Primero en Extremadura. Después Aragón. Y de cara a las elecciones del 15 de marzo, Vox se presenta en Castilla y León como una fuerza “antisistema” -a pesar del nombramiento como candidato de Pollán, menos ruido que García-Gallardo, pero de principios extremos más profundos- que promete cambiarlo todo, pero cuyo discurso se sostiene más en la provocación que en la capacidad real de gobernar.
Bajo una retórica agresiva y simplista, el partido ha convertido una comunidad con problemas muy serios en un escenario para librar guerras ideológicas ajenas a su realidad cotidiana.
Castilla y León sufre despoblación, cierto abandono institucional y una brecha territorial cada vez más profunda. Frente a eso, Vox ofrece consignas, enemigos imaginarios y lejanos y un discurso que apela al enfado, pero que no concreta soluciones viables. Hablan de defender el mundo rural mientras cuestionan políticas públicas básicas que sostienen a los pueblos.
Presumen de proteger a los ciudadanos, pero desprecian el consenso necesario para gestionar una región extensa, envejecida y dependiente de servicios públicos fuertes.
La estrategia es clara: gritar más alto para no tener que explicar cómo se gobierna. Vox evita detallar presupuestos, planes a largo plazo o medidas específicas porque su fortaleza no está en la gestión, sino en la confrontación. Castilla y León se convierte así en una excusa, en un laboratorio político donde se ensayan discursos pensados para titulares nacionales, no para mejorar la vida de quienes esperan meses por un especialista o ven cerrar el último comercio de su pueblo.
Lo más preocupante no es solo la falta de propuestas sólidas, sino la normalización del desprecio al diálogo y a la pluralidad. Gobernar no es imponer, ni dividir, ni buscar culpables externos para ocultar la inacción. Y mucho menos en una comunidad que necesita acuerdos amplios para sobrevivir demográfica y económicamente.
El 15 de marzo, Castilla y León no se juega una protesta, sino su futuro. Convertir el desencanto en rabia puede dar votos, pero no arregla carreteras, no abre consultorios médicos y no fija población. Vox ofrece indignación empaquetada; Castilla y León necesita soluciones. Y confundir una cosa con la otra puede salir muy caro, ¡ay!
