Alicante
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La histórica librería de viejo Raíces, la más antigua de Alicante en el mercado de segunda mano , comenzó a recibir un misterioso aluvión de pedidos desde el extranjero. Las compras se realizaban de forma continua a través de la plataforma especializada Bebooker.

"Lo primero que recibimos son, durante varios días seguidos, varios días continuos, recibimos pedidos", detalla su propietario, Jorge Selfa. El destino de las obras era una entidad canadiense llamada Zoom Books.

La extraña logística de los compradores levantó sospechas de inmediato en el negocio alicantino. Lo habitual al comprar desde el extranjero es agrupar los libros en un único pedido para abaratar los costes de envío.

Sin embargo, el cliente canadiense prefería realizar decenas de transacciones individuales. "Nos llamó mucho la atención que muchos libros eran de muy baja demanda, libros de fondo que tenemos desde hace muchísimos años aparcados, que son comunes", explica Selfa.

Y eso lo puntualiza como contraste del variado fondo que ofrece. Si en el escaparate de la librería aparecen grandes autores como Simone de Beauvoir o Juan José Millás junto a ediciones extraordinarias como La Odisea a cargo de Hiperión, en los almacenes se pueden encontrar estudios muy locales realizados en los años 60 o 70.

Al principio, el volumen de compra, que rondaba entre los 60, 80 y 100 libros por tanda, hizo temer al librero que se trataba de una estafa informática. Lo que Selfa y otros libreros de la península no sabían en ese momento es que estaban proveyendo de materia prima a una de las operaciones más polémicas de Silicon Valley.

Un reportaje de investigación publicado por The Washington Post a principios de enero reveló que la tecnológica Anthropic (creadora del chatbot Claude AI) había lanzado el plan secreto Proyecto Panamá. El objetivo de esta operación de decenas de millones de dólares era ambicioso y controvertido: "Escanear de forma destructiva todos los libros del mundo".

¿Por qué? Las empresas de inteligencia artificial se enfrentan a la escasez de datos limpios: el internet actual está lleno de textos autogenerados, lo que definen como "basura de IA". Para entrenar las capacidades de razonamiento y redacción de sus algoritmos, las tecnológicas necesitan "texto humano puro". Y la mejor fuente son los libros impresos antes de 2022.

Para alimentar de forma masiva a la IA, contratistas como Zoom Books compraban estos ejemplares, cortaban sus lomos con guillotinas hidráulicas para escanearlos a toda velocidad.

Ahí fue cuando "nos enteramos, a través de redes y a través de entrevistas de otras librerías, que esto no fue solo para nosotros, sino que lo hicieron en conjunto con librerías de España", relata el propietario de Raíces. De hecho, supo de colegas a los que, en esa primera fase, les llegaron a comprar "una barbaridad, no sé si más de 1.000 libros".

El valor del analógico

El verdadero propósito detrás de este inusual interés comercial es el adiestramiento y nutrición de los "cerebros" virtuales. "El conocimiento hasta el momento está en los libros", defiende con convicción Jorge Selfa.

"Cuando tú le preguntas a una IA sobre cualquier cosa, lo que hace es buscar en su base de datos, pero su base de datos hasta el momento es limitada, tiene que nutrirse, tiene que comer", argumenta.

Y tienen dinero para alimentarse. Las cotizaciones de las principales compañías no dejan de subir en los últimos doce meses. El fabricante de chips Nvidia acaba de presentar resultados en los que dobla beneficios en lo que los analistas han considerado un examen al panorama de la IA y Anthropic espera este año ser la mayor oferta pública inicial de la historia.

Para seguir creciendo hay que ser más imprescindibles y el conocimiento local es el último paso. El librero razona que las tecnológicas recurren al papel para cubrir los vacíos que no encuentran en la red. "La IA tiene esa posibilidad de encontrar esos libros que van a suplir esa carencia que tiene de ese tipo de conocimiento".

Esta necesidad de alimentar al algoritmo es especialmente urgente para contenidos en castellano y lenguas regionales. El inglés y la cultura anglosajona cuentan con amplios fondos digitalizados, pero los localismos en español o el valenciano son sumamente difíciles de localizar en internet sin recurrir a las páginas de papel.

El dilema de la digitalización

La compra masiva y posterior destrucción de los ejemplares ha abierto un encendido debate ético en el gremio de libreros españoles y mundiales, que ha seguido Selfa. "Había gente que decía: 'Bueno, pues yo es que no vendo, no les vendo porque me parece poco ético que se destruyan libros'", apunta sobre las reticencias de otros profesionales.

El librero alicantino se muestra pragmático ante esta práctica. "Yo no estoy en contra de esto", afirma, aclarando que no se destruye patrimonio histórico de gran valor, sino libros comunes y corrientes que llevan décadas acumulando polvo.

"Yo tampoco sé, cuando tú me compras un libro, qué vas a hacer con el libro, uno es dueño de esto hasta que se lo compran, ¿no?", argumenta. Además, cree firmemente que las empresas no desecharían obras valiosas: "Pienso que el factor humano va a estar ahí para ser consciente de ello y no desecharlo".

Resucitando Alicante

Para Jorge, la digitalización de textos locales guardados en almacenes es una oportunidad cultural de primer orden, ya que su negocio cuenta con obras que abarcan desde el año 1525 hasta la actualidad.

"Estas empresas sí que están comprando libros que pueden ser tranquilamente, ese libro publicado por una Diputación de Alicante, por un Ayuntamiento de Monforte o una fundación en el que un historiador en un momento determinado daba un conocimiento muy técnico", destaca.

La estrategia de las compradoras tecnológicas sigue evolucionando, y recientemente han iniciado una segunda ronda de compras en la zona. "Ahora lo hacen de manera más inteligente con el tema de los envíos", señala Jorge.

En lugar de mandar los paquetes directamente a Canadá, han contratado a una empresa intermediaria en la localidad de Villajoyosa para recibir y agrupar la mercancía localmente. "Empiezan a ahorrar ya más en costes", apunta.

Selfa concluye restando dramatismo al impacto de la inteligencia artificial y animando a perder el miedo a los avances. "Nos asusta lo nuevo", reflexiona, recordando cómo en los años 90 la gente se reía de quienes hablaban por la calle con los primeros teléfonos móviles.

"Hay que ir adaptándose a estas tecnologías", zanja el librero. Su emblemático local de Alicante sigue siendo un puente inesperado entre la imprenta del siglo XVI y los cerebros digitales del siglo XXI.