Las claves
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El pasado 26 de abril de 1986, la pequeña ciudad fronteriza de Prípiat entre Ucrania y Bielorrusia, la ya famosa Chernóbil, sufrió una de las mayores catástrofes nucleares: una fusión nuclear. El evento provocó graves daños tanto físicos como medioambientales, los cuales aún se siguen estudiando hoy en día, cuatro décadas después.
Aunque, según algunos resultados, dentro de los 1.600 km cuadrados de la zona de exclusión (ZEC), la vida y la resistencia a las enfermedades parece haber cambiado para "mejor" en algunos aspectos.
Así lo sugeriría un nuevo estudio llevado a cabo por los biólogos de la Universidad de Princeton, los cuales analizaron el caso de los lobos de la ZEC durante más de diez años, descubriendo un "beneficio" tras el desastre: son capaces de vivir más y resistir al cáncer.
La zona de exclusión de Chernóbil se ha convertido progresivamente en un experimento científico que está explorando los efectos de la radiación ionizante a largo plazo. Si bien es cierto que la población humana abandonó la zona, muchas especies animales han permanecido allí.
De hecho, ya en 2016 un estudio sugirió que las ranas arbóreas orientales eran diferentes a sus parientes vecinos, y otro trabajo más reciente, de 2023, encontró rasgos genéticos claros entre los perros habitantes de la zona y los perros que habitaban a solo 16 km de distancia, en la misma ciudad de Chernóbil.
En este nuevo trabajo, los investigadores de Princeton se han centrado en los lobos, los cuales parecen haber prosperado respecto a las manadas de alrededor, fuera de la zona de exclusión. Ya habría más de 200 ejemplares según los últimos censos de naturaleza.
Cabe recordar que los lobos son conocidos como "superdepredadores", es decir, se encuentran en la cima de la cadena alimentaria. Si bien pueda parecer que es una posición privilegiada, también implica que estos animales en particular, los que habitan en la zona de exclusión, se habrían visto obligados a consumir presas irradiadas que a su vez se alimentaban de plantas irradiadas al crecer en un suelo irradiado. Como ya sucede con los peces y su bioacumulación de mercurio, estos lobos sufrirían una bioacumulación de radiación.
Esto debería implicar que los lobos de la zona de exclusión deberían verse muy afectados por la radiación, pero no ha sido el caso. De hecho, según explican los investigadores, las poblaciones de los lobos de la ZEC son hasta siete veces más densas que en las áreas silvestres protegidas de Bielorrusia:
"Los lobos grises ofrecen una oportunidad realmente interesante para comprender los impactos de la exposición crónica, a dosis bajas y multigeneracional, a la radiación ionizante. Como bióloga evolutiva, mi primera pregunta fue si esta radiación era un factor de estrés lo suficientemente fuerte como para ejercer una presión selectiva" explicó la bióloga Shane Campbell-Stanton en sus declaraciones.
Así pues, durante el pasado año 2014, el equipo de Princeton colocó collares con GPS y dosímetros de radiación a estos lobos de la zona de exclusión con el objetivo de comprender su respuesta a la radiación cancerígena de Chernóbil. Con el paso del tiempo, se objetivó que estos lobos estaban constantemente expuestos a una radiación hasta seis veces superior al límite legal en humanos.
Según explican las biólogas responsables del estudio, estos lobos habrían experimentado una especie de selección natural rápida, probablemente igual de rápida que los cambios que se produjeron en su entorno.
Algunos de estos lobos poseían genes que los hacían más resistentes al cáncer, aunque su prevalencia no se redujo. Seguían sufriendo cáncer al mismo ritmo, pero eran más resistentes y no se veían tan afectados, lo cual les permitía transmitir sus genes a futuras generaciones.
"En general, descubrimos que las regiones de más rápida evolución dentro de Chernóbil se encuentran dentro y alrededor de genes que sabemos que tienen algún papel en la respuesta inmune al cáncer o en la respuesta inmune antitumoral en los mamíferos", explican las investigadoras.
Si bien es cierto que la genética podría estar detrás de esta resistencia al cáncer de los lobos de la zona de exclusión, las biólogas responsables del estudio también recuerdan otro factor clave a tener en cuenta: estos lobos también están libres de otra presión biológica, como es el contacto con los humanos.
