“Bro, no me renta seguir”. “Me siento súper random en mi propia vida”. Puede parecer una conversación más en cualquier chat adolescente, pero detrás de algunas de estas frases de generación Z hay algo más, no solo una moda. Hay desesperanza, vacío, soledad e incluso ideación suicida.
En la sede del Teléfono de la Esperanza en Valladolid lo saben bien. Allí, donde durante décadas la ayuda sonaba con timbre fijo, ahora también vibra en WhatsApp. EL ESPAÑOL Noticias de Castilla y León hace una visita a su espacio situado en la calle San Fernando.
Comenzamos con datos. En 2025, desde Valladolid se atendieron 3.200 llamadas. Unas cifras que se mueven siempre parecidas, es cierto que durante la pandemia subieron pero ahora se mantienen en las de 2019.
La problemática más frecuente sigue siendo la de siempre: la soledad. Pero los perfiles cambian, las formas cambian y, sobre todo, cambia el idioma. Hoy el Teléfono de la Esperanza habla también el lenguaje de los que se pasan horas y horas escribiendo al WhatsApp.
El Teléfono de la Esperanza llegó a Valladolid en 1991. “Llevamos 35 años aquí; en España son 53”, explica su presidenta, Asunción González Zorita.
La idea original surgió en Sevilla cuando se detectó que muchas personas que emigraban del ámbito rural a la ciudad “se encontraban desarraigadas, sin red, sin tribu. Tenían teléfono en casa, pero no siempre a quién llamar”, recuerda.
Tres décadas después, el contexto es otro, pero el vacío es el mismo. “El número uno sigue siendo la soledad”, afirma González Zorita. Y no habla solo de personas mayores. “La soledad no deseada puede invadir a cualquiera, también a niños y a jóvenes”.
El Teléfono de la Esperanza trabaja en la promoción de la salud emocional y en la atención en crisis. “Crisis entendida como un momento de desequilibrio emocional”, apunta. “Nos llaman personas que necesitan desahogarse, que alguien los escuche sin enjuiciar, sin opinar y sin resolver. Escuchamos desde la emoción, no tanto desde el contenido”, asegura emocionada.
Asun pone un ejemplo curioso. “A veces la llamada empieza hablando de unas lentejas quemadas, porque eso es un problema para ella, pero acaba revelando años de desvalorización, de frases que duelen”.
Asunción posa en la sede del Telefóno de la Esperanza en Valladolid
Según el Instituto Nacional de Estadística, en 2024 se registraron 3.953 muertes por suicidio en España. Aunque supone un descenso respecto al año anterior, el suicidio sigue siendo una de las principales causas de muerte no natural.
En los últimos meses, además, los suicidios en menores han vuelto al centro del debate público. Para el Teléfono de la Esperanza, sus datos no son cifras aisladas, ya que son el termómetro de un malestar emocional que está llegando cada vez a edades más tempranas.
“Hay que prestar atención a las señales”, insisten desde la entidad. Estas son cambios bruscos de comportamiento, aislamiento repentino, expresiones de desesperanza, dificultad para gestionar emociones intensas. “Detectar a tiempo puede ser decisivo”, insiste Asun. Y ahí es donde el teléfono —y ahora también el chat— se convierte en red.
Si observamos una de las estadísticas publicadas por el Teléfono de la Esperanza, el perfil mayoritario de las personas que solicitan ayuda es el de edades comprendidas entre 46 y 55 años con un 24,26%, según los datos.
Asimismo, es mayor en mujeres -67%- que en hombres. Y, en cuanto a la ayuda que solicitan, destacan las peticiones de personas que se sienten solas, también quienes tienen síntomas de depresión o ansiedad. Y las crisis de proyecto vital.
Del auricular al chat
En 2022 nació el Chat de la Esperanza, un servicio por WhatsApp dirigido principalmente a adolescentes y jóvenes.
“Veíamos que había un vacío de edad. No llamaban por teléfono porque no es su medio. Su medio es el digital, así que decidimos ir donde están ellos”, explica González Zorita.
El cambio no es solo tecnológico, también es cultural y sobre todo emocional. “El lenguaje y la forma de atención en el chat son completamente diferentes”, subraya. Por eso la formación también es específica. No basta con saber escuchar también hay que entender códigos, silencios digitales, ironías, emojis que esconden angustia.
Y lo que están encontrando es preocupante. “En el teléfono la temática principal es la soledad. En el chat, curiosa y tristemente, la temática que más nos manifiestan los jóvenes es el suicidio”.
Forma de trabajo
En el Teléfono de la Esperanza diferencian tres tipos de llamadas relacionadas con el suicidio. Primero la ideación. Es decir, la persona tiene la idea en la cabeza, pero sin planificación concreta. Luego va la planificación: ya ha pensado el cómo, el cuándo, el día.
Y por último, y más preocupante, el suicidio en curso, aquí es donde la acción está en marcha.
Cada caso exige una intervención distinta. En los dos primeros, la escucha y la orientación son clave. Por ejemplo, buscar enganches, “hablamos de familia, amigos, trabajo, espiritualidad, y, sobre todo, derivar a un profesional”.
En los casos de suicidio en curso, si disponen de datos suficientes, pueden activar el 112. Pero no siempre los tienen. El teléfono es anónimo. Y esa confidencialidad, necesaria para que muchos se atrevan a llamar o escribir, a veces limita la intervención.
Aun así, la escucha ya es terapéutica. “Según la persona habla, se va recolocando. Muchas veces encuentra solución solo en verbalizar”.
¿Por qué el suicidio aparece con tanta fuerza en el chat juvenil?
La presidenta apunta posibles factores como el bullying, el ciberacoso o las nuevas dinámicas digitales que desbordan a instituciones y familias. Pero también algo más profundo, y es algo tan simple como la necesidad de pertenencia.
“Somos seres relacionales. Si no nos hubiéramos relacionado, nos habríamos muerto. La tribu protegía. Fuera de la tribu, moríamos”.
Hoy la tribu puede ser un grupo de clase, una comunidad online o un perfil de Instagram. Y la expulsión puede no ser física, pero sí devastadora. “La falta de aceptación es lo que más puede hundir a una persona”, explica González Zorita. “Necesitamos sentirnos validados”.
Uno de los grandes déficits, según el Teléfono de la Esperanza, es el vocabulario emocional. “Preguntamos ¿Qué te pasa? Bien, mal. Y nos quedamos ahí. Pero hay más de 500 emociones nombradas”.
En sus formaciones comienzan con una rueda de emociones. Obligan a afinar. No vale decir “regular”. Hay que concretar: ¿triste? ¿frustrado? ¿rechazado? ¿culpable? ¿vacío?
Un voluntariado en crisis
Detrás del auricular, y ahora del chat, no hay profesionales contratados. Son voluntarios. Personas “normales y corrientes” que han pasado por una formación intensa. Dos cursos de desarrollo personal, uno técnico de orientación en crisis, prácticas y formación continua mensual.
Han llegado a ser 60 o 70 en Valladolid. Hoy son unos 20. “El voluntariado está en crisis”, reconoce González Zorita. “Quizá por ese individualismo del que hablábamos. Vamos más hacia afuera que hacia adentro”.
Necesitan manos. Y necesitan recursos. La sede se mantiene con donaciones, socios colaboradores y una subvención municipal, que se agradece pero que es insuficiente para sostener todo el trabajo que realizan. Paradójicamente, quienes escuchan tanto también necesitan ser escuchados.
El Teléfono de la Esperanza se ve a sí mismo como un proyecto con futuro. “Es bonito y necesario. Las emociones son poco conocidas, aunque ahora se hable mucho de ellas”.
Pero el futuro dependerá también de la respuesta social e institucional. De que se refuercen las estrategias de prevención, de que se dote de más recursos a quienes ya están en primera línea emocional.
El Teléfono de la Esperanza responde, pero también necesita alguien que le escuche.
