Jorge Serrano, presidente de ATA Aragón

Jorge Serrano, presidente de ATA Aragón E.E

Opinión

Los que se quedan

Jorge Serrano, presidente de ATA Aragón
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España bate su récord de autónomos y Aragón apenas sigue el paso. El que contrata, invierte y aguanta, sobre todo en Huesca y Teruel, sigue esperando su turno.

Antes que cualquier cifra, un recuerdo. Escribo estas líneas con Urda todavía muy cerca, y no sabría empezar sin acordarme de quienes perdieron la vida en aquel tren, de los heridos que siguen recuperándose y de unas familias a las que ninguna palabra alcanza a consolar. También de un pueblo que se volcó con ellos desde el primer minuto. Vaya para todos mi respeto y mi cariño.

Octubre nos ha dejado una cifra de las que lucen en un titular: 3.501.598 autónomos afiliados en España, el máximo de la serie. En Aragón somos 98.757, casi quinientos más que hace un año. Leído así, cualquiera doblaría el periódico con la conciencia tranquila.

Conviene, sin embargo, leer la letra pequeña. Mientras España suma un 2,3 % de autónomos en doce meses, Aragón crece un 0,5 %. Avanzamos, sí, pero a menos de una cuarta parte del ritmo del país. Y ese medio punto esconde dos Aragones.

La provincia de Zaragoza gana 687 autónomos y crece un 1,1 %; Huesca pierde 91 y Teruel, 123, casi el 1 % de su censo en un solo año. En los pueblos donde un autónomo es a menudo el único comercio, el único taller o la única explotación, cada baja se nota en la plaza. Es una persiana que ya no vuelve a subir.

Tampoco en el conjunto de España el récord cuenta toda la historia. La afiliación registra quién se da de alta; la Encuesta de Población Activa pregunta quién trabaja de verdad por cuenta propia, y su respuesta es bastante menos festiva: más de cien mil trabajadores por cuenta propia menos en el último año, 15.500 de ellos en el tercer trimestre. Y quien se lleva la peor parte es el autónomo empleador, el que tiene nóminas que pagar cuando llega el día 30.

El Barómetro que ATA publicó a finales de octubre ayuda a entender por qué. El 17,5 % de los autónomos ve en peligro la continuidad de su negocio en los próximos tres años; en junio eran el 11 %.

La morosidad alcanza ya al 45,1 %, y la de las empresas privadas ha subido cinco puntos en un solo trimestre. Casi uno de cada cuatro no puede endeudarse más. Cuando se cobra tarde, se paga pronto y el banco ya no escucha, un negocio deja de gestionarse y empieza, simplemente, a resistir.

Y hay una paradoja que conviene decir con elegancia, pero decir. Hemos construido un sistema de apoyos pensado sobre todo para el que llega: tarifa plana, cuota cero, ayudas al inicio de actividad. Bien está; quien se lanza merece un empujón.

Pero el que lleva quince años al frente de su taller, de su tienda o de su pequeña empresa no recibe ninguna bienvenida. Recibe, como mucho, la siguiente notificación. A veces parece que premiamos el valor de empezar y pasamos por alto el mérito, mucho más escaso, de seguir.

Hay, con todo, motivos para el optimismo, y no son de cortesía. Seis de cada diez autónomos han incorporado tecnología a su negocio en el último año, la mayoría por iniciativa propia. Quien invierte en plena tormenta no está pensando en cerrar.

Aragón, además, juega con una baza que pocos tienen. El transporte y el almacenamiento reúnen aquí al 7 % de los autónomos, frente al 6,2 % de la media española, y en la provincia de Zaragoza llegan al 8,5 %. La logística tiene en esta tierra algo de vocación, y a su sombra hay sitio para que muchos pequeños negocios crezcan.

Buena parte del remedio no exige grandes presupuestos, sino voluntad y cierta disciplina administrativa. Tres ideas, para empezar.

La primera, simplificar de verdad. Que la Administración no vuelva a pedir lo que ya tiene, que cada gestión tenga una sola puerta y que las horas que el sistema le roba al autónomo, unas 226 al año según ATA, se midan cada año, con el compromiso público de reducirlas. Lo que no se mide, ya se sabe, no mejora.

La segunda, acompañar al que contrata. El primer empleado es el salto más difícil en la vida de un negocio, porque de un día para otro uno deja de responder solo de sí mismo. Un apoyo bien pensado en ese momento convierte a un autónomo en un pequeño empleador, y eso es empleo estable justo donde más falta hace.

La tercera, cuidar el relevo, sobre todo en Huesca y en Teruel. Muchos negocios perfectamente viables cerrarán en los próximos años no por falta de clientes, sino de sucesor. Facilitar el traspaso es la forma más barata de conservar empleo y vida en un pueblo. El negocio ya está hecho; solo hay que dejar que alguien lo continúe.

Y no todo depende de la Administración. Estos días ATA y la Fundación Carlos Moro de Matarromera han abierto la quinta edición de los Premios EmprendES, pensados para proyectos que crean actividad y empleo en el medio rural. El ganador recibirá un paquete de apoyo valorado en 39.500 euros, pero lo que más me gusta es que el premio no se queda en la foto de la entrega.

Los finalistas tendrán un año de asesoramiento, formación y acompañamiento, que es justo lo que más se echa en falta cuando uno emprende lejos de la capital. En Aragón hay iniciativas que lo merecen de sobra, y sería una pena que se quedaran en el cajón por no llegar a tiempo. El plazo cierra el 17 de noviembre y las bases pueden consultarse en fundacioncarlosmoro.org/premios-emprendes.

Nada de esto tiene color político. Tiene, como mucho, el azul del mono de trabajo.

Aragón reúne casi todo lo necesario para darle la vuelta a estos números: una posición logística que envidian en media Europa, un tejido de pequeñas empresas serio y trabajador, y una larga costumbre de entenderse cuando hace falta. Podemos, y debemos, ser la comunidad donde a un autónomo le compense no solo empezar, sino quedarse. En Zaragoza y también en Barbastro, en Alcañiz o en Calamocha.

Porque lo que sostiene un territorio no son las altas de un mes de octubre. Son los que siguen levantando la persiana cada lunes.