Alicante
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Cuando Nuria Gilabert abre la puerta de los Centros de Desarrollo Infantil y Atención Temprana de APSA, no entra uno a un edificio.

Entra en una filosofía de vida de 55 años de antigüedad que se resume en una sola idea: cuanto antes, mejor. Y es que en los 250 niños que pasan cada semana por estas instalaciones de la avenida Salamanca y de otras establecidas por toda la provincia, reside una verdad incómoda para la sociedad española: todavía hay quien cree que la discapacidad es un destino fijo.

Pero APSA ha decidido que no lo es.

Todo el ciclo vital

"Atendemos a personas con discapacidad o posibilidad de presentarla desde que nacen", explica Nuria, directora del Área Educativa.

Esa precisión es crucial. Porque APSA no comienza su trabajo cuando el certificado de discapacidad llega a las manos de una familia. Comienza antes. Mucho antes. En los hospitales. Con los prematuros. Con los niños de riesgo. Con aquellos pequeños a los que aún no se les ha puesto etiqueta, pero que necesitan ese empujón en los primeros años de vida cuando el cerebro es una plastilina maleable.

Red muy amplia

APSA es una entidad que vive en el intersticio entre lo público y lo privado, una posición que permite llegar más allá de donde lo que las administraciones pueden alcanzar.

Los dos centros de Atención Temprana están concertados con la Consellería de Servicios Sociales. Aproximadamente 250 niños y familias pasan cada semana por APSA, divididos entre los dos centros que fluctúan entre 128 y 130 plazas cada uno.

Pero cuando la lista de espera de la Consellería se impone, APSA tiene una respuesta: los CRAE, sus Centros de Recursos del Área Educativa. Espacios privados donde van los niños en lista de espera, los que ya han cumplido seis años y necesitan refuerzo, los que están muy afectados y requieren más horas. Los que, simplemente, no pueden esperar.

"El que puede pagarlo se lo paga. Porque los tratamientos son caros", dice Nuria sin rodeos. "Y para los padres que no pueden pagar, buscamos colaboradores, empresas que financien. Al final, somos sin ánimo de lucro. Todo el dinero que hacemos vuelve al servicio."

Una red que se despliega por toda la provincia de Alicante con siete centros educativos CDIAC repartidos entre San Vicente, la calle Zarandieta, Conde Lumiar, Cambra, Villajoyosa y Elche. Una estructura que atiende a casi mil personas usuarias en la etapa educativa, desde los cero hasta los dieciséis años.

Cuando el tiempo es oro

"El cerebro de los niños es muy plástico", explica Nuria, y su tono de voz cambia. "Especialmente los dos primeros años de vida. El trabajo que se hace ese primer año va a ser crucial para el futuro posterior del niño."

Las intervenciones aquí son múltiples. Estimulación, fisioterapia, logopedia, terapia ocupacional. Cada sesión dura 45 minutos, un número que genera cierta frustración entre los profesionales. "Se queda muy corto", admite Nuria. Por eso el verdadero trabajo no ocurre solo en el centro. Ocurre cuando la familia se va a casa con instrucciones precisas sobre qué hacer en el parque, en la cocina, en la cama.

Protocolo de acogida

Cuando llega un niño nuevo a APSA, lo primero no es evaluarlo. Primero se habla con los padres. Solos. Sin el niño.

"Si no, puede ser disruptivo", explica Nuria. "La familia tampoco está cómoda a veces. Están pendientes del peque. Y es un espacio en el que pueden hablar de sus miedos, de sus dudas, de qué los trae aquí."

La ruta es clara. Una entrevista de acogida familiar. Luego, cuando la Consellería aprueba la derivación médica, el niño accede a la lista de espera. Y entonces comienza el verdadero acompañamiento.

Terapias personalizadas

En una de las salas, Bea, psicóloga, trabaja con un niño obsesionado con las formas geométricas. El espacio está oscuro. Controlado. Minimalizando distracciones de un mundo que ya lo abruma.

"Normalmente los usamos con niños TEA o niños con TDAH", explica Bea. "Trabajas en la oscuridad, focalizas la actividad que quieres trabajar. Al aislarle un poco del entorno, lo centras mucho más y el aprendizaje es mayor."

En otra sala, Laura, terapeuta ocupacional, trabaja con un niño que tiene dificultades de lenguaje y trabaja la comunicación con una tablet especializada, además de presentar dificultades para planificarse y coordinarse.

"Estamos trabajando el tema de la atención porque estamos mucho rato en una actividad y se cansa", explica Laura mientras guía al niño a través de un circuito de columpios.

"Aquí viene una vez a la semana. Es muy poco. 45 minutos aquí se diluyen. Por eso intentamos que la familia traslade todo lo que se está trabajando aquí al parque real, al cole, a la casa. Coordinándonos con el colegio, con los centros de salud, con el objetivo de hacer una intervención global", asegura Laura.

Laura, junto a un niño en una sesión de terapia ocupacional. Laurine Maurice

Y es que el verdadero trabajo ocurre cuando se termina la sesión. Cuando los padres comprenden que no son meros observadores, sino protagonistas de un proceso que dura toda la semana, todos los días.

En la conversación con Laura surge una pregunta crucial: ¿en qué aula estará el niño cuando entre a la escuela?

"Aula ordinaria con apoyos", responde Laura. "Luego más adelante se verá. A lo mejor aula específica. Pero de momento, siempre se aboga por el aula ordinaria."

La precisión de lo cotidiano

Ana, logopeda desde hace dos décadas en APSA, se encuentra en medio de una sesión para trabajar la actividad muscular de una niña. La sesión comienza con una galleta. Porque para esta niña, aprender a masticar es más que una habilidad. Es poder crecer. Es poder comer como una persona ordinaria. Es poder sentarse en una mesa de cumpleaños sin que eso sea un acto de guerra contra su propio cuerpo.

"Tiene bajo tono muscular", explica Ana. "Eso condiciona que los movimientos no sean precisos. Es una comilona y come de todo, pero hay que asegurarse de que mastique bien."

En sus dos décadas de experiencia en APSA, Ana ha observado una transformación fundamental en la forma de entender la intervención: "Antes simplemente decía a los padres lo que necesitaba el niño sin saber si iba a haber una continuación, y ahora noto que somos realmente un equipo en conjunto con la familia."

Ese cambio de paradigma es lo que APSA intenta hacer en cada caso, transformar al profesional de ser quien posee todas las respuestas a ser quien camina junto a la familia. Convertir al padre no en profesional, pero sí en poseedor de las herramientas necesarias para transformar su vida cotidiana en un espacio de aprendizaje.

Lo que dicen las cifras

APSA atiende aproximadamente 2.000 familias al año en toda la provincia de Alicante. No en todos los municipios, pero sí hay cobertura provincial. El 67% son menores de 16 años.

Es un embudo que nunca termina. "Los niños de hoy de Atención Temprana serán los adolescentes en los centros de formación de mañana", asegura Nuria. Y es que los pasillos del edificio en la avenida Salamanca responden a una lógica, la del futuro en construcción.

En esta estructura late una promesa silenciosa. La promesa de que los niños que hoy aprenden a masticar en una sesión de logopedia serán mañana quienes vean un trabajo. La promesa de que el niño que hoy lucha con las formas geométricas en la oscuridad será quien diga: "Fui al programa de la cátedra de la Universidad Miguel Hernández gracias a APSA. Me prepararon. Tengo un trabajo."

Serán los que vivan en sus propias viviendas tuteladas. Los que vayan a sus centros ocupacionales. Los que tengan sus vidas. Los que, simplemente, tendrán la oportunidad de elegir.