Paolo Fava
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Las claves

A sus 83 años, el cardiólogo Valentín Fuster Carulla (Barcelona, 1943) goza no solo de prestigio mundial en el mundo de la medicina. Especializado en enfermedades coronarias, aterosclerosis y trombosis, también es una de las figuras de la divulgación y la salud más queridas y respetadas de España.

Doctorado en Medicina por la Universidad de Barcelona, profesor en la Clínica Mayo y la Universidad de Harvard, y director tanto del Instituto Cardiovascular del Hospital Mount Sinai de Nueva York, como del Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (CNIC), las enseñanzas de Fuster no se limitan a la salud.

Como verdadero humanista, el cardiólogo y Premio Príncipe de Asturias también cubre aspectos clave como el sentido de la vida y la búsqueda de la felicidad. Gran parte de su pensamiento quedó recogida en la conferencia La educación es un arma muy importante para la autoestima, en la que respondía directamente a las preguntas del público.

Más allá de sus lecciones, el encuentro también permitió conocer algunas cualidades que han ayudado al catalán a alcanzar una carrera tan importante. Ante las preguntas de una participante sobre su jornada laboral, Fuster revelaba que, "según su mujer", él trabajaba fácilmente 16 horas diarias. Esto es posible, afirmaba, porque sólo duerme cuatro.

"La gente dice: 'Es que se ha de dormir ocho horas, si no tu cerebro se descalabra'. Mire usted, el tema es mucho más complejo. Yo duermo cuatro horas al día desde que nací, por cualquier gen que tengo yo dentro. Pero duermo muy profundamente. A mí no me vengan con historias, si me ponen a dormir ocho horas yo me vuelvo neurótico".

Esto podría sonar como una bravata: no es raro que personalidades presuman de dormir poco para demostrar un apego extremo por el trabajo. Figuras desde Margaret Thatcher a Yolanda Díaz pasando por Elon Musk se han jactado públicamente de dormir entre dos y cuatro horas, menos de la mitad de lo recomendado.

Pero también es cierto que la recomendación de dormir ocho horas diarias es demasiado generalista según los propios neurólogos. Las necesidades varían de una persona a otra, y van cambiando con la edad y las circunstancias. No obstante, existe un consenso en que menos de seis horas por noche aumentan el riesgo metabólico, neurodegenerativo y cardiovascular.

Dormir más de diez horas diarias también resulta dañino, pero no acaba de resolver el misterio de Fuster. ¿Es compatible dormir cuatro horas diarias y alcanzar una longevidad envidiable, en plenitud de facultades, como el cardiólogo? La realidad es que sí: de forma innata -o 'por un gen', como él dice- algunas personas satisfacen así su necesidad de descanso nocturno.

"Los seres humanos no somos homogéneos. Hay personas que necesitan dormir más de 8 horas para tener buena salud y rendimiento, y otras tienen suficiente con cuatro o cinco", explicaba a EL ESPAÑOL María Ángeles Bonmatí, licenciada en Biología y doctora en Fisiología por la Universidad de Murcia, investigadora en CIBERFES (Instituto de Salud Carlos III), y autora de Que nada te quite el sueño.

Eso no significa, sin embargo, que todos podamos o debamos dormir tan poco. Bonmatí sugería realizar la prueba de la somnolencia diurna: si a pesar de dormir menos de seis horas podemos desenvolvernos sin problemas de atención, fatiga y trastornos emocionales, es señal de que le damos a nuestro cuerpo y cerebro lo que necesita.

¿Trabajar 16 horas diarias?

La segunda parte de la respuesta de Fuster es aún más controvertida, porque afirma que puede trabajar "muy contento" de 12 a 16 horas seguidas, "perfectamente". La explicación es que su trabajo le apasiona. ¿Pero cómo engarza esta vocación con la conciliación con la vida personal, familiar y afectiva que forma parte de sus pilares de la felicidad?

"Lo importante aquí es que has de cuidar otros aspectos. ¿Estás con tu familia? ¿Tienes una relación cualitativa y cuantitativa apropiada? Yo tengo una buena vida familiar, y trabajo muchas horas al día. Uno debe saber compaginar". De ahí la necesidad de dedicar 15 minutos al comienzo de cada día a determinar nuestras prioridades. "Si no, es como subirse a un tren sin saber a dónde vamos",