Alicante

Durante años Josefina Manresa no quiso que se viera a su marido en bañador. Un joven de 27 años que posaba ante las cámaras orgulloso, manos a la espalda, en la Malvarrosa de Valencia. Era 1937, España estaba en guerra, y por esa imagen de Miguel Hernández luciendo cuerpo hizo todo lo posible para que no se volviera a ver hasta pasados 50 años. 

A Plena Luz, la exposición en la que aparece el poeta oriolano llegaba este lunes al palacio provincial de Alicante también con la intención de recuperar el tiempo perdido. Durante años, muchos como decían en la presentación, la custodia de su legado fue noticia local por las disputas políticas, no por las nuevas visiones sobre ella.

El comisario Juan José Téllez ha paseado contento y orgulloso por el sótano del palacio. Allí ha mostrado a autoridades y medios el primer resultado de la colaboración con la diputación de Jaén, la llegada de una muestra creada en 2017 y que había sido vista en ciudades tan diferentes como Nueva York, París y Manila. Tras ese periplo por tres continentes, se puede ver por fin en Alicante.

A esta exposición le irán siguiendo los nuevos contenidos en los que se trabaje sobre el fondo que custodia Jaén desde 2012. Y Téllez promete que hay mucho donde mirar, "la riqueza gráfica del legado es increíble". Unos fondos que él manejó durante seis meses para preparar las diez partes en la que divide esta presentación. Y del que agradece el trabajo de digitalización que han hecho "con lo que cualquier investigador puede consultarlo y valorar no solo los documentos sino también los elementos gráficos".

Fútbol, música y toros

A Plena Luz llega con el propósito de la muestra de darle la vuelta a la iconografía de Miguel Hernández. "Tenemos una imagen gore de Miguel Hernández por las circunstancias de la vida, el viacrucis carcelario y la terrible muerte —que está presente en la exposición—, pero también queríamos a ese joven que tenía la vida por delante y al que le gustaba el fútbol, los toros e hizo amagos en la música".

La foto en bañador ajustado representa esa imagen rompedora. Y Téllez puntualiza que si bien Manresa no quiso en vida que se viera, ahora sí se muestra porque la familia "está encantada". Esta imagen es la que ilustra también el apartado dedicado a presentar la visión que se tenía del poeta oriolano.

En el texto de la exposición destaca que la presencia del escritor durante sus años en Madrid, a principios de los años 30, "lo que enamoraba a María Zambrano, Mallo o Delia del Carril, era su masculinidad marcada en un mundo de ambigüedades donde estaban Lorca o Cernuda". Como explica el comisario, "él era un poco el buen salvaje, el poeta primitivo, el buen pastor, una persona de pueblo en un Madrid demasiado educado donde el ambiente literario y cultural iba por otro rumbo".

De carne y hueso

En los apartados Amor y Eros retrata la vída íntima, la de Madrid y Orihuela. "Si tuvo una relación intensa fue con Maruja Mallo y con María Cegarra, que esta adujo que era platónico, con Zambrano fueron confidentes mutuos de desamores", cuenta de lo vivido en la capital.

Y de ahí de vuelta a su tierra natal. "Después de la relación con Mallo, que fue muy intensa y en la que descubrió otros mundos, necesitaba volver a la serenidad de Josefina y al amor a la antigua, que lo quiso por encima de las propias distancias ideológicas", explica.

En aquella sociedad, "imagino lo que tenía que ser para una hija de un guardia civil que su novio encuentre una pasión arrebatada, se haga comunista, que vuelva al pueblo, que a su padre lo asesinen los correligionarios de su marido —aunque lo llamara un trágico error—, y mucho lo tenía que querer para luego ser guardesa del legado del marido". Por eso recalca que "es una historia de amor muy hermosa".

Al repasar toda esta ajetreada vida sentimental Téllez recalca que "no me gustan los Sálvame literarios ni artísticos, pero hay que empezar a hacerlo para fijar al personaje en las costumbres". Y con eso razona que "a veces pensamos que los personajes históricos son fantasmas sin encarnadura: nombres y fechas y datos" cuando en realidad "son seres de carne y hueso". Su temprana muerte a los 31 años en la cárcel, concluye, "nos deja un Miguel Hernandez al que no le dieron tiempo a crecer ni a nosotros imaginarlo como alguien adulto".

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