Pedro Sánchez
Campaña electoral a cara de perro
Sánchez ha entendido la política como un ejercicio de delimitación de fronteras entre “buenos” y “malos” en "una tosquedad maniquea", afirma José Antonio Lobato.
Anteayer, jornada de celebración de la Fiesta Nacional —y de la Virgen del Pilar—, el presidente de la Junta de Castilla y León, Alfonso Fernández Mañueco, reivindicó “una nación unida, de ciudadanos libres e iguales”. Como declaración de intenciones resulta impecable. También se mostró contrario a los privilegios, una clara “puntada” a las comunidades autónomas mimadas por el Gobierno de España. No hace falta ir a la Universidad de Salamanca para acertar cuáles son las comunidades a las que el Gobierno acuna y al resto, si lloran, que berreen.
España se dispone a votar el 29 de noviembre una vez se cierre la que promete ser la campaña más frentista desde que la Constitución de 1978 —la norma suprema en la que se recoge el espíritu de la Transición española— nos aseguró que en la gran nación que es España cabíamos todos. Cabíamos, sí, aunque algunos de nuestros políticos eligieron echarse al monte y volver a cavar trincheras ideológicas, una forma de convivencia alocada que solo lleva a los españoles al precipicio.
La nación está desunida y no hace falta ser Amando de Miguel para certificarlo. Basta con sentarse a cualquier mesa familiar a partir del café y las pastitas, poner la oreja en la barra del bar o prestar atención a quienes peroran en la fila de atrás del autobús. España, que se enorgullecía de haber hecho de la concordia su mito refundacional del mayor periodo de paz y democracia de nuestra historia —el logro de la Transición—, ha acabado por convertir el desacuerdo en una seña de identidad. Ya no se discute para convencer, sino para señalar, y en definitiva para vencer. El adversario ha dejado de ser alguien que difiere en ideología y pensamiento para convertirse en alguien que estorba.
El frentismo que actualmente padece la sociedad española tiene fecha de nacimiento y progenitor. Fue el expresidente Zapatero —por cierto, reciba solidaria condolencia por el reciente fallecimiento de su padre, prestigioso jurista leonés— quien lo desenterró. Su Ley de Memoria Histórica vino a reabrir lo que la Transición había cerrado con un pacto que no era olvido, sino perdón mutuo. Perdón entre españoles por el magno error colectivo de aquella contienda civil entre hermanos.
Zapatero exhumó muertos —asesinatos sin juicio justo ni garantías procesales— y desenterró de paso el viejo antagonismo de media España empuñando la quijada de Caín, contra otra media que agredía con el mismo ímpetu. Que hubiera deudas morales con las víctimas es incontestable, pero con todas las víctimas de aquel terrible periodo de nuestra historia, sin distinción por “bandos”. Esa sería la verdadera memoria histórica. Que el mejor modo de saldar el adeudo fuera convertir el pasado en munición política y electoral es un verdadero drama.
Sánchez no inventó la senda, pero la ha asfaltado con esmero. Con su célebre “muro” contra las derechas, el presidente ha entendido la política como un ejercicio de delimitación de fronteras entre “buenos” y “malos”, una tosquedad maniquea. Pedro Sánchez es el “Capitán Trueno” y las derechas el malvado “Mago Morgano”. Ha construido una España de muros por todas partes, sin una sola puerta.
Pero sería injusto cargar todo ese pesado fardo sobre las espaldas de la izquierda. La derecha clásica, ese Partido Popular que durante décadas se bastó para ocupar el centro y la orilla derecha del electorado, también se ha escindido. La aparición y el ascenso de Vox han obligado a los populares a un ejercicio de equilibrismo que a veces parece pensado para un circo con Pinito del Oro en el trapecio: competir con quien tienen a la derecha sin perder al votante moderado que tienen al centro, pactar con Vox donde conviene y desmarcarse a su vez para conservar la propia identidad del PP. Un auténtico merecumbé.
El fenómeno, por lo demás, no es español. Europa entera atraviesa una oleada ultraconservadora que ha llevado a Meloni al palacio Chigi, a Le Pen a las puertas del Elíseo y a la AfD a ser segunda fuerza en Alemania. Ya sea por la inmigración, la inflación o la inseguridad, el votante europeo ha decidido que los zapatos del centrismo político aprietan y es la hora de calzar otros más holgados.
Así que llegamos al 29 de noviembre con un cuadro previsible. Unos prometerán salvar la democracia que amenazan los otros. Y estos otros prometerán salvar a España de los unos. Trinchera frente a trinchera, camino a ninguna parte. Todos coincidirán en que el adversario es una amenaza existencial y que el votante no puede permitirse el lujo de abstenerse.
Nos aguarda, pues, una campaña electoral hosca y a cara de perro. Con una salvedad que los canes agradecerán: los chuchos muerden por instinto. La política patria muerde por cálculo demoscópico. Con la jarana, la música y las caravanas electorales, hay candidatos que se crecen para morder. Y para más inri se presentan como el mejor amigo del hombre. Pero la dentellada, directa a la pantorrilla.