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El Edificio La Granja, en Villa del Prado, ha vivido este fin de semana ese ambiente reconocible de feria que funciona: gente entrando y saliendo, conversaciones delante de los puestos, cucharillas de cata en mano y la pregunta que se repite una y otra vez, casi siempre con sonrisa: “¿Esta de qué flor es?”.

En total, el III Salón de la Miel de Alimentos de Valladolid ha cerrado con 2.550 visitantes, sumando el sábado y la mañana de este domingo.

La cita ha vuelto a unir dos planos que se entienden bien: el producto y la historia que lo sostiene. Por un lado, el escaparate para productores y mieleros de la provincia; por otro, la parte divulgativa que explica el trabajo detrás de cada tarro y el papel de la apicultura en el medio rural.

En esta edición participaron 12 expositores, con presencia de productores de miel de Valladolid, la Asociación Vallisoletana de Apicultores (A.V.A.) y la propuesta artesanal Hidromiel Beekinga. Cada puesto era, en realidad, una conversación: variedades, cosechas, texturas, cómo cambia una miel de un año a otro y por qué unas cristalizan antes que otras.

El programa de actividades ayudó a que el salón no se quedara solo en un mercado. Hubo talleres, proyecciones y propuestas pensadas para ir con tiempo, sin prisa. Las catas de miel a ciegas se convirtieron en uno de los imanes del fin de semana, igual que el showcooking, y los talleres infantiles de apicultura aportaron esa escena que lo explica todo: niños preguntando, padres escuchando y la sensación de que, si se entiende cómo se produce, se valora de otra manera.

Con este balance, el Salón de la Miel consolida su sitio en el calendario y refuerza la idea de febrero como el ‘Mes de la Miel’ dentro de la marca Alimentos de Valladolid: un encuentro que no solo vende, también cuenta y acerca al público un producto que, cuando es bueno, no necesita demasiadas vueltas.