciones de agua, a la par que nuestros embalses aguantan presiones cada vez más crecientes.
Pero no todos los países han decidido seguir la vía de la restricción, como es el caso de Argelia. El país norteafricano ha decidido avanzar hacia un suministro hídrico más constante y menos dependiente de las lluvias mediante la desalinización masiva del agua del mar.
La prueba más reciente de su cambio de estrategia la tenemos en Orán, donde la planta desalinizadora de Cap Blanc acaba de ser reconocida como la segunda mejor instalación de su categoría en los Global Water Awards 2026.
La planta de Cap Blanc, gestionada por Algerian Desalination Company (ADC), filial del gigante energético Sonatrach, es una de las mayores apuestas del país para combatir el actual estrés hídrico.
Su impresionante capacidad no ha dejado indiferente a nadie, llegando a poder producir hasta 300.000 metros cúbicos de agua potable cada día; en otras palabras, suficiente agua para el consumo diario de más de un millón de personas de media.
Una 'fábrica de agua'
Esta instalación forma parte de un ambicioso programa nacional impulsado por el Gobierno de Argelia cuyo objetivo es reducir su dependencia de las precipitaciones y de los recursos hídricos convencionales, cada vez más amenazados por el cambio climático.
Durante décadas, los países mediterráneos en general han vivido pendientes de los embalses y las lluvias estacionales; sin embargo, el aumento de temperatura y la irregularidad de las precipitaciones ha obligado a replantear este modelo.
La gran ventaja de las desalinizadoras es que convierten el mar en una fuente prácticamente inagotable de agua potable: mediante procesos de ósmosis inversa, se eliminan sales y otras impurezas presentes en el agua marina hasta hacerla apta para el consumo humano.
Si bien es cierto que se trata de una tecnología que requiere una elevada inversión inicial y un gran consumo energético, los avances tecnológicos de los últimos años han reducido significativamente los costes operativos; de hecho, las plantas modernas consumen varias veces menos energía que las primeras instalaciones desarrolladas a finales del siglo XX.
Por tanto, el premio obtenido por Cap Blanc no es solo un galardón simbólico. Los Global Water Awards están considerados como los "Óscar del agua", ya que distinguen anualmente a los proyectos más innovadores y eficientes del sector a nivel internacional.
Empresas y organismos de más de 80 países participan en este encuentro, el cual reúne a algunos de los mayores expertos mundiales en gestión hídrica.
Paradójicamente, este reconocimiento a la planta argelina se produjo precisamente en Madrid, siendo España un referente mundial en desalinización.
España cuenta con algunas de las instalaciones más avanzadas de Europa, especialmente en el arco mediterráneo y en Canarias: la desalinizadora de El Prat de Llobregat llega a generar hasta 200.000 metros cúbicos de agua al día y abastece a millones de personas en Cataluña durante los episodios de sequía.
Sin embargo, la capacidad de nuestras desalinizadoras sería insuficiente para afrontar escenarios climáticos más extremos. Si nos comparamos con Argelia, un país que está multiplicando sus inversiones en este tipo de infraestructuras hidráulicas no convencionales, la verdad es que España sigue dependiendo significativamente de los embalses y las lluvias.
En conclusión, la historia de Cap Blanc no deja de reflejar una realidad cada vez más evidente: el agua se está convirtiendo en un recurso estratégico tan importante como la energía, y solo los países capaces de garantizar el abastecimiento a sus ciudadanos mediante tecnologías avanzadas estarán preparados para afrontar sequías prolongadas y fenómenos climáticos extremos.
Argelia y otros países vecinos parecen haber entendido esta realidad, pero España aún no ha pisado el acelerador en este aspecto.
