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Las claves

Durante décadas, el Parque Nacional de Mammoth Cave ha sido sinónimo de pasillos interminables, techos abovedados y un mapa subterráneo que parece no acabarse nunca.

Pero en los últimos años, ese laberinto de caliza ha empezado a contar otra historia: la de un antiguo mar poco profundo que cubría buena parte de Norteamérica cuando los dinosaurios ni siquiera eran una posibilidad evolutiva.

Allí, en paredes y techos de roca formados hace más de 300 millones de años, un inventario paleontológico impulsado por el Servicio de Parques Nacionales ha permitido identificar dos tiburones del Carbonífero nuevos para la ciencia: Troglocladodus trimblei y Glikmanius careforum.

Estos dos gigantes han permanecido atrapados en una cueva sellada durante 325 millones de años.

Lo llamativo del hallazgo es que los tiburones suelen llegar al registro fósil hechos trizas. Su esqueleto es mayoritariamente cartilaginoso, y eso complica que se preserve de forma articulada.

En el Paleozoico abundan dientes aislados y espinas, pero no siempre conjuntos anatómicos informativos. De hecho, lo llamativo de estos dos ejemplares es que tenemos muchas señales de presencia, pero en el resto de casos menos cuerpos completos, y eso limita reconstrucciones de anatomía y ecología.

Fósiles raros en una cueva visitable

Lo que describe la investigación es que en la cueva hay material fósil muy útil —dientes, espinas dérmicas y, en el caso de Glikmanius, elementos de cartílago mandibular como el Meckel (mandíbula inferior)—, algo poco habitual en cuevas visitables por el público.

La conservación ha sido tan positiva que en cuanto a los nombres de estos animales se ha tenido como inspiración nombres propios de trabajadores del Parque. Troglocladodus trimblei honra al superintendente del parque (Trimble) y Glikmanius careforum reconoce a la Cave Research Foundation.

¿Y qué eran estos tiburones? Ambos pertenecen a un linaje extinto de tiburones primitivos llamados ctenacantos (Ctenacanthus), caracterizados —entre otras cosas— por espinas dorsales robustas, a veces con ornamentación en 'peine'.

En la reconstrucción más aceptada, su aspecto quedaría a medio camino entre un tiburón moderno y un animal 'acorazado' por esas estructuras defensivas, útiles tanto para disuadir a atacantes como para estabilizar el cuerpo durante la natación.

La morfología de espinas en condrictios fósiles se usa, además, como herramienta para inferir crecimiento y biomecánica en distintos grupos, lo que ayuda a pasar de la simple etiqueta taxonómica a hipótesis funcionales.

Dientes, mandíbulas y pistas de su dieta

En el caso de Troglocladodus, los autores destacan dientes con cúspides bifurcadas (una punta partida) que, interpretadas en contexto, sugieren un depredador eficaz para atrapar presas escurridizas en ambientes costeros: peces óseos tempranos, otros peces cartilaginosos menores e invertebrados.

Glikmanius, por su parte, aparece como un animal de mordida potente, con dentición más robusta y elementos mandibulares preservados que permiten describir rasgos que normalmente se pierden cuando solo hay dientes sueltos.

Fueron tiburones gigantes pero no colosales. Hablamos de longitudes estimadas en torno a 3–3,6 metros según divulgación asociada al parque y al propio trabajo publicado, un tamaño considerable para su época pero lejos de los colosos del Mesozoico tardío o del Cenozoico.

Lo relevante no es tanto el récord de metros como la ventana ecológica: hace 325 millones de años, estas aguas someras eran ecosistemas complejos, con arrecifes, bosques submarinos de crinoideos y una diversidad de peces que hoy solo podemos reconstruir sumando fragmentos.

Lo cierto es que esta cueva no es una excepción aislada, sino un ejemplo de cómo ciertos contextos —formaciones marinas del Carbonífero expuestas por procesos posteriores— pueden producir 'archivos' de vertebrados que estaban infradetectados.

El artículo técnico que describe a estos nuevos ctenacantos nace de un inventario sistemático (PRI) que está ampliando la lista de peces cartilaginosos del parque y refinando su distribución por horizontes estratigráficos.

Además, la preservación excepcional no depende de que una cueva tenga humedad estable, sino de que, en el momento del enterramiento, se den condiciones que frenen la destrucción y favorezcan la mineralización (por ejemplo, enterramiento rápido, química adecuada, actividad microbiana que ayude a formar concreciones, etc.).

Las cuevas pueden proteger lo ya fosilizado de la erosión superficial… pero la fosilización ocurrió antes, cuando todo aquello era mar.