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Las claves

Durante décadas, las rocas lunares traídas por las misiones Apolo han contado una historia incómoda: hace unos 3.600–3.800 millones de años la Luna registró campos magnéticos tan intensos que, en algunos casos, podían rivalizar con el terrestre. El problema era el “cómo”.

Un nuevo estudio liderado desde la Universidad de Oxford, publicado en Nature Geoscience, propone una salida elegante: aquellos valores extremos no reflejan medio billón de años de “superimán lunar”, sino episodios rarísimos y breves que duraron apenas miles de años.

La pista que lo cambia todo está en la química. Al reexaminar los basaltos de los mares lunares (mare basalts), el equipo encontró un patrón claro: los ejemplares con magnetización más fuerte eran, casi sin excepción, mucho más ricos en titanio.

Ese detalle parece técnico, pero funciona como huella dactilar del interior. En la Luna, el titanio en estos basaltos suele asociarse a materiales con ilmenita y a procesos profundos ligados a la cristalización del antiguo océano de magma.

La hipótesis conecta dos fenómenos que antes se estudiaban por separado: volcanismo y magnetismo. El modelo sugiere que el derretimiento de cumulatos ricos en ilmenita cerca del límite núcleo-manto elevó temporalmente el flujo de calor que salía del núcleo.

Un evento raro

Y cuando el núcleo pierde calor más deprisa, el motor puede arrancar. Ese aumento de flujo térmico habría reactivado o potenciado la dinamo metálica lunar durante una ventana corta, generando picos de campo magnético justo mientras afloraban lavas ricas en titanio.

La parte más humana del hallazgo es, en realidad, un sesgo de muestreo. Las seis zonas de alunizaje de Apolo priorizaron superficies relativamente llanas y seguras… y eso significa que se pisaron sobre todo regiones mare, donde son más probables esos basaltos “especiales”.

Así se entiende el enigma: si tu colección proviene de un barrio concreto, es fácil confundir una rareza local con una característica global. Los autores comparan la situación con aterrizar pocas veces en la Tierra y concluir, por casualidad, que todo el planeta se parece al lugar elegido.

El nuevo marco no niega que la Luna tuviera campo magnético: lo que ajusta es su personalidad. La mayor parte del tiempo habría sido débil, con destellos intensos durante eventos geológicos concretos. En vez de una lámpara encendida, un estroboscopio.

Esto también ayuda a reconciliar líneas de evidencia que chocaban. Algunos registros sugerían magnetismo fuerte; otros, casi nada. Si los picos fueron cortos, ambos bandos estaban viendo verdades distintas en distintos momentos y, sobre todo, en distintas rocas.

Quedan flecos: los modelos necesitan supuestos para cubrir huecos, y otras explicaciones —como impactos capaces de magnetizar localmente— siguen en este marci. Pero la correlación titanio-magnetismo ofrece una predicción comprobable y, en ciencia, eso vale oro.