Hay victorias que se celebran con champán y victorias que se celebran con calculadora. Lo de Aragón, para el PP, como lo de Extremadura, pertenece al segundo grupo.
Hace unos meses la de Castilla y León aparecía marcada en el calendario como la primera de las elecciones autonómicas previstas para este nuevo ciclo. Finalmente, la del 15 de marzo será la tercera cita electoral y, gracias a ello, o a pesar de, Mañueco tiene elementos de juicio para saber a lo que se enfrenta: Vox está más crecido de lo que se pensaba.
Tras acudir este lunes al Comité Nacional del PP, el candidato popular en Castilla y León, Alfonso Fernández Mañueco, ha felicitado a Azcón por su victoria -más agridulce de lo esperado-, se fotografía en el equipo del “hemos ganado” y, a la vez, se trae a Castilla y León una conclusión que en realidad es un aviso: cuando Vox se dispara, la gobernabilidad se encarece.
La tentación es obvia. En la confrontación con el PSOE, a cualquier candidato popular le interesa acudir a las urnas en 'modo plebiscito' frente a Sánchez: moviliza, simplifica el relato, ordena el voto y refuerza el bloque.
De hecho, ahí están los resultados en Extremadura y Aragón, donde tanto el imputado Gallardo como la exministra portavoz Pilar Alegría han salido trasquilados, lastrados por la pesada losa del sanchismo. Todo parece indicar que en Castilla y León el todavía alcalde de Soria, Carlos Martínez, seguirá el mismo camino.
Pero con Vox ocurre algo distinto, convertir la campaña en un combate nacional suele ser gasolina para Vox, porque poco o nada importa el candidato que presente en la papeleta: el verdadero candidato es ‘Santi’ Abascal pisando barro y recorriendo barras de bares y locales municipales, regando de pulseritas verdes el ancho mundo rural de Castilla y León, tan enfadado con las políticas comunitarias de la PAC y Mercosur.
Aragón, en ese sentido, funciona como espejo. Y Extremadura, como preaviso.
Mañueco reconduce la campaña a lo doméstico
Mañueco ha decidido jugar la partida por el carril contrario al que más beneficia a Vox: lo doméstico. Es una estrategia que a la vez sirve como cortafuegos: prefiere “hablar de Castilla y León y de las personas de la Comunidad y de sus necesidades”.
Cuando el debate se sube al ring nacional, Vox se hace reconocible, emocional, útil como desahogo frente al descontento de décadas de bipartidismo. Cuando la conversación baja al centro de salud, al transporte, a la industria, a la despoblación o a la conciliación, el PP recupera su ventaja comparativa: la gestión como refugio del votante moderado.
Por eso Mañueco intenta “vacunar” sin elevar el tono. Recuerda que el PP es “distinto a Vox” y aprieta donde más duele en la memoria reciente a los exsocios. “En Castilla y León conocemos lo que hizo Vox y el resultado, tuvieron responsabilidades de Gobierno, dejaron el trabajo a medias, tiraron la toalla y se fueron”, resumió, antes de rematar con su oferta: “Ilusión, futuro y responsabilidad”.
El objetivo no es solo diferenciarse ideológicamente. Es poner en duda la fiabilidad de Vox como socio de gobierno, tras la salida abrupta en julio de 2024 de todos los gobiernos autonómicos.
En Castilla y León, donde debutaron con un vicepresidente que, a día de hoy, reniega de Vox y de Abascal, esa duda no es abstracta: está escrita en la ruptura de la coalición y en el giro posterior de Mañueco, que desde entonces ha marcado distancias para recalcar que él no piensa gobernar tutelado.
Ahí aparece, inevitablemente, la escena del ‘gurruño’ que Mañueco hizo con las condiciones que el portavoz de Vox, David Hierro, le presentó como condición para aprobar el presupuesto autonómico y que tiró con desdén al suelo del hemiciclo.
Un “pie en pared” frente a los preceptos ideológicos de Vox, en un momento en el que el PP entendió que ceder en público se paga dos veces: primero en autoridad, después en votos, y que desató la oposición más beligerante del hasta entonces socio de gobierno.
El contexto extremeño encaja como pieza adicional del relato. A finales de enero, la suspensión temporal de las negociaciones entre PP y Vox en Extremadura —con la posibilidad de una repetición electoral en el aire— se interpretaba ya como una oportunidad para que Mañueco agitara el argumento de la estabilidad y activara el voto útil en Castilla y León.
La tesis es que si Vox convierte el gobierno en un pulso constante, el votante de centroderecha acaba castigando la dispersión y refugiándose en quien garantiza continuidad y una gestión de la que Mañueco presume: satisfacción en la atención sanitaria, servicios sociales a la cabeza de España, educación en el top del informe PISA, transporte en autobús y educación de 0 a 3 años gratuitos…
Ese es el marco que ahora se refuerza con Aragón y que Castilla y León trabaja por combatir: el PP puede ganar y, aun así, salir más condicionado si Vox crece. Y si Vox crece, crecen sus exigencias.
Carlos Pollán, el candidato más moderado
En paralelo, Vox también ha entendido que el exceso de pólvora desgasta. De ahí la apuesta por Carlos Pollán, un candidato más institucional, menos dado al incendio diario y con el aval de su presidencia de las Cortes: “sereno” en las formas, “con mano de hierro” en el fondo, según el retrato que se hace de él.
De todos los candidatos posibles, Pollán, bregado durante cuatro años en la presidencia de las Cortes, un cargo que ha ejercido con mesura e institucionalidad tanto en la etapa de pacto con el PP como tras la ruptura, parece a priori el más indicado para llevar a buen puerto un entendimiento con el Partido Popular, llegado el caso.
De hecho, que PP y Vox están condenados a entenderse es una realidad que ya contempla abiertamente la dirección nacional del PP.
El PP abre la puerta a pactos "responsables"
Sobre esa escena autonómica, Alberto Núñez Feijóo marca la estrategia y abre la puerta a pactos “responsables” para librarse de Sánchez. Los necesita como mensaje nacional y como prevención por si la aritmética obliga.
Pero esa apertura también obliga a Mañueco a hilar fino, es decir, a marcar distancia para concentrar voto sin dinamitar puentes para el día después.
En el fondo, el tercer asalto de Mañueco consiste en esto: convertir el resultado de Aragón en una advertencia de cara al 15 de marzo. Bajar la campaña a Castilla y León para que Vox no se alimente de la polarización y el cabreo nacional. Y recordar, con la frase más corta y más punzante, que aquí ya se probó la fórmula y acabó como acabó: “Tiraron la toalla y se fueron”.
