El cineasta alicantino Sergio Checa no sabe separarse de su tierra y, pese a vivir en Madrid, ha elegido de nuevo a Alicante para su próximo trabajo.
Su nuevo proyecto, el cortometraje El canto de la chicharra, pone el foco en la salud mental de los menores y de las consecuencias de no cuidarla en la adultez y lo hace desde una casa en Banyeres de Mariola, entre lluvia, bosque y traumas infantiles que laten bajo la superficie.
Si con Dafne y Pol levantó la voz contra el acoso escolar al colectivo LGTBIQ+ desde las aulas de Sant Joan d’Alacant, ahora desplaza la mirada hacia la infancia herida que, si no se cuida a tiempo, puede acabar convirtiéndose en aquello que tanto tememos: "Los 'monstruos' adultos que la sociedad juzga sin preguntarse de dónde vienen".
De Dafne y Pol a un nuevo grito
Dafne y Pol ya está terminada, con el rodaje cerrado y la distribución en marcha, y se prepara para un preestreno en la provincia de Alicante a finales de febrero, antes de su estreno oficial en el Festival de Cine de Sant Joan.
El cortometraje, rodado entre Alicante y Sant Joan, cuenta con un equipo compuesto en un 85% por talento alicantino y protagonizado por dos adolescentes de la zona, elegidas entre un casting masivo de chicas y chicos con ganas de actuar y de implicarse en una historia sobre bullying y diversidad afectivo-sexual.
La cinta está respaldada por la distribuidora Line Up y ha sumado el apoyo económico del Ayuntamiento de Sant Joan d’Alacant para afrontar una distribución que, como recuerda el director, "es muy cara" pero también imprescindible para que la historia llegue a los centros educativos.
El objetivo declarado de Checa es que Dafne y Pol se proyecte en institutos y colegios, como herramienta para que adolescentes y docentes tomen conciencia del impacto devastador que puede tener el acoso escolar, especialmente cuando se mezcla con la homofobia y el ciberacoso.
Interior de Alicante
Mientras Dafne y Pol empieza su recorrido por festivales, con la vista puesta, entre otros, en Skyline (Benidorm) y el Festival de Cine de Alicante, Checa y su equipo se encuentran rodando "El canto de la chicharra" en Bañeres de Mariola, en una casa rural situada en pleno bosque, junto a una ruta de molinos de agua.
La localización, una vivienda de madera con techos altos, buhardillas y el sonido constante del río y del bosque, encaja casi milimétricamente con la casa que el director había imaginado en el guion.
Fotograma de los ensayos de "El canto de la chicharra".
El corto, que aspira a estrenarse en septiembre y sueña con llegar al Festival de Sitges, mezcla suspense y terror con un giro dramático para hablar de traumas infantiles, salud mental y familias desestructuradas.
Con este trabajo, Checa quiere subrayar que los "monstruos" no aparecen de la nada: "Muchas personas adultas arrastran vivencias de infancia marcadas por violencia, abandono o rupturas que nadie atendió a tiempo, y que pueden desembocar en comportamientos que luego la sociedad condena sin mirar hacia atrás".
La metáfora
El título "El canto de la chicharra" no es casual, pues el director se apropia del ciclo vital de este insecto, que vive años bajo tierra como ninfa antes de salir a la superficie y "cantar" desde los árboles, para construir una metáfora sobre esa metamorfosis íntima que puede sufrir una persona marcada por el trauma.
Como las ninfas enterradas, hay niños que crecen bajo capas de dolor que nadie ve; si no se interviene, el "canto" que emerge años después puede ser el de una mente dañada, incomprendida y estigmatizada. "Hay ciertas cosas que los niños ven y no deberían ver nunca", asegura.
Checa utiliza esa imagen para lanzar un aviso sobre la fragilidad de la mente infantil y la responsabilidad adulta a la hora de protegerla, en un contexto donde las redes sociales exponen a los menores a estímulos y violencias para las que no están preparados. "El canto de la chicharra" se plantea así como un grito dirigido a la sociedad, a las instituciones y también a los festivales, con la esperanza de que el mensaje encuentre un altavoz lo bastante potente.
Gran reto
En lo formal, el nuevo corto es también una declaración de intenciones: "El canto de la chicharra" se construye sobre un plano secuencia real de unos doce minutos en el cual el equipo se encuentra trabajando en los ensayos necesarios para llevar a cabo este gran reto.
El dispositivo exige una coordinación casi quirúrgica entre interpretación, cámara, sonido, efectos de luz y lluvia, algo que el propio Checa reconoce que no había dimensionado del todo hasta que se vio inmerso en el rodaje ahora.
Talento alicantino
Tanto en Dafne y Pol como en El canto de la chicharra, Checa insiste en reivindicar el talento de la provincia de Alicante, tanto delante como detrás de la cámara. Aunque cuenta con un productor en Madrid y algún equipo de confianza desplazado desde la capital, alrededor del 80–85% del equipo técnico y artístico es alicantino, y el director no se cansa de repetir que no hace falta "traer gente de fuera" para levantar proyectos sólidos.
En Dafne y Pol, el paisaje protagonista era el litoral: el mar, los atardeceres en el Cabo de las Huertas y un instituto de Sant Joan componían el escenario de esa historia de acoso y libertad para amar.
En El canto de la chicharra, en cambio, el foco se desplaza al interior, a los caseríos y bosques de la montaña alicantina, mostrando una cara menos conocida de la provincia como es la zona de Banyeres de Mariola.
Sergio Checa junto con los actores en el rodaje.
En este trabajo, la música vuelve a ocupar un lugar central. El compositor Juan Mena repite al frente de la banda sonora, que se está creando desde cero en estudio, como ya hiciera en Frío en las manos y Dafne y Pol, cuyos temas acabaron publicados en Spotify.
En este último corto, además, Checa incorporó la canción "Llorer", escrita e interpretada en valenciano por Zoa —nombre artístico de Aitana, una de las participantes en el casting—, un ejemplo más de cómo el director convierte sus rodajes en plataforma para nuevas voces locales.
Entre la denuncia del bullying y la exploración de los traumas infantiles, los dos proyectos funcionan casi como un díptico emocional. Uno mira a las aulas y el otro, a la intimidad del hogar; ambos, sin embargo, comparten la convicción de que el cine puede ser algo más que entretenimiento, un espacio incómodo pero necesario donde escuchar, por fin, el canto de esas chicharras que llevaban demasiado tiempo bajo tierra.
