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Las claves

Durante años, las rocas del fondo marino y los hielos polares contaron una historia bastante lineal: cuando el CO₂ sube, el planeta se calienta; cuando baja, se enfría. Dos trabajos en Nature, basados en hielo antártico antiquísimo, complican esa narración.

La clave está en Allan Hills, una zona de hielo azul donde el viento barre la nieve nueva y deja expuestas capas viejas. Allí, perforar no da una película continua, pero sí una colección de fotogramas climáticos de hasta millones de años.

Uno de los estudios, liderado por Sarah Shackleton, usa gases nobles atrapados en el hielo —xenón y criptón— para reconstruir temperatura media del océano en los últimos 3 millones de años. Es un termómetro global, no local.

El resultado más llamativo aparece alrededor de hace 2,7 millones de años: el océano se enfría con fuerza en el mismo tramo temporal en que el planeta entra en la dinámica de grandes hielos del hemisferio norte (la transición Plio-Pleistoceno).

Después llega otra sorpresa: durante la Transición del Pleistoceno Medio (aprox. 1,2 a 0,8 millones de años), cuando los ciclos glaciales se alargan y permiten hielos más grandes, el registro sugiere que la temperatura media oceánica se mantiene relativamente estable.

Un papel decisivo

El segundo artículo, con Julia Marks-Peterson al frente, mide burbujas de aire en ese mismo hielo azul para estimar CO₂ y metano del pasado. Su conclusión es incómoda: ambos gases se mantienen “en términos generales” estables a lo largo de los 3 millones de años muestreados.

Esa combinación —océano que cambia de forma marcada en momentos clave y gases que no “gritan” lo mismo— abre una pregunta: ¿y si, en ciertos puntos de giro, el motor dominante no fue la concentración de gases, sino la forma en que el océano almacenaba y redistribuía calor?

Eric Wolff, en un comentario asociado a los estudios, lo plantea con cuidado: o bien las capas de hielo eran extraordinariamente sensibles a cambios pequeños de CO₂, o bien hubo otros mecanismos capaces de inclinar el sistema climático en esos umbrales.

Además, Shackleton y colegas observan un posible desacople entre temperatura superficial y temperatura media del océano, lo que sugiere cambios en circulación, transporte de calor y mezcla vertical. Eso encaja con la idea de que el océano puede marcar el ritmo.

Pero el propio equipo subraya límites: en Allan Hills el hielo está comprimido y reordenado, así que los datos tienden a promediar glaciares e interglaciares. No permiten, por ahora, narrar cada ciclo con precisión quirúrgica.

¿Entonces los gases no importan? Al contrario. El mensaje relevante es temporal: hoy el calentamiento rápido está impulsado por emisiones humanas. Estos trabajos miran el pasado profundo para entender qué piezas podían dominar antes de que nosotros alteráramos el balance.