Publicada

Las claves

A simple vista, Matalascañas puede parecer una playa más del litoral andaluz: arena, viento atlántico y una franja costera abierta frente a Doñana. Pero bajo esa imagen de destino de sol y mar, la costa onubense guardaba un rastro muchísimo más antiguo.

En ese tramo del Asperillo, en Almonte, salió a la luz un yacimiento con huellas fósiles humanas atribuidas a neandertales, junto a pisadas de grandes animales, después de que los temporales y las mareas dejaran expuesta una antigua superficie costera. Ese hallazgo convirtió una playa conocida por el turismo en una ventana excepcional al Pleistoceno superior.

El estudio publicado en Scientific Reports documentó las huellas neandertales de Matalascañas como un registro clave de presencia humana en la costa ibérica, y el CSIC explicó que el trabajo combinó drones y modelos topográficos para identificar y analizar las pisadas con más precisión.

No era solo una curiosidad geológica: era una escena congelada de vida prehistórica en el borde del Atlántico. La primera gran cifra que acompañó al descubrimiento fue la de unas huellas de más de 100.000 años, con estimaciones iniciales en torno a 106.000 años.

Esa cronología ya bastaba para convertir Matalascañas en una noticia enorme: una playa española que parecía limitarse a arena y olas estaba escondiendo el paso de homínidos antiguos en un paisaje donde también caminaron elefantes de colmillos rectos, uros, ciervos y aves acuáticas.

Aún más antiguo

Con el tiempo, además, el interés científico no ha hecho más que crecer. Distintas instituciones y divulgadores vinculados al hallazgo han señalado que las dataciones posteriores apuntan a una antigüedad todavía mayor, alrededor de 150.000 años en algunos niveles del yacimiento de Matalascañas.

Lo realmente potente de esta historia es el contraste. Uno va a la playa pensando en sombrillas, mareas y verano, y lo que aparece es un escenario de evolución humana. Los investigadores interpretaron el yacimiento como una superficie pisoteada por varios individuos neandertales, incluidos menores, en un entorno costero y marismeño muy distinto de la imagen típica que suele asociarse a estos grupos.

Matalascañas ayudó así a reforzar una idea importante: los neandertales no vivieron solo en cuevas o paisajes fríos del imaginario popular, también se movieron por costas abiertas del sur peninsular. Ese matiz es clave porque cambia también la lectura del lugar. La playa no escondía únicamente unas pisadas aisladas, sino evidencias de un ecosistema completo.

En el mismo enclave aparecieron numerosas icnitas de fauna, y trabajos posteriores en el yacimiento han seguido aportando información sobre aquel paisaje antiguo; en 2024, por ejemplo, se comunicó allí el hallazgo de huellas fósiles de flamencos de unos 150.000 años, presentadas como las primeras documentadas en Europa.