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Las claves

El polvo de un asteroide que pasó miles de millones de años dando vueltas lejos de la Tierra acaba de meterse en una de las discusiones más longevas —y complejas— de la ciencia: dónde se 'fabrican', exactamente, los ingredientes de la vida.

No la vida en sí, sino sus ladrillos básicos. La pista llega en forma de granos negros, casi invisibles, recogidos por la misión OSIRIS-REx y traídos a la Tierra en septiembre de 2023 desde Bennu, un cuerpo primitivo de unos 4.600 millones de años.

Esas muestras, analizadas ahora con lupa isotópica, sugieren que parte de la química prebiótica puede nacer también en el frío extremo, en ambientes helados y bañados por radiación ultravioleta, más allá de la frontera donde el agua se congela en el sistema solar temprano.

En el material de Bennu han identificado al menos 14 de los 20 aminoácidos que utiliza la vida terrestre para construir proteínas, además de otros muchos aminoácidos extra que la biología terrestre no emplea.

Un entorno químicamente distinto

En una primera lectura, eso refuerza una idea que lleva décadas flotando entre meteoritos y cometas: el inventario orgánico no es un lujo raro, sino un repertorio bastante generoso.

Pero lo llamativo no es el qué sino el cómo: la firma isotópica apunta a que esos compuestos no tienen por qué haber surgido en charcas templadas ni en rocas alteradas por agua líquida cerca del Sol joven, como se asumía en el relato más clásico.

La investigación —publicada en Proceedings of the National Academy of Sciences— se centra en una pista muy concreta: los isótopos de carbono y nitrógeno en aminoácidos del polvo de Bennu, con especial atención a la glicina, el aminoácido más simple y una especie de 'pieza de LEGO' molecular omnipresente en la discusión prebiótica.

En la Tierra, la glicina puede formarse por rutas químicas bien conocidas en agua, como la síntesis de Strecker, que implica precursores como cianuro de hidrógeno, amoníaco y aldehídos. Esa ruta encaja con ciertos meteoritos famosos: el meteorito de Murchison, caído en Australia en 1969, ha sido durante años una referencia para estudiar aminoácidos extraterrestres y relacionarlos con química acuosa relativamente templada.

Lo que hace el equipo de Universidad Estatal de Pensilvania es comparar: si la glicina de Bennu se hubiese fabricado por el mismo tipo de receta que la de Murchison, su huella isotópica debería parecerse pero no sucede así.

La relación de isótopos que encuentran en Bennu encaja mejor con un origen en un entorno químicamente distinto y mucho más frío: hielos, granos de polvo helado y radiación UV capaz de disparar reacciones sin necesidad de agua líquida circulando como disolvente.

Es un giro interesante porque desplaza el foco desde solo donde hay agua líquida caliente se forman hacia también donde hay hielo irradiado. En términos de escenarios, la química de precursores orgánicos no estaría confinada a las zonas internas del sistema solar naciente.

El origen del material

Para entenderlo sin perderse: el sistema solar temprano tenía una frontera térmica conocida como 'línea de nieve'. Por dentro, el agua podía estar en vapor o líquido; por fuera, se congelaba.

Esa división no es solo un detalle de geología espacial: cambia la química posible, los materiales disponibles y el tipo de superficies (hielo, polvo) donde se pueden ensamblar moléculas.

El estudio interpreta que los aminoácidos analizados se formaron en un ambiente frío más allá de esa línea, y que el cuerpo progenitor de Bennu probablemente nació en esa región exterior antes de acabar fragmentado por impactos y dejar a este asteroide como uno de sus grandes restos.

De hecho, las muestras no son una piedra cualquiera. Son material recogido directamente de Bennu y sellado para minimizar contaminación terrestre, con un volumen que, para misiones de retorno de muestras, es enorme: la NASA comunicó una masa total de 121,6 gramos entregados a la Tierra el 24 de septiembre de 2023, el mayor retorno de muestra de asteroide hasta la fecha.

La importancia de esto no es el récord, sino la calidad: cuando intentas reconstruir química prebiótica, la diferencia entre un meteorito que ha atravesado atmósfera, lluvia y suelo, y un material recogido y curado con protocolos estrictos, es enorme.

La historia, además, conecta con una línea de resultados previos sobre este asteroide que ya estaba dibujando un panorama químico rico.

En 2025, la NASA informó de una mezcla de ingredientes orgánicos en las muestras y subrayó un punto relevante para el debate prebiótico: muchos aminoácidos existen en dos enantiómeros o 'manos' porque guardan la misma relación tridimensional que una mano derecha y una mano izquierda, versiones espejo llamadas L y D.

La vida terrestre usa casi exclusivamente la forma L, pero en Bennu aparecían mezclas sin esa preferencia marcada, lo que sugiere que, si estos compuestos llegaron a la Tierra primitiva, podrían haberlo hecho sin sesgo biológico inicial.

Y aquí entra el nuevo misterio que ha hecho levantar cejas a más de un químico: en uno de los aminoácidos analizados (ácido glutámico, que en este caso no sería de los que usa la vida), las formas L y D aparecen en proporción similar; pero con valores isotópicos de nitrógeno distintos.

Muchos asumían que, para una misma molécula, las dos manos deberían ser indistinguibles en su firma isotópica. Que no lo sean abre preguntas incómodas: ¿se formaron por rutas diferentes?, ¿hubo procesos posteriores (en hielo, radiación, minerales) que separaron sus historias químicas?, ¿tiene esto alguna relación —aunque sea indirecta— con por qué la vida terminó decantándose por una sola mano?

Durante años, muchos relatos populares sobre el origen de los aminoácidos tendían a imaginar un taller químico relativamente cálido, acuoso, cercano al Sol joven. Bennu propone otro taller paralelo: hielo frío, radiación, polvo y química en la periferia del sistema solar naciente.

No es una guerra entre modelos; es, más bien, la constatación de que el universo no apuesta por una sola receta. Y si los aminoácidos pueden surgir por múltiples caminos —y en regiones muy distintas—, por lo que el mapa de lugares donde buscar química prebiótica se amplía: lunas heladas, cometas, asteroides carbonáceos, discos protoplanetarios ricos en hielo.