Las claves
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Cada lunes, millones de españoles miran la Quiniela. Ya no siempre es un boleto de papel; muchas veces es el móvil en la mano o una web que se recarga. Cambian los soportes, pero no la emoción. La espera sigue siendo la misma y también la ilusión de que, esta vez, toque.
Para la mayoría, el resultado se explica con argumentos familiares: una corazonada, el estado del césped, una baja de última hora o la épica del equipo pequeño. Para la matemática, en cambio, todo ese relato es accesorio. El fútbol, visto desde los números, es solo un conjunto de probabilidades desiguales.
Esa es la premisa que plantea el ingeniero de la Universidad Politécnica de Madrid (UPM) Víctor Rodríguez-Doncel, quien desmonta la mística del azar deportivo con una afirmación tan fría como provocadora: “Son rentables aquellas apuestas cuya esperanza de beneficio es mayor que uno”. En su enfoque, la emoción queda al margen y la Quiniela se convierte en un problema estratégico.
Rodríguez-Doncel parte de una idea clave basada en que el jugador no compite contra el balón, sino contra el resto de apostantes. Como explica en su análisis, “si la esperanza de beneficio es mayor que uno, la apuesta conviene”, lo que sugiere que el éxito no depende de acertar más partidos, sino de elegir mejor los escenarios.
Esta lógica choca frontalmente con otros juegos profundamente arraigados en la cultura española. En la Lotería Nacional, recuerda el matemático, la esperanza de beneficio es siempre de 0,55, ya que el Estado retiene el 45 % del dinero jugado. Es un sistema cerrado donde ninguna estrategia puede romper la desventaja.
La Quiniela, sin embargo, presenta una grieta matemática. Los resultados no son equiprobables —no gana lo mismo el líder que el colista— y el premio final depende del número de acertantes. Esa combinación introduce una asimetría que permite identificar, al menos en teoría, apuestas con valor matemático positivo.
Intuición frente a estrategia
El núcleo del método se resume en una ecuación tan simple como implacable. La rentabilidad de una columna es el producto de dos estimaciones: la probabilidad de acierto y el premio esperado. Como señala el propio autor, “la bondad de una apuesta se cuantifica por su esperanza matemática de beneficio”.
En la práctica, una apuesta solo tiene sentido si el premio esperado compensa de verdad el riesgo asumido. Esto implica superar no solo el coste de jugar, sino también la parte que se queda el Estado. Por eso, el método no persigue el resultado más probable, sino aquel que ofrece una recompensa proporcionalmente mayor si se acierta.
Este planteamiento obliga a un cambio mental profundo. Apostar deja de ser una cuestión de intuición para convertirse en una decisión contraintuitiva. Se trata de jugar aquello que pocos eligen, porque el consenso reduce el premio. Es una estrategia que no persigue comodidad emocional, sino ventaja matemática frente al conjunto.
El propio Rodríguez-Doncel reconoce, sin embargo, un límite fundamental. El método “sería perfecto si pudiéramos jugar miles de jornadas al día”, admite, pero la realidad impone restricciones insalvables. Hay pocas jornadas, una por semana, y el tiempo es insuficiente para que la estadística se manifieste con claridad.
Además, las columnas más rentables suelen tener probabilidades extremadamente bajas de salir. Esto significa que una temporada completa puede transcurrir sin obtener premio alguno. La matemática no falla, pero exige paciencia, volumen y una tolerancia a la frustración que pocos jugadores están dispuestos a asumir.
Surge entonces un problema práctico: no se pueden jugar todas las columnas rentables. Los recursos económicos son limitados y es necesario reducir. Reducir, en su opinión, no es eliminar al azar, sino “escoger un subconjunto de columnas tal que garantice un determinado número de aciertos”.
Aquí el método conecta con aportaciones de la ingeniería combinatoria, como la llamada “Distancia 5”, defendida por Francisco Hernández. Esta técnica busca que cada columna sea suficientemente distinta de las demás, evitando solapamientos y repeticiones, y cubriendo de forma más eficiente el espacio de resultados posibles.
Si la matemática identifica dónde existe valor, la reducción inteligente decide cómo distribuirlo. No aumenta la suerte ni promete resultados inmediatos, pero evita desperdiciar apuestas en escenarios redundantes. Es la diferencia entre multiplicar boletos sin criterio y construir una estrategia coherente sobre el papel.
El propio autor cierra su planteamiento con una dosis de realismo que desarma cualquier tentación de milagro. “El domingo se escucha el transistor, se sufre, y se pierde, claro”, escribe. La ciencia no elimina el azar, pero sí explica por qué algunos pierden mejor que otros.
Incluso con algoritmos sofisticados y sistemas de reducción avanzados, el fútbol conserva un margen irreductible de caos. La matemática no garantiza el pleno al quince, pero sí algo más incómodo y más valioso, como es entender que, si alguna vez llega, no será por fe, sino por método.
