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Las claves

Durante años, el alquitrán de abedul ha sido una pieza técnica en el relato neandertal: un pegamento para fijar puntas de piedra a mangos y, con ello, fabricar herramientas compuestas. Un nuevo trabajo le da otra lectura: además de adhesivo, podría haber servido para reducir infecciones.

El estudio, publicado en PLOS ONE, no afirma que los neandertales inventaran antibióticos modernos, pero sí pone números a una sospecha razonable: ciertos extractos de abedul frenan bacterias asociadas a heridas.

El equipo produjo alquitrán a partir de Betula pendula y Betula pubescens —dos abedules comunes en Europa— con tres métodos (incluidos procedimientos reconstruidos para contextos paleolíticos) y evaluó su efecto con un ensayo clásico de difusión en disco (Kirby-Bauer modificado).

El resultado fue moderado pero consistente contra Staphylococcus aureus (Gram positiva), una bacteria habitual en infecciones cutáneas: las zonas de inhibición fueron desde ausencia de efecto hasta 10,5 ± 0,7 mm, con una media de 7,5 ± 0,17 mm.

En paralelo, el artículo recuerda que el alquitrán no es una rareza de laboratorio: aparece en yacimientos europeos del Paleolítico medio, y su fabricación exige calor y poco oxígeno, una combinación que implica planificación y control del proceso, no un accidente doméstico.

Un aplicacón no casual

¿Dónde está, entonces, la parte controvertida? En el salto interpretativo. Una cosa es demostrar actividad antibacteriana in vitro; otra, probar que alguien hace 40.000–100.000 años lo aplicaba como apósito, pomada o antiséptico. El propio trabajo se mueve en el terreno de “debe considerarse” más que en el de “queda demostrado”.

Para sostener la hipótesis, los autores tiran de paralelos etnográficos: describen usos medicinales del alquitrán en comunidades Mi’kmaq (con el nombre maskwio’mi) y entre los saami, y los conectan con una idea más amplia de “cuidado” en el Pleistoceno. Es una pista, no una prueba directa.

Aun así, el encaje cultural no es descabellado. Sabemos que los neandertales usaron plantas sin valor nutritivo aparente: en El Sidrón (España) se detectaron compuestos compatibles con manzanilla y milenrama en cálculo dental, interpretados como posible automedicación.

El problema, como subrayan voces prudentes en debates similares, es que el registro raramente permite leer “intención” con la misma claridad con la que leemos “presencia”. Un compuesto puede entrar por dieta, por humo, por contaminación del entorno… y no siempre por tratamiento terapéutico.

La aportación fuerte del artículo es que abre una vía verificable: buscar rastros de aplicación (microresiduos en pieles, herramientas de raspado, superficies de contacto), comparar perfiles químicos entre piezas “de enmangue” y piezas “de uso cutáneo”, y ampliar el panel microbiano más allá de S. aureus para medir si el efecto es realmente amplio.