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Las claves

Europa empieza a mirar de frente uno de sus escenarios climáticos más inquietantes: un debilitamiento grave de la AMOC, la gran circulación atlántica que ayuda a regular el clima del hemisferio norte. Y lo hace con una idea casi de ciencia ficción.

Un estudio de la Universidad de Utrecht, publicado en Science Advances, plantea si cerrar artificialmente el estrecho de Bering podría ayudar a estabilizar esa corriente oceánica. La propuesta no es un plan político aprobado, sino una prueba de concepto climática.

El estrecho de Bering separa Alaska y Siberia y conecta el Pacífico con el Ártico. La idea sería interrumpir ese paso para modificar el flujo de agua relativamente dulce hacia el norte y alterar, de forma indirecta, la salinidad del Atlántico.

La lógica física es importante. La AMOC transporta agua cálida y salada hacia el Atlántico Norte; allí se enfría, gana densidad, se hunde y contribuye a mantener la cinta transportadora oceánica que suaviza parte del clima europeo.

Si esa circulación se debilita demasiado, las consecuencias podrían ser enormes. Afectaría a temperaturas, lluvias, ecosistemas marinos, agricultura y patrones climáticos en Europa y otras regiones, aunque los impactos exactos siguen siendo objeto de investigación.

El dique podría ser negativo

El estudio parte de una comparación con el pasado. Durante el Plioceno, hace entre cinco y dos millones de años, el estrecho de Bering estaba cerrado por una conexión terrestre y la AMOC habría sido más fuerte, según explica Utrecht.

A partir de esa pregunta, el equipo modelizó qué ocurriría si ese paso se cerrara otra vez. Los resultados son llamativos, pero no simples: en algunos escenarios, la AMOC permanece más estable incluso con aumentos de CO₂.

La propuesta no consiste en un único muro recto entre continentes. El diseño estaría formado por tres diques que sumarían unos 82 kilómetros, con un tramo principal de aproximadamente 38 kilómetros aprovechando las islas Diómedes.

Sería como una infraestructura colosal entre Rusia y Estados Unidos para intentar proteger una corriente que condiciona el clima europeo.

Pero el matiz científico es decisivo. Los autores advierten de que, si la AMOC ya estuviera demasiado debilitada, cerrar el estrecho de Bering podría tener el efecto contrario y hacerla aún más vulnerable.

Por eso no puede venderse como una solución milagrosa. El propio Jelle Soons, investigador de Utrecht, lo presenta como una prueba de concepto: hay escenarios en los que podría funcionar, pero no está claro si son realistas.

Además, incluso si la física encajara, el obstáculo práctico sería gigantesco. Un dique entre Alaska y Rusia afectaría a ecosistemas marinos, pesca, navegación, comunidades indígenas y una de las zonas geopolíticas más delicadas del planeta.

La construcción en sí también sería extrema. Habría que levantar una infraestructura en aguas frías, remotas y ambientalmente frágiles, con hielo, corrientes, costes enormes y una coordinación internacional difícil de imaginar en el contexto actual.