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Las claves

En la China de la dinastía Shang, el clima también se consultaba a los huesos. Miles de caparazones de tortuga y escápulas bovinas grabadas para adivinación registran preguntas que hoy suenan sorprendentemente modernas: “¿lloverá?”, “¿habrá desastre?”.

Un nuevo estudio en Science Advances propone que esas inquietudes no eran solo superstición, sino un termómetro social ante un aumento de episodios extremos. El equipo combinó inscripciones, arqueología y modelado paleoclimático para vincular tormentas costeras con crisis tierra adentro.

La base documental impresiona: más de 55.000 piezas de escritura oracular fechadas entre 1250 y 1046 a.C., los dos últimos siglos Shang. Los autores cuantificaron la proporción de consultas sobre lluvia, inundaciones y otros fenómenos hidrológicos.

Con esos datos construyeron índices climáticos de unos 200 años, como si cada lote de preguntas fuese un barómetro cultural. En la franja central del periodo aumenta el peso de divinaciones sobre lluvias intensas y desastres ligados al agua.

Para no quedarse en la tinta, cruzaron el patrón con evidencias de campo. En la llanura de Chengdu, asociada al reino Shu, revisaron capas de inundación y daños en estructuras: edificios afectados hacia 950 a. C. y diques destruidos hacia 500 a. C.

Construyeron en zonas elevadas

Además, el registro arqueológico sugiere una respuesta humana concreta: menos asentamientos, más concentración en zonas elevadas, como si la gente hubiese aprendido a vivir con crecidas recurrentes. No es “colapso instantáneo”, sino reordenamiento territorial bajo presión.

La pieza más ambiciosa del trabajo llega con los modelos: los autores simulan trayectorias y efectos de tifones en escenarios del Holoceno tardío. Su resultado principal es contraintuitivo: tifones costeros intensificados pueden traducirse en lluvias extremas e inundaciones lejos del mar.

Según ese marco, la actividad de tifones con componente hacia el norte se intensificó entre 1850 y 1350 a. C., afectando de forma indirecta a las Llanuras Centrales; más tarde, entre 850 y 500 a. C., crecerían las trayectorias hacia el oeste, con impacto en Chengdu.

El estudio lo plantea como una explicación plausible para descensos poblacionales y cambios sociopolíticos alrededor del final Shang, sin convertir al clima en único culpable. En sistemas complejos, una cadena de inundaciones puede amplificar conflictos, hambrunas y tensiones internas.

Los autores también introducen otra pieza: la variabilidad extrema del periodo. Señalan que condiciones tipo El Niño pudieron favorecer sequías en torno a 1350 a.C., complicando todavía más el panorama. En ese sentido, el clima aparece como una “doble pinza”: falta y exceso de agua.

Aunque quedan incógnitas: correlación no es causalidad automática, y los modelos tienen resolución limitada para microclimas y decisiones humanas.