Alicante

La intensa gira de Manel Loureiro con La ladrona de huesos es un eco de la muy ajetreada propuesta que lanza con su novela. De la antigua URSS a la mexicana ciudad de Guadalupe o un lago en Suiza, por ella pasarán las aventuras que esperan sus miles de lectores. Pero a su paso por la Comunidad Valenciana, que le llevará a Alicante, el escritor destaca dos cosas, hacer patria con su Galicia natal y que el interés por los personajes sea mayor que por lo que les espera en la siguiente página. 

"Si no creas esa conexión emocional, se convierte en peripecia nada más", explica durante la entrevista. Y ese lo considera un error muy común al plantear una historia de aventuras. "Y me interesa mucho cómo evoluciona el personaje de Laura y los demás", recalca sobre su protagonista. Ese, subraya, es el tema sobre el que orbita La ladrona de huesos, no el robo de los restos del apóstol que se veneran en Santiago de Compostela.

La novela de Loureiro involucra al lector tan rápido como mete en problemas a la joven que escoge para hacer el recorrido más loco por el Camino de Santiago. Sin memoria y chantajeada, irá descubriendo que es capaz de responder en escenarios de presión con mucha más habilidad que cualquier otro. Y ese es el otro camino que presentará el de su pasado y su formación como espía en la URSS.

Ese es el caldo de cultivo que él llama, que también ha guiado a los creadores de Viuda negra o Gorrión rojo, para crear a Laura. "Los centros de formación de espías que había y siguen existiendo hoy día que tienen una forma de trabajar que ha aparecido en varias obras de ficción", señala. Un espacio que también comparte con otro título reciente, la Operación Kazán de Vicente Vallés, con el que se pretendía crear a agentes infiltrados en Occidente, "nada de espías a lo 007", hasta que un día "reciben una llamada en su trabajo para hacer algo excepcional".

El camino

Esos ingredientes ya le daban un buen punto de partida de personaje, lo siguiente que necesitaba era ver el formato en que lo enmarcaba. Y ahí tenía clara otra apuesta de género, las películas de robos imposibles. En este caso con una de las reliquias más conocidas del cristianismo. Un factor que le daba pie para esa reivindicación de lo propio a partir de lo exótico. "La duda que tenía al escribirlo era si sería posible meter todos los ingredientes sin que revienten las costuras", reconoce.

La experiencia de transformación del Camino de Santiago le interesaba como entorno porque representaba ese símbolo sobre el que trabajar. "Tiene que robar algo que tiene una importancia espiritual para Occidente, no unas joyas o una obra de arte; le piden que robe un saco de huesos. Y ahí entra la colisión de cómo entendemos nuestro patrimonio e historia". Ese aspecto lo considera fundamental para conseguir que la novela tenga más fondo.

"Me encanta hacer patria cuando cuento historias", asegura. "Presumo mucho de Galicia cuando voy por España y de España cuando estoy fuera porque creo que tenemos que quitarnos muchos complejos de la cabeza y darnos cuenta de que tenemos unos referentes culturales narrativos brutales sin necesidad de explorarlos fuera".

A comprender esa idea le ayudó el fenómeno de la novela negra sueca, "a poco que te hagas con el escenario te lo comes entero. Y nosotros empezamos a exportar esto cuando nos lo creemos". Eso lo vivió él mismo con Apocalipsis Z, "que era de un abogado de Vigo que correteaba por toda la provincia de Pontevedra tratando de que no se lo comiesen, ¡y se lo leen un montón de países!".

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