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Los consejos que me dio Salomón durante su visita

Ramón de Campoamor. / Wikimedia Commons

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El 11 del febrero pasado se cumplieron 120 años de la muerte de Ramón de Campoamor. Su poética suele ser muy filosófica. Para mí, la más envidiable es su faceta humorística.

En literatura, el humor es el arte más difícil.

Existen poetas de poderosa ironía, como Quevedo, al que no le falta humor. Y no digamos Cervantes.

Sin embargo, yo creo que el inventor del humor poético fue mi paisano Campoamor. Humor tranquilo, escéptico, observador y trabado casi siempre en viejos odres, en octosílabos, que le dan un color festivo, rural como Asturias, de vecinal sencillez.

Yo quisiera imitar, acercarme un poco a sus Humoradas, robarle algo de su gracia. Este es mi primer intento.


Si escribes versos de amor
sin que el dinero te asista,
nunca serás un artista,
necesitas subvención.

Te acompañará el fracaso,
de verdad, Manuel Asur,
sin dinero no hay virtud
ni nadie te hará algún caso.

Yo soy el rey Salomón,
rico, poderoso, sabio
y tú con ese salario
serás de tal condición
que si clamaras al cielo,
te escuchará quien te vela,
para dejarte a dos velas
y con mayor desconsuelo.

¿De qué te sirve el talento
trovador en ese oficio?,
ser poeta sin beneficio
es despilfarrar el tiempo.

Estampome el rey su rúbrica
en el libro de visitas
y escribió: me necesitas.
Pero estalló la República.