Antonio Seco tiene 61 años y una memoria nítida de la Ceuta en la que creció en los años 60. Llegó a la ciudad autónoma en 1968, con tan solo tres años de edad, procedente de Sidi Ifni. Allí transcurrió su infancia y juventud hasta los 17 años, cuando el traslado laboral de su padre llevó a la familia fuera de la plaza española. Décadas después, cuenta en Alicante a EL ESPAÑOL que su vínculo con la tierra donde se formó como persona sigue intacto.
Visitas constantes y el contacto con los familiares que aún viven allí reflejan una realidad dramáticamente distinta a la de su niñez desde finales de julio y que él pudo vivir en primera persona. La reciente crisis migratoria y la gestión institucional de la emergencia han dejado una profunda huella en los vecinos que habitan la llamada perla del Mediterráneo.
Si la niñez es la patria del hombre, en la de Antonio primaba "la diversidad y la naturalidad con la que vivíamos esa diferencia". "En mi clase, en un colegio católico de Ceuta, había chavales hebreos y musulmanes que iban a clase con nosotros y no hacíamos distinción", reflexiona al recordar sus primeros años.
Solo al salir a estudiar a la Península comprendió la singularidad del modelo social ceutí: "Con los años me di cuenta de que eran diferentes en cuanto a cultura, pero en Ceuta era lo más normal, lo que se habla siempre de las cuatro culturas".
Durante generaciones, los habitantes de Ceuta convivieron también con una constante geopolítica sorda pero omnipresente. "Desde pequeños teníamos siempre el runrún encima de que si Marruecos, que si Marruecos", apunta Antonio.
Ese "que si Marruecos" se traducía en la reivindicación que hace la monarquía alauita sobre Ceuta y Melilla, "pero estabas tranquilo porque sabías que tu Estado, tu Gobierno, estaba ahí para defenderte", sostiene Antonio con rotundidad. "Esta es la primera vez en la que los ceutíes se han sentido completamente indefensos, que parecía que no había Gobierno que les defendiera", recalca.
El 30 de julio más de 70.000 personas entraron en Ceuta a través del paso fronterizo con Marruecos y del mar. No obstante, las advertencias ya le llegaban de forma previa a través de sus contactos en la ciudad. "Tengo amigos allí que me decían que casi continuamente los días anteriores iban entrando personas a nado, incrementándose el número continuamente", recuerda. "Hasta que llegó el día gordo y me enteré por la prensa", añade.
Antonio tenía un viaje previsto para los primeros días de agosto, lejos de anularlo, decidió trasladarse a Ceuta para apoyar a los suyos. "Era más importante que nunca estar ahí. No iba a cancelarlo por esto", afirma convencido. Al llegar a la ciudad, la imagen inicial ofreció un fuerte contraste entre el casco urbano y los barrios.
"En el centro de la ciudad creo que estaba todo bastante controlado en los primeros días", explica. "Los que entraron se quedaron en la periferia, en las barriadas más exteriores. No vi demasiados en el centro y sí mucha presencia policial y militar que daba mucha tranquilidad".
El miedo
Sin embargo, tras esa aparente contención urbana, el temor y la incertidumbre calaban en el sector comercial. "Las tiendas estaban cerradas y algún comerciante me dijo que dormía dentro de ellas por la noche por miedo", relata.
Con el paso de las semanas, la presencia en los espacios públicos se tornó cada vez más compleja. "Al principio no accedían al centro de la ciudad, se escondían en las montañas, y luego sí que han ido accediendo, con lo cual la sensación era de más inseguridad", observa Seco. A esta inquietud se sumó la degradación del entorno urbano y la suciedad en parques y jardines.
Pese a la tensión latente, Antonio insiste en remarcar la empatía y humanidad que caracterizan al pueblo ceutí frente al fenómeno migratorio. "La inmensa mayoría de los ceutíes no tienen miedo porque piensen que todos los que vienen son delincuentes, sino porque el hambre y la necesidad fuerzan a hacer cosas que normalmente no harían", aclara.
Seco comparte el testimonio de un con un compañero de colegio para ilustrar el alcance de la desazón actual: "Me dijo: 'Mira, mi familia es comerciante en Ceuta de generaciones. Yo es la primera vez que estoy pensando en marcharme porque aquí estábamos bien, estábamos protegidos y de repente me siento indefenso'".
En este contexto de malestar, gestos gubernamentales como el presidente Pedro Sánchez compartiendo en redes sociales una lista de reproducción musical estival sentaron como una afrenta directa. "Imagínate en Ceuta cómo se sintió eso. Dijeron: "¿Pero qué nos están contando? Nos han dejado aquí tirados y encima nos hablan de playlist"", relata Seco.
"La sensación más grande que han sentido los ceutíes, aparte de miedo, es la decepción ante que su propio Gobierno no haya hecho nada por defenderlos e incluso parezca que defendiera los intereses del vecino", reitera. La valoración general de la respuesta institucional es de "absoluta dejadez por parte del Gobierno".
Vivir en Marruecos
Esta perspectiva crítica no proviene, sin embargo, del desconocimiento de la realidad marroquí. Antonio Seco vivió y trabajó durante cinco años en Rabat, una experiencia que le otorgó un profundo conocimiento de la sociedad del país vecino. "Fueron cinco años en los que aprendí muchísimo sobre el país vecino y me ayudó a de verdad tener mucho cariño al marroquí", remarca.
"El marroquí de la calle es una persona extraordinaria, son gente buenísima. Jamás he tenido ningún problema". Por ello, pide no confundir las dinámicas políticas con la población: "No tengo nada contra Marruecos como sociedad, me parece una gente fantástica".
El apoyo extraordinario
Finalmente, Antonio analiza el encaje y la percepción de las ciudades autónomas en el conjunto del territorio nacional. A su juicio, históricamente "en la Península se desconoce bastante a Ceuta y Melilla más allá de la historia de la mili".
No obstante, reconoce el giro positivo experimentado durante esta crisis: "Sí que me ha sorprendido el extraordinario apoyo que ha habido en la Península. Yo siempre pensé que los españoles de la Península nunca apoyarían a Ceuta como lo han hecho ahora. Me ha parecido extraordinario".
En el balance final queda una preocupación. Las conversaciones con sus allegados transmiten la sensación de que "quieren que la sociedad asimile que esto se va a perpetuar como algo normal y que tienen que vivir con esto, y es a lo que se niegan".
