Pepe Verón, profesor de Periodismo en la USJ.
La célebre frase de Mariano Rajoy, formulada de manera incomprensible durante una moción de censura en 2017, encerraba involuntariamente una idea perfectamente reconocible: la estrategia de esperar que las cosas empeoren para obtener después un beneficio político. Lo que entonces parecía otro divertido lapsus a los que nos tenía acostumbrados el presidente resumía una tentación recurrente de los partidos: anteponer su interés electoral a la estabilidad del país.
El rechazo de Junts per Catalunya a los dos decretos sobre vivienda vuelve a situarnos ante esa lógica. Al margen de que existen argumentos políticos y técnicos que deben ser discutidos, su posición contraria tiene una dimensión que va mucho más allá de la vivienda. El voto de Junts, unido al de PP y Vox, provocó la derrota parlamentaria del Gobierno y aumenta la posibilidad de un adelanto electoral. Y aquí surge la pregunta incómoda: ¿puede interesarle a Junts que su propia situación política empeore a corto plazo?
La hipótesis resulta verosímil. Una convocatoria electoral podría desembocar en un Gobierno de coalición entre PP y Vox, previsiblemente mucho más beligerante con los nacionalismos periféricos. El enfrentamiento institucional, la tensión territorial y las políticas de recentralización devolverían a Junts un escenario que conoce bien: el del agravio, la resistencia y la movilización identitaria.
La actual normalización política de Cataluña no le está resultando favorable. Las encuestas sitúan a Junts en retroceso, amenazado por ERC y por el crecimiento de Aliança Catalana. El último barómetro del Centre d'Estudis d'Opinió también reduce su representación en unas hipotéticas elecciones generales respecto a los siete diputados obtenidos en 2023. Cuando la calma debilita a una fuerza construida alrededor del conflicto, la tentación de agitar el avispero puede ser muy poderosa.
No sería una estrategia exclusiva del nacionalismo catalán. En 2010, Ana Oramas atribuyó a Cristóbal Montoro la frase "que caiga España, que ya la levantaremos nosotros", pronunciada cuando el PP trataba de impedir la aprobación de las medidas económicas del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. Montoro reconoció posteriormente aquellas palabras, aunque las justificó como parte de la construcción de una alternativa política.
También hoy el Gobierno puede sentirse tentado por el mismo tacticismo. El hecho de llevar los decretos a votación sabiendo que serán derrotados permite retratar a sus adversarios y convertir la vivienda en argumento para una eventual campaña electoral. Desde el pasado viernes, algunas voces del Ejecutivo y del PSOE contemplan abiertamente esa posibilidad.
El problema del "cuanto peor, mejor" es que convierte a los ciudadanos en daños colaterales de una partida entre partidos. El deterioro institucional, la tensión social o el bloqueo parlamentario dejan de percibirse como problemas y pasan a considerarse oportunidades. Puede ser una estrategia electoralmente rentable, pero resulta profundamente irresponsable.
Quienes agitan el avispero confían siempre en controlar después a las avispas. Y la historia demuestra que no siempre lo consiguen.