"Un timbrazo para don Federico, dos para don Liberato y tres para don Fernando Magro". Ese era el particular código que durante años utilizaban en la bodega de Benalúa para avisar a los sacerdotes de la iglesia del barrio. El establecimiento ya estaba allí cuando se inauguró el templo y, como todavía no tenía teléfono, se instaló un cable directo hasta la tienda.
Es solo una de las muchas historias que guarda la Bodega Bernardino, un negocio familiar que lleva más de ocho décadas ligado a la vida de Benalúa en Alicante. Desde su fundación en 1942, el establecimiento ha visto cambiar las calles, los comercios y las costumbres del barrio sin perder su esencia.
Actualmente, la empresa afronta el futuro con la cuarta generación ya incorporada. "Vamos por la cuarta generación y seguimos al pie del cañón", resume Bernardino Segura, -padre de Bernardino y abuelo de Daniel-, que a sus 87 años acude de vez en cuando al establecimiento a comprobar qué tal van las cosas.
Los inicios
El negocio nació en la calle Foglietti número 34 de la mano del abuelo de Bernardino Segura. En sus primeros años era un bar de barrio en el que los vecinos se reunían para tomar vinos servidos en porrón y acompañarlos de tapas de habas o caracoles.
Con el crecimiento de la clientela, la familia decidió separar la actividad hostelera de la venta de bebidas. La bodega se trasladó a apenas 100 metros del establecimiento original y comenzó una nueva etapa que se prolongaría durante décadas.
En 1988 se cerró definitivamente la parte de bar, se amplió el espacio comercial y nació la firma Licorería Bernardino. Quince años después, en 2003, una nueva ampliación permitió integrar en un mismo espacio la licorería y la bodega.
"Teníamos un restaurante bastante grande, en el que he llegado a tener hasta 16 personas trabajando. Pero decidí cerrar porque era mucho trabajo. No tenías ni un día libre", explica.
Actualmente, el establecimiento cuenta con 400 metros cuadrados dedicados a la exposición y venta al público y reúne más de 5.000 referencias. En sus estanterías conviven vinos nacionales y de importación con rones, whiskys, licores, coñac francés, brandy español y anises.
La empresa dispone además de una nave industrial de 1.000 metros cuadrados en el polígono de Babel, destinada al almacenamiento y la logística.
Pese a esta evolución, hay una parte del negocio que permanece prácticamente intacta, como es el despacho de vino a granel. Los clientes continúan llevando sus propias garrafas para comprar vinos procedentes de cooperativas alicantinas de zonas como Culebrón o Pinoso.
Entre los productos más característicos de la casa está el vermú conocido como 'Dormilón', registrado por la bodega y del que se venden alrededor de 15 litros cada semana.
Una bodega ligada al barrio
Durante décadas, Bernardino no ha sido únicamente un establecimiento comercial para los vecinos de Benalúa. La relación con el barrio ha generado algunas de las historias más curiosas de su trayectoria.
Una de ellas está vinculada precisamente a la iglesia. Como la bodega no tenía teléfono, se instaló una línea directa con el templo para poder avisar a los sacerdotes mediante aquel peculiar sistema de timbrazos.
La tienda también acabó teniendo un papel inesperado en las bodas de la época. Cuando una pareja acudía a la iglesia para casarse y no contaba con testigos, los propios dueños de la bodega acudían para hacerles el favor a los novios. "Cuando llegábamos, el cura ya tenía apuntados nuestros apellidos y hasta se sabía el DNI".
La cuarta generación
La continuidad del negocio familiar pasa ahora por la cuarta generación. Bernardino Segura representa a la tercera y su hijo Daniel ya se ha incorporado a la empresa, tomando el relevo y dando un nuevo impulso al negocio.
Una de las principales transformaciones ha sido la apuesta por el comercio electrónico. La bodega ya vende sus vinos, licores y conservas a través de internet y realiza envíos a clientes de toda España.
La modernización convive así con una forma de entender el comercio que apenas ha cambiado desde los primeros años. El conocimiento del producto y la relación directa con los clientes siguen siendo dos de las señas de identidad de la casa.
"Me encanta mi trabajo y el contacto directo con el cliente es lo que más me gusta de este negocio", explica Bernardino.
Más de 80 años después de aquel primer bar de barrio, la bodega continúa abierta en Benalúa. Cambian los productos, las formas de vender y las de comprar, pero la familia mantiene el negocio y el vínculo con el barrio que lo vio nacer.
