Las claves
nuevo
Generado con IA
Aunque a escala humana parezca inmóvil, la Tierra nunca está quieta. Bajo nuestros pies, la corteza se desplaza con la misma naturalidad con la que el planeta rota sobre su eje y orbita alrededor del Sol. De hecho, lo que hoy entendemos como continentes estables no es más que una instantánea provisional dentro de un proceso geológico de enorme alcance.
Las masas de tierra que ahora separan océanos e, incluso, definen fronteras políticas forman parte de un ciclo profundo y lento que no se detiene. En ese sentido, según las proyecciones de la tectónica de placas, dentro de unos 200 millones de años esos bloques volverán a reunirse en un único supercontinente. Cuando eso ocurra, el mapa que conocemos será irreconocible para alguien de nuestra época.
En este sentido, la literatura científica identifica cuatro grandes escenarios sobre cómo se formará el próximo supercontinente: Novopangea, Pangea Próxima, Aurica y Amasia. Cada uno depende de qué océanos se abran, cuáles se cierren y cómo evolucionen las zonas de subducción que hoy redistribuyen la corteza terrestre.
El primer modelo, Novopangea, parte de la hipótesis clara de que el océano Pacífico continúa cerrándose mientras el Atlántico sigue ensanchándose. El Pacífico, con unos 200 millones de años de antigüedad, está rodeado por el llamado Anillo de Fuego, un cinturón de subducción donde el 80 % de los grandes terremotos del planeta libera la energía acumulada.
En ese contexto, las placas oceánicas del Pacífico se hundirían progresivamente bajo los continentes. América se alejaría aún más de Europa y África, para terminar chocando con una Antártida desplazada hacia el norte. Finalmente, las masas continentales convergerían en un nuevo bloque gigantesco, heredero conceptual de Pangea.
El segundo escenario se conoce como Pangea Próxima. Aquí el Atlántico, de unos 180 millones de años, deja de expandirse y comienza a cerrarse. Nuevas zonas de subducción arrastrarían de nuevo a América hacia Europa y África. El resultado sería un supercontinente con forma casi anular y un pequeño océano interior.
El tercer modelo, Aurica, es uno de los más llamativos. Propone el cierre simultáneo del Atlántico y el Pacífico, algo posible porque ambos son océanos geológicamente antiguos. En ese caso, el océano Índico, más joven, seguiría expandiéndose y permitiría que todos los continentes se concentraran en torno al ecuador.
Las simulaciones climáticas indican que Aurica tendría una temperatura media global de 20,6 grados, frente a los 13,5 actuales. La ausencia de grandes masas continentales en los polos reduciría la formación de hielos permanentes y, con ello, la capacidad del planeta para reflejar radiación solar. “Este supercontinente estará cerca del ecuador, por lo que probablemente será más cálido y seco que la Tierra actual”, explica Duarte.
El cuarto modelo, Amasia, plantea una fuga hacia el norte. En este caso, el océano Ártico se cerraría mientras Atlántico y Pacífico permanecerían abiertos. Los continentes, salvo la Antártida, migrarían hacia latitudes altas y se agruparían en torno al Polo Norte.
Las grandes cordilleras resultantes actuarían como auténticas trampas de nieve. La acumulación de hielo aumentaría el albedo, es decir, la fracción de luz solar reflejada al espacio. Las simulaciones estiman una temperatura media de 16,9 grados, inferior a la de Aurica, pero acompañada de una glaciación masiva en amplias regiones.
Michael Way advierte que esa redistribución alteraría la circulación oceánica profunda. “Las placas todavía se están moviendo y hay un terremoto de magnitud 6 cada día en algún lugar del planeta”, recuerda. En Amasia, la interrupción de las corrientes que transportan calor desde el ecuador podría consolidar hielos persistentes y transformar por completo los ecosistemas.
Estos escenarios no solo reconfiguran mapas, también alteran la vida. Duarte advierte que “muchas especies se enfrentarán a una competencia feroz y lucharán entre sí por la supervivencia a medida que los continentes se unan. Debemos esperar extinciones masivas”. Un supercontinente implica menos costas, más interior continental y climas más extremos.
La Península Ibérica es un ejemplo de cómo estos ciclos dejan huella. El Macizo Hespérico y el Sistema Central son resultado de antiguas colisiones continentales que tuvieron lugar cuando España formaba parte del núcleo de Pangea. Las rocas conservan la memoria de aquel supercontinente.
Tras la fragmentación, el Atlántico se abrió y el relieve cambió. El Mediterráneo es un vestigio relativamente joven de ese proceso. Las placas siguen desplazándose varios centímetros al año, y esa dinámica continuará hasta que los océanos vuelvan a cerrarse.
En el futuro, si África prosigue su avance hacia el norte hasta sellar el Mediterráneo, España podría quedar atrapada en la zona de colisión. En un escenario similar al de Pangea Próxima, la Península se situaría en el corazón de una sutura tectónica capaz de levantar montañas de miles de metros.
La incógnita sobre la viabilidad de la vida humana
La reorganización continental tendrá consecuencias biológicas profundas. Duarte advierte que “muchas especies se enfrentarán a una competencia feroz y lucharán entre sí por la supervivencia a medida que los continentes se unan. Debemos esperar extinciones masivas”.
Un único supercontinente implica menos costas, más interior continental y climas más extremos. En un mundo más cálido y seco, amplias regiones podrían volverse prácticamente inhabitables para muchos mamíferos. En un escenario más frío, la expansión de hielos reduciría las zonas templadas disponibles para la vida compleja.
La cuestión de fondo es si la humanidad seguirá presente cuando esos cambios se materialicen. Duarte invita a relativizar nuestra confianza en el progreso: “Creemos que la evolución siempre avanza hacia la mejora. ‘Sí, somos muy inteligentes’, decimos”. Pero esa inteligencia, recuerda, también nos ha dado la capacidad de destruirnos.
“Tenemos la capacidad de crear armas nucleares capaces de matar a toda la humanidad”, señala, aludiendo a conflictos actuales. Para que una especie poshumana sobreviva 50, 100 o 250 millones de años, añade, hará falta algo más que tecnología o superinteligencia: será imprescindible aprender a vivir en equilibrio con el ecosistema que la sostiene.
En cualquier caso, estos cambios no sucederán en nuestra vida ni en la de incontables generaciones futuras. Y, sin embargo, ya están ocurriendo. Como recuerda Way, “las placas todavía se están moviendo y hay un terremoto de magnitud 6 cada día en algún lugar del planeta”. La deriva continental es silenciosa, pero constante. Todo cambia, aunque no lo notemos.
