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Las claves

Lo que empezó como una respuesta a la sed crónica del norte de China es hoy una de las mayores obras hidráulicas del planeta. Desde 2014, la ruta central del trasvase lleva agua por gravedad hasta Pekín y otras grandes ciudades del norte.

La ruta central del Proyecto de Transferencia de Agua Sur-Norte superó en febrero de 2025 los 70.000 millones de metros cúbicos transferidos desde 2014 y abastece ya a 114 millones de personas en Beijing, Tianjin, Hebei y Henan.

En Pekín, esa obra ha dejado de ser una infraestructura periférica. El agua desviada aporta cerca del 80% del suministro urbano de la capital y recorre más de 1.000 kilómetros desde Danjiangkou antes de entrar en las plantas de tratamiento.

El proyecto completo es mayor que esa ruta. China diseñó tres corredores —oriental, central y occidental— con una capacidad anual prevista de 44.800 millones de metros cúbicos para corregir un desequilibrio básico: el norte concentra población, agricultura e industria, pero dispone de mucha menos agua.

La diferencia es estructural. Según datos oficiales chinos, el norte reúne el 64% del territorio, el 46% de la población, el 63% de las tierras de cultivo y el 44% del PIB, pero solo el 19% de los recursos hídricos.

Una escasez real

La ingeniería de la ruta central descansa en una idea sencilla y dura de ejecutar. El agua baja por gravedad. No viaja empujada por bombeo continuo, sino guiada por una pendiente calculada al detalle desde la presa elevada de Danjiangkou hasta el llano del norte.

El resultado se nota más allá de las estadísticas. Wang Daoxi, viceministro de Recursos Hídricos, resumió uno de esos efectos con una imagen doméstica: la reducción de la cal en las teteras. En Hebei, cinco millones de personas dejaron atrás el agua salina o con exceso de flúor.

Hay además un efecto menos visible y más importante. Un estudio publicado en Nature Communications calculó que el agua transferida redujo la depleción —la pérdida de agua— acumulada de los acuíferos de Pekín en unos 3,6 kilómetros cúbicos entre 2006 y 2018, cerca del 40% de la recuperación total observada.

Sin embargo, ese alivio no salió gratis. El mismo trabajo recuerda que en la cuenca de Danjiangkou fueron reasentadas más de 300.000 personas. A eso se suman restricciones agrícolas e industriales para proteger la calidad del agua y cambios en los caudales aguas abajo.

La discusión de fondo no es si la obra funciona, porque funciona. La cuestión es cómo reparte su coste. Un análisis publicado en 2026 concluye que el proyecto mejora el desarrollo en áreas receptoras y en las de origen, pero sobre todo por la vía económica.

Los beneficios sociales y ecológicos, según ese mismo estudio, son más lentos y menos nítidos en los datos. El norte gana estabilidad hídrica y margen productivo; el sur asume controles ambientales más duros, costes de oportunidad y una transformación forzada de su economía local.

Ahí está, precisamente, la contraparte de este grandioso proyecto. China ha construido una máquina hidráulica que sostiene ciudades enteras, estabiliza acuíferos y empuja crecimiento, pero lo hace desplazando presión territorial, ecológica y social hacia las regiones que entregan el agua.