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Las claves

El hongo no está comiéndose a la humanidad, pero sí hay una señal que preocupa bastante a micólogos y epidemiólogos: varias especies de Aspergillus podrían desplazar su área favorable hacia el norte y extenderse por Europa con el calentamiento global.

Eso es lo que plantea un trabajo liderado por la Universidad de Manchester, coordinado por Norman van Rhijn y financiado por Wellcome. La investigación modela cómo cambiaría la distribución ambiental de A. fumigatus, A. flavus y A. niger en distintos escenarios climáticos.

La cifra es alarmante: 9 millones de europeos estarían potencialmente expuestos a A. fumigatus si se mantiene una senda de altas emisiones. El mismo trabajo proyecta, además, un aumento del 16% del hábitat europeo favorable para A. flavus.

Ahora bien, exposición no equivale automáticamente a enfermedad. Los Aspergillus son mohos ambientales muy comunes, y la mayoría de las personas inhalan esporas sin desarrollar una infección invasiva. El problema serio aparece sobre todo en pacientes inmunodeprimidos o con ciertas enfermedades pulmonares previas.

La aspergilosis puede ser leve, alérgica, crónica o invasiva; esta última sí puede volverse potencialmente mortal, especialmente tras trasplantes, quimioterapia, dosis altas de corticoides o infecciones respiratorias graves.

Prioritario para la OMS

La preocupación adicional es que Aspergillus fumigatus figura en el grupo crítico de la primera lista de patógenos fúngicos prioritarios de la OMS. No está ahí por casualidad: combina carga clínica, diagnósticos complejos, opciones terapéuticas limitadas y una resistencia antifúngica cada vez más vigilada.

La investigación sugiere que la temperatura media anual es una de las variables que más pesan en esa redistribución. Bajo escenarios de calentamiento intenso, las zonas aptas se moverían hacia regiones más frías, incluyendo partes del norte de Europa, Rusia y latitudes altas de Norteamérica.

También hay una dimensión agrícola que vuelve el asunto más incómodo. A. flavus puede contaminar cultivos y producir aflatoxinas, mientras que el uso extendido de fungicidas azólicos en el campo favorece la selección de cepas con resistencia cruzada frente a medicamentos usados en humanos.

Ese cruce entre agricultura, clima y hospital es justo lo que hace del problema algo más que una curiosidad de laboratorio. El ECDC ya advirtió hace años de que el uso ambiental de triazoles podía contribuir a la resistencia en Aspergillus con impacto clínico real.

Además, los propios autores reconocen limitaciones del trabajo. Los modelos operan a gran escala y no capturan bien microclimas, obras, tormentas de polvo o reformas hospitalarias, factores que pueden disparar localmente la carga de esporas y alterar mucho el riesgo real de exposición.

Aunque insisten en la importancia de entender que el cambio climático puede reorganizar silenciosamente el mapa de algunos patógenos fúngicos. Y en un campo con pocos diagnósticos y pocos antifúngicos, eso ya es bastante serio.