Jornada electoral

Jornada electoral Concha Ortega / ICAL .

Opinión

Los “nietísimos” o la aristocracia del voto

"La Comunidad suma ya ciento ochenta mil inscritos en el Censo Electoral de Residentes Ausentes y se calcula un crecimiento superior al ocho por ciento en la última década, al amparo de la conocida como Ley de Nietos"

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En el franquismo, el todopoderoso Ramón Serrano Suñer esposo de Zita Polo – hermana de “doña” Carmen, la señora del dictador – era conocido en los ambientes del falangismo como “el cuñadísimo”.

En la última etapa del régimen del Movimiento, el entorno de poder de El Pardo casó a Carmen Martínez-Bordiú con el desdichado primogénito del Infante don Jaime, Alfonso de Borbón, con la pretensión que Carmencita alcanzase la dignidad de Reina de España. Con aquella boda nació “la nietísima”.

Alumbra ahora una nueva “casta” en la democracia española, que no ha nacido con un título nobiliario, ni con reluciente fortuna. Simplemente un formulario consular y su propio apellido han bastado para crear una flamante alcurnia.

Se trata de los “nietísimos”, una nobleza inédita, que trae bajo el brazo el pan del sufragio heredado. Tal cual, como hereda una marquesona una Grandeza de España.

Su irrupción en el censo de votantes de Castilla y León ilustra, mejor que en ningún otro territorio español, hasta donde puede estirarse el chicle de una ley hasta convertir la llamada “memoria democrática” – zapaterista, por supuesto como las joyas “brilli-brilli” de la caja fuerte de Gertrudis - en maquinaria y munición electoral.

La conocida como 'Ley de Nietos' –no exactamente una ley, sino jurídicamente un procedimiento- que desarrolla la ley de Memoria Democrática, nació con la intención de restituir la nacionalidad a los descendientes de españoles que tuvieron que partir al exilio tras la Guerra “In-Civil” y el franquismo.

Pero del dicho al hecho va siempre el trecho.

De una presunta “reparación histórica”, brota ahora un reclutamiento electoral masivo. ¿Hay prevista “cocina” del voto en Moncloa? Al menos la sartén huele a quemado.

La resultante es de medio millón de nacionalidades ya concedidas y la abrumadora cifra de dos millones cuatrocientas mil solicitudes en trámite.

Alarmado por el crecimiento del censo exterior en cuatrocientos mil votantes en apenas tres años, el Tribunal Supremo ha suspendido los efectos electorales de la “Ley de Nietos”, que no la propia norma legal. Los expedientes de concesión de nacionalidad siguen tramitándose en los consulados.

La suspensión del alto tribunal no afecta a quienes cumplen con la condición de ser descendientes de exiliados españoles, sino a quienes no lo acrediten y pretendan aprovechar una instrucción posterior – una simple instrucción, dispositivamente de rango menor- del Ministerio de Justicia, que ampliaba los supuestos para conseguir la nacionalidad española.

Se cocina “paella española”, póngame un plato con “socarrat”.

Castilla y León soporta mucho más que los daños laterales de esta operación que con tanto ahínco pilota el gobierno de Sánchez. Es epicentro del teatro de maniobras.

La Comunidad suma ya ciento ochenta mil inscritos en el Censo Electoral de Residentes Ausentes (CERA) y se calcula un crecimiento superior al ocho por ciento en la última década, al amparo de la conocida como 'Ley de Nietos'.

La Comunidad castellano y leonesa concentra ya mismo setenta y ocho localidades donde el censo de votantes exteriores – algunos de los cuales ni ha pisado España, ni tiene intención de hacerlo- supera ya a la población residente local.

El argumento de la novela de Miguel Delibes 'El disputado voto del señor Cayo' es un inocente juego infantil si se compara como la legislación de “nietísimos”. O sea que los residentes en el extranjero podrán elegir alcaldes y concejales con su amplia mayoría.

A los naturales del lugar que los zurzan y se conformen con golpear las fichas de dominó sobre la mesa del bar. Y los domingos que pidan una de champi.

Pueblos de nuestro territorio que estaban despoblados, sin habitante alguno que plantase una col en el terruño, ya no lo están. Cuentan con vecinos “virtuales” que residen en “mi Buenos Aires querido” o en México D-F.

En Burgos el voto exterior ha aumentado el veinte por ciento. Y en Valladolid los inscritos en el CERA han repuntado un veintiuno por ciento, desde el inicio del procedimiento de nacionalización de los “hijísimos, nietísimos o biznietísimos”.

La chapuza entre chapuzas del procedimiento es que los “nuevos españoles” a los que beneficie la “Ley de Nietos”, es que podrán elegir libremente la circunscripción en la que podrán votar, sin necesidad de acreditar arraigo alguno: no hace falta demostrar que un ascendiente nació en un pueblo concreto, basta con preferirlo.

El abuelito nació en Sama de Langreo y el “nietísimo” votará en la salmantina Peñaparda. Nace así la “aristocracia del voto”.

Nada que objetar a la reparación de los daños del doloroso exilio de españoles por razones políticas y una cruenta guerra “In-civil”, pero si al uso torticero de las leyes al libre albur del gobierno de Sánchez.

Los “nietísimos” – que están optando por Castilla y León como territorio preferido para ejercer su derecho al voto – son una aristocracia en sentido literal.

El gobierno de su lejana España los convierte en titulares de unos derechos políticos que no han ganado por residencia, contribución fiscal o convivencia real con sus conciudadanos de municipio. El maestro Delibes tendría que reescribir su novela. Ahora titularía “El disputado voto de la señora María Guadalupe”. ¡Ándale!