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Las claves

Zumaia se recorre en pocos minutos, pero el corte de Itzurun, popularizado por Juego de Tronos, condensa una secuencia que tardó millones de años en acumularse. El paseo acaba frente a una franja oscura donde la roca conserva el rastro químico del impacto de Chicxulub.

La clave aparece antes de que el paisaje se vuelva postal. Entre capas claras de calizas y margas asoma una lámina de arcilla de apenas milímetros. Ese nivel marca el límite K-Pg, la fractura biológica que separa el Cretácico del Paleógeno.

Ahí quedó fijada una lluvia mineral llegada desde el exterior. Tras el choque del asteroide en Yucatán, polvo vaporizado, esférulas y elementos escasos en la corteza circularon por la atmósfera y terminaron decantándose sobre el fondo marino.

El iridio importa por eso, no por su rareza desnuda. Su concentración delata una señal extraterrestre sincronizada a escala planetaria. En Zumaia, esa firma quedó atrapada bajo lodos sucesivos, comprimida durante edades enteras y después levantada por la tectónica alpina.

Lo que hoy mira al Cantábrico nació en una cuenca marina profunda. Durante decenas de millones de años, el fondo recibió sedimento fino, carbonato y materia orgánica. Luego llegó la compresión entre las placas ibérica y europea y dobló toda la estantería sedimentaria.

El resultado es una sección estratigráfica de limpieza inusual. Cada banco registra variaciones de energía, química oceánica, productividad biológica y aporte terrígeno. La extinción no aparece como relato abstracto, sino como una interrupción material del registro

Los microfósiles lo confirman con una frialdad casi clínica. Bajo la capa límite abundan foraminíferos del final del Cretácico; por encima, muchas formas desaparecen de golpe. La roca no dramatiza el episodio, sino que lo ordena en presencia, colapso y reemplazo.

La frontera geológica

Desde Geoparkea, resumen esa singularidad al afirmar que estas capas “sirvieron para comprender la extinción de los dinosaurios”. La frase resiste el escrutinio. Pocos afloramientos permiten seguir con tanta continuidad la transición entre un océano previo al impacto y otro ya alterado.

La caminabilidad de Zumaia deja de ser un dato costumbrista cuando se pisa ese borde. Un trayecto de diez minutos desde el casco urbano lleva al visitante hasta una frontera biológica que necesitó millones de años de depósito, compactación y levantamiento para quedar expuesta.

La ermita de San Telmo cumple ahí una función de escala. Desde su loma se aprecia cómo las capas entran en el mar como lomos de piedra, inclinadas por la deformación tectónica. No adorna la escena: permite leer la geometría entera del pliegue costero.

En la web Turismo de Euskadi, describen Itzurun como “uno de los tramos más espectaculares del litoral guipuzcoano”. La fórmula sirve para el visitante. Para un estratígrafo, el interés está en otra parte: continuidad de la serie, nitidez de los contactos y espesor útil para correlaciones finas.

Esa calidad explica la presencia de dos golden spikes en Zumaia, los clavos de oro con los que la Comisión Internacional de Estratigrafía fija referencias mundiales. No señalan la extinción de los dinosaurios, pero certifican la precisión excepcional de esta serie costera.

La capa negra de Algorri e Itzurun va acompañada por cambios en el contenido de carbonato, anomalías geoquímicas y una brusca reorganización del plancton fósil. La catástrofe quedó escrita como una cicatriz de ceniza, metal y silencio biológico.

Itzurun expone una frontera química y biológica de alcance planetario. En muy pocos metros, la roca concentra el depósito del colapso que cerró el Cretácico, sepultó gran parte de la vida marina y acabó por borrar a los dinosaurios no avianos.