Hay frases que se te quedan pegadas a la memoria porque dicen, en pocas palabras, algo que siempre hemos sospechado sobre la vida pero nunca habíamos logrado formular.
Una de esas frases es de Juan Gil‑Albert, escritor y pensador alicantino del siglo XX: "El mundo se me aparece como una noria ruinosa de la cual el hombre, dando vueltas de eternidad con los ojos vendados, va extrayendo el agua viva de la existencia", que escribe en su obra Breviarium vitae, que recoge la labor de más de treinta años de anotaciones.
En la imagen metafórica de una noria vieja, casi destartalada, girando sin parar, Gil‑Albert nos coloca ante tres ideas incómodas, que la vida es repetitiva, que avanzamos casi a ciegas y que, aun así, algo valioso se obtiene de todo ese movimiento.
La vida como repetición
La noria es un mecanismo circular, pues no va de un punto A a un punto B, sino que gira sobre sí misma. Vista así, la vida parece un ciclo de rutinas que se repiten entre trabajo, obligaciones, pequeñas alegrías, preocupaciones, y vuelta a empezar. Esa "noria ruinosa" sugiere desgaste, cansancio, una maquinaria que chirría pero no se detiene.
Lo interesante es que Gil‑Albert no idealiza la existencia, sino que la presenta como algo que fatiga, que hace ruido, que a veces parece absurdo.
La noria, además, no es una atracción de feria, sino un artilugio de trabajo, para sacar agua, para cumplir una función. Nuestra vida, nos guste o no, también.
Avanzar sin saber
El segundo elemento clave es la venda. Damos vueltas "con los ojos vendados". No sabemos con certeza qué hacemos aquí, ni qué hay al final del recorrido, ni por qué a unos les toca más peso que a otros. Y es que, en general, vamos tomando decisiones con información parcial, con intuiciones, con miedos y esperanzas, pero nunca con una visión completa.
Y esa ceguera no es solo ignorancia intelectual, es la sensación de ir improvisando la existencia. Nadie nos ha dado un guion claro. En este sentido, Gil‑Albert parece decirnos que asumimos que no tenemos un mapa definitivo, que vivimos a tientas. Y que, lejos de ser solo una tragedia, esa falta de control absoluto forma parte de la condición humana.
Lo que merece la pena
Y, sin embargo, en medio de la ruina y la ceguera, hay algo decisivo, y así lo expresa el pensador: "El agua viva de la existencia". Esa imagen lo cambia todo. La noria puede estar vieja y el movimiento puede ser cansado, pero cada giro saca un poco de agua con experiencias, encuentros, conocimiento, afectos, belleza, incluso dolor que nos transforma.
Y es que el agua no es un lujo, es lo que sostiene la vida. Para Gil‑Albert, de ese girar aparentemente absurdo se extrae algo que nutre como instantes de lucidez, momentos de amor, comprensión de uno mismo y de los otros. No podemos salirnos de la noria, pero sí podemos preguntarnos qué estamos sacando de cada vuelta.
Una visión ni cínica ni ingenua
Al leer la frase por primera vez, el lector puede llevarse una imagen pesimista debido a las expresiones "una noria ruinosa", "ojos vendados"… Sin embargo, la frase no se queda en el cinismo. Pues no dice que la vida no valga nada; sino que, precisamente en esa condición frágil, repetitiva y a veces absurda, hay una oportunidad de extraer "agua viva".
No se trata de negar el cansancio ni las vueltas en círculo, sino de reconocer que, aunque no veamos del todo el sentido del conjunto, hay un sentido posible en cada giro y está en nuestra mano aprovechar lo que la experiencia nos ofrece, aprender, cuidar, crear, amar.
¿Qué hacemos con nuestras vueltas?
La reflexión de este filósofo alicantino nos deja una pregunta en el aire y que da para reflexionar. Si la vida es esa noria que seguirá girando, ¿cómo queremos vivir cada vuelta? No podemos evitar la repetición ni la incertidumbre, pero podemos elegir la actitud con la que afrontamos la rutina, la ceguera y el desgaste.
Tal vez se trate de algo tan sencillo como estar más atentos al "agua" que sacamos a base de aprendizajes que a veces despreciamos, la profundidad de las relaciones que damos por hechas, la belleza discreta de los días comunes.
Al final, la frase de Gil‑Albert invita a aceptar que la vida no es una línea recta hacia una meta perfectamente definida, sino un giro continuo del que extraemos, poco a poco, lo que la hace verdaderamente vivible.
