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Las claves

¿Está corrupto el sistema científico mundial? "No iría tan lejos: hay muchos científicos comprometidos con los ideales de la investigación, pero la necesidad de publicar determina mucho su contenido y su carácter".

Daniel Brockington defiende a ultranza el trabajo de los científicos pero sostiene que hay un actor que está perjudicando gravemente el desarrollo de la investigación mundial: las revistas científicas.

Como vampiros, las grandes editoriales especializadas le chupan la energía a los científicos para sostener su rentable negocio.

Este geógrafo y antropólogo, profesor ICREA (Institució Catalana de Recerca i Estudis Avançats) y de la Universidad Autónoma de Barcelona, ha firmado, junto a expertos de todo el mundo, un análisis de cómo las revistas 'de prestigio' drenan los recursos de la comunidad científica.

Lo hacen de cuatro formas distintas. La primera es la económica: los cincos grandes grupos editoriales han generado más de 14.000 millones de dólares en beneficios entre 2019 y 2024.

Y sus márgenes están por encima del 30%, algo inusual en el sector editorial y en muchos otros.

Una parte de ello proviene, dice, de haber 'secuestrado' el acceso abierto, la gran promesa de la ciencia libre: para que el lector no tenga que pagar, es el autor el que lo hace. A veces, miles de euros, normalmente aportados por entidades públicas.

Así que el dinero del contribuyente acaba en manos privadas.

"En principio, el acceso abierto puede ser muy bueno", apunta el investigador a EL ESPAÑOL. "Pero ha sido apropiado por las compañías comerciales para obtener beneficios".

130 millones de horas sin pagar

La segunda forma de 'chupar la sangre' a la ciencia es acaparando su tiempo. En el panorama extremadamente competitivo de la ciencia hay un refrán: publica o perece.

El ritmo de artículos científicos por investigador se ha duplicado desde los años 90, la revisión de los mismos —por parte de revisores independientes— ocupa 130 millones de horas no remuneradas en 2020 y el ritmo de publicación obliga a evitar el riesgo y los trabajos a largo plazo.

"La publicación comercial distorsiona la forma en que la investigación usa su tiempo", señala Brockington.

"Implanta una serie de incentivos innecesarios que alteran la forma en que se comportan los investigadores. Esto implica que los procesos comerciales dan forma y dirigen la investigación más que las presiones académicas".

La tercera pata de ese sangrado es la de la confianza: este ritmo de publicación se da a costa del rigor y muchos comités editoriales de revistas han dimitido por la interferencia de intereses comerciales y las 'políticas en cascada': si un estudio no es lo suficientemente bueno para una revista del grupo, siempre habrá otra que lo recoja.

La cuarta y última pata, señala Brockington en su artículo, es la del control. Los que se encargan de establecer métricas para evaluar la calidad del sistema son firmas comerciales que tienen lazos económicos con las revistas científicas.

A pesar de este análisis, el antropólogo considera que "los componentes del cambio ya están presentes en la actualidad. Lo que necesitamos es que la atención, el prestigio y la recompensa [a los investigadores] se basen en ellos".

Por ejemplo, los proyectos financiados por la Comisión Europea imponen requisitos como la publicación en acceso abierto o no ceder los datos a compañías privadas.

El Consejo Europeo de Investigación lanzó en 2018 el Plan S, en el que los autores de trabajos subvencionados con fondos públicos den a conocer sus resultados en plataformas abiertas.

"El problema", sostiene Brockington, "es que el Plan S se hizo en colaboración con las compañías editoriales, por lo que estas han hallado formas de encajar los incentivos con la publicación comercial".

Por eso, la iniciativa presentada por académicos españoles junto a la asociación Oficina Española de Integridad en la Investigación de crear una gran revista española le parece interesante.

"Es el tipo de propuesta que recomendamos: la razón por la que los investigadores van a revistas comerciales es porque creemos que son más prestigiosas. Si el Estado apoya los costes de publicación, muy rápidamente se puede conformar una revista con una fuerte reputación, y rápidamente será más prestigiosa".

Y sentencia: "El prestigio, en las revistas académicas, no se da: se gana. La comunidad investigadora daría la bienvenida a esta revista".

No obstante, es consciente de que el cambio "tiene que venir de las organizaciones más poderosas del sistema que, desafortunadamente, son las editoriales y no podemos confiar en que sean ellas quienes produzcan este cambio".

Pero universidades, organismos públicos de investigación y los propios gobiernos, "si se coordinan, tendrán el músculo financiero para implantar normas sobre el acceso y cambiar las reglas".

Ponerlo en el currículum

Pone un ejemplo: si ICREA, la institución para la que trabaja, "dijera 'a partir de ahora no tendremos en cuenta si el trabajo está publicado en revistas comerciales' para realizar promociones, no lo pondríamos en nuestro currículum".

Es una dinámica difícil de cambiar. El propio Brockington reconoce que "he pasado 30 años pensando que lo mejor que me podía pasar es que mi investigación fuera publicada en Nature o Science. Si ocurría, mis compañeros me felicitarían".

Su posición le permite realizar una crítica. "Siendo senior, no tengo que preocuparme por ello, pero sí me preocupan mis [investigadores] postdoctorales. Sé que, cuando les entrevisten para su próximo trabajo, estarán en un sistema que les exige publicar en revistas de gran prestigio".

Cambiar ese prestigio de lugar "requerirá un considerable esfuerzo por parte de los empleadores y los gobiernos a lo largo de varios años".

Pero, "una vez empecemos a hacerlo, cuando nuestros colegas académicos nos feliciten por ello y cambiemos los incentivos, esto puede venir de forma razonablemente rápida".