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Las claves

En la España de 2026, donde la vida cotidiana transcurre entre pantallas y desplazamientos rápidos, la soledad se ha convertido en un fenómeno social visible. No se manifiesta únicamente en el hecho de vivir solo, sino en la dificultad creciente para establecer relaciones basadas en la confianza, un elemento decisivo para el bienestar emocional colectivo.

Ese deterioro del vínculo social es el punto de partida del pensamiento de David Pastor Vico, filósofo y divulgador, que reflexiona sobre la felicidad desde una perspectiva antropológica en su último libro, Filosofía para desconfiados (Ariel). Su análisis no se centra en la autorrealización individual, sino en cómo la pérdida de confianza afecta a una especie que ha evolucionado siempre en grupo.

El autor parte de una constatación básica desde la biología y la antropología. El ser humano necesita de los demás para desarrollarse plenamente. Aprender a hablar, a interpretar el entorno o a construir pensamiento exige convivencia. En ese proceso, la confianza actúa como un mecanismo funcional que permite cooperar y reducir la incertidumbre compartida.

Durante la mayor parte de la historia humana, esa función la cumplió el clan. Un espacio de pertenencia donde cada individuo encontraba respaldo y donde el miedo se repartía. Incluso cuando la aparición de la polis desplazó ese sistema hacia los márgenes, recuerda Vico, el clan siguió proporcionando “sostén y supervivencia al animal humano”.

La fractura aparece con las transformaciones sociales y económicas de la modernidad. En las grandes ciudades españolas, la atomización social ha debilitado el vínculo vecinal. Vivir rodeado de otras personas ya no garantiza sentirse acompañado. La confianza deja de ser un punto de partida y pasa a percibirse como una exposición innecesaria.

Desde las ciencias del comportamiento, esta dinámica tiene consecuencias claras. Cuando el miedo no se comparte, se intensifica. La ansiedad y la sensación de amenaza permanente encuentran terreno fértil en contextos donde cada individuo gestiona solo la incertidumbre. El encierro progresivo del yo se convierte así en un factor de vulnerabilidad psicológica.

Para aliviar esa falta de apoyo real, el entorno digital ofrece respuestas inmediatas. Las redes sociales funcionan como espacios donde se reduce el temor al rechazo, aunque de forma superficial. Vico describe este fenómeno como la búsqueda de refugio en “pseudoclanes” que orbitan alrededor del mundo-yo y refuerzan su centralidad.

En ese universo digital, mostrarse se confunde con relacionarse. La validación sustituye al vínculo y la pertenencia se mide en visibilidad. El filósofo advierte que este proceso acaba “enturbiando el mundo”, volviéndolo “más chico, más oscuro”, al tiempo que aplaza la gestión real del miedo sin resolverlo.

La confianza como estructura ética de la convivencia

El análisis de Vico se desplaza entonces hacia una reflexión ética. Señala que muchas sociedades contemporáneas han tenido dificultades para pensar al individuo como parte de un nosotros. Esa fragmentación no responde a una condición biológica inmutable, sino a una construcción social ligada a determinados modelos políticos y económicos.

Desde esta perspectiva, la felicidad deja de entenderse como una experiencia privada. “Confiar es dar tregua al miedo, compartirlo, dividirlo y debilitarlo entre los demás”, escribe el autor, sintetizando una idea central de su pensamiento. La confianza permite distribuir la carga emocional que, en soledad, resulta difícil de sostener.

Ese gesto exige valentía. Reconocer a los demás como parte de uno mismo implica exposición y aceptación del riesgo. Vico recuerda que este ejercicio ha funcionado históricamente, aunque hoy se vea obstaculizado por una cultura que premia la autosuficiencia y la sospecha como signos de fortaleza.

El filósofo no cae en el optimismo ingenuo. Reconoce que “la posibilidad de un cambio es real”, pero también “tan difícil” que quizá nunca llegue a materializarse plenamente. Falta voluntad tanto en quienes ocupan posiciones de privilegio como en quienes, desde abajo, apenas se atreven a mirar alrededor.

Aun así, insiste en que esa posibilidad basta para seguir intentándolo. El bloqueo actual no invalida la necesidad de reconstruir la confianza como base de la vida social. Renunciar a ello, advierte, solo profundiza una realidad que fracasa al cubrir “nuestras necesidades primeras como animales políticos”.

La reconstrucción, sostiene, debe empezar en lo próximo. Nada puede sustituir “la reunión y la libre asociación de facto de las personas” en el espacio físico. Las calles, las plazas y los barrios siguen siendo escenarios donde la confianza se aprende y se practica de forma cotidiana.

En ese proceso, la educación ocupa un lugar central. El joven y el alumno aparecen como figuras clave del pensamiento crítico dentro del entorno familiar y comunitario. La familia, a su vez, debe ofrecer protección y la posibilidad de formar parte de un todo más amplio, donde el reconocimiento mutuo sea posible.

Las redes sociales forman parte del paisaje contemporáneo y no desaparecerán. La clave, concluye Vico, está en usarlas críticamente, sin convertirlas en refugios existenciales. Cada herramienta tiene su función y su límite. En una sociedad que ha normalizado la desconfianza, confiar sigue siendo un acto deliberado. Y, como recuerda con ironía, los experimentos, mejor, con gaseosa.