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Un estudio con más de 5.000 personas de 80 años o más en China está en el centro de la polémica: sugiere que quienes no comen carne tiene menos probabilidades de convertirse en centenarios. Suena a choque frontal contra décadas de evidencia favorable a patrones basados en plantas… hasta que miras la letra pequeña.

El efecto aparece sobre todo en quienes ya estaban en bajo peso, el terreno donde la prioridad pasa a ser cuidar la nutrición para no perder fuerza y autonomía. El trabajo se realizó dentro de la Chinese Longitudinal Healthy Longevity Survey (CLHLS), una cohorte diseñada precisamente para estudiar la ‘longevidad saludable’ en edades muy avanzadas.

Los autores compararon a los participantes que alcanzaron los 100 años con los que murieron antes. Frente a los omnívoros, el grupo vegetariano mostró menor probabilidad de convertirse en centenario, y el efecto fue más marcado en quienes seguían un patrón estrictamente vegetal. En cambio, quienes incluían pescado o seguían dietas ovo-lacto-vegetarianas no presentaron diferencias claras respecto a los omnívoros.

Pero la clave no está en la etiqueta vegetariano, sino en el cuerpo. El patrón que reduce la probabilidad de llegar a los 100 solo fue significativo en participantes con IMC por debajo de 18,5. En los mayores con peso más cercano al normopeso, la asociación se viene abajo. Esto cambia la historia por completo: lo que asoma no es una condena general a las dietas vegetales, sino una pista sobre un riesgo concreto: la infranutrición.

En geriatría, la prioridad es otra

A partir de cierta edad, en lugar de pensar en prevenir enfermedades a décadas vista, se trata de mantener fuerza, masa muscular, estabilidad y autonomía. La sarcopenia (pérdida progresiva de músculo) y la fragilidad son el paso previo a caídas, fracturas, hospitalizaciones y dependencia.

Para cuidar ese músculo, la proteína importa más de lo que solemos asumir cuando hablamos de menús 'ligeros'. Un documento muy citado, por ejemplo, recomienda para mayores sanos un rango aproximado de 1,0–1,2 g de proteína por kilo de peso al día, y más en caso de enfermedad o cuando se busca recuperar masa magra.

En personas de 85 o 90 años, el apetito suele caer, la dentadura y la digestión condicionan, y la compra depende de la familia, del dinero y de la energía para cocinar. En ese contexto, una dieta estrictamente vegetal puede ser totalmente viable, pero exige algo que no siempre existe: planificación, alimentos densos en energía, fortificados, y a menudo suplementación, en especial de vitamina B12.

Además, los estudios en longevidad extrema son un campo minado de causalidad inversa. Son observacionales, no un ensayo clínico. No demuestra que “no comer carne” se vincule con una mortalidad temprana. Podría ocurrir lo contrario: que personas más frágiles, con peor salud, menos capacidad de cocinar o más limitaciones económicas terminen comiendo menos carne (o ninguna) por motivos prácticos.

El ángulo óseo también encaja con este retrato. En cohortes europeas se ha observado que algunos patrones sin carne —sobre todo veganos— se asocian con mayor riesgo de fracturas, incluida la cadera, y se discuten como posibles mediadores el IMC más bajo, la proteína, el calcio o la vitamina D, entre otros factores. EPIC-Oxford, por ejemplo, encontró un aumento del riesgo de fractura en no consumidores de carne, especialmente en veganos.

La evidencia “pro plantas” no desaparece

En población general, meta-análisis recientes siguen encontrando asociaciones entre mayor adherencia a patrones vegetales y menor riesgo de diabetes tipo 2, eventos cardiovasculares y mortalidad. Esto es, cuando hablamos de dietas vegetales “de calidad” (legumbres, integrales, frutas, verduras, frutos secos) y no de ultraprocesados elaborados con vegetales.

En ciertas edades y condiciones, tener algo más de peso puede asociarse con mejor supervivencia que estar delgado, mientras que el bajo peso se relaciona con fragilidad y peor pronóstico. Esa “paradoja de la obesidad” no es una ley universal, pero sí un recordatorio: en el tramo final de la vida, el riesgo dominante muchas veces no es el exceso, sino el déficit.