En el bar Teleclub de Villarino, donde el Duero marca frontera sin levantar la voz y el Tormes baja manso, la barra vuelve a ser el punto de encuentro. Mármol viejo, barniz rendido, olor a vino y a historia reciente. Allí se reúnen cuatro hombres como quien se arrima al fuego cuando cae la noche: sin ceremonia, con la certeza de que nadie pregunta de más.
El primero en llegar es Diego, el enterrador ambulante y el de los encierros infantiles. Trae en los zapatos la tierra del camposanto y en los ojos una calma aprendida a fuerza de despedidas. Pide cerveza fresca y la bebe despacio, como si cada trago tuviera su propio responso. Conoce los nombres de todos, incluso de los que ya no entran por la puerta, y habla poco porque ha entendido que el silencio también acompaña.
A su lado se sienta Pepe, pescador de charcas desde que tuvo fuerza para sostener una caña. Huele a tencas y a madrugada. Sus manos, curtidas por el frío del agua y el granito que ponía como el mejor, rodean el botellín de cerveza, ahora cero cero, como si fuera un remo corto. Pepe no presume de capturas: cuenta corrientes, remansos y lunas, y cuando calla parece que sigue escuchando al río por dentro.
El tercero es Juanma, albañil de oficio y de paciencia en la brigada municipal, al que llaman ‘el doctor’. Es también quien monta la plaza de toros cada verano, tablón a tablón, clavo a clavo, como si levantara una catedral efímera. En otoño se vuelve cazador y conoce el monte y sus perdices y también la becada como otros conocen las calles. Pide cerveza, limpia el polvo invisible de la barra con la manga y se ríe fuerte, con risa que sujeta el techo.
El último en llegar es Chema, el que vino de fuera y se quedó. Nadie recuerda ya de dónde vino exactamente; solo que un día cruzó el puente, entró en la taberna y no volvió a marcharse. El pueblo lo adoptó sin acta ni padrón: bastó con verle cumplir la palabra. Pide vino tinto, incluso a deshora, y escucha más de lo que habla, como quien sigue aprendiendo el idioma del lugar.
Hablan de lo de siempre y de lo que nunca se agota: del entierro reciente y del nacimiento próximo, de una riada antigua, de la plaza que este año habrá que reforzar, de la veda y de los peces que ya no pican como antes. La frontera aparece sola, en los acentos mezclados, en las historias que cruzan de una orilla a otra sin pedir permiso. Aquí, en la barra, nadie es forastero del todo.
La radio murmura una copla vieja, porque la televisión apesta a política. María, la dueña, seca vasos con un ritmo que ya es parte del paisaje y embriaga su sonrisa, y José lo dice todo, desde dentro, con el silencio. Afuera, el Duero corre oscuro en esta temporada de fuertes lluvias y nieve que cala, fiel a su costumbre de pasar. Dentro, las palabras se apoyan en la barra y descansan.
Cuando se levantan, no hay prisa. Diego ajusta la chaqueta, Pepe promete madrugar, Juanma habla de los tablones que habrá que revisar y Chema paga una ronda que nadie discute. Salen uno a uno, dejando atrás la barra, que guarda la forma exacta de sus codos.
En la frontera del Duero que marca Villarino -mi pueblo-, la amistad no se proclama: se practica. Basta con volver al Teleclub, apoyar el vaso y el botellín y saber que, pase lo que pase, siempre habrá un sitio en la barra, ¡ay!
