En el monte alicantino hay hoy más vegetación que hace décadas, pero eso no significa que el territorio esté más sano ni más protegido.
Al contrario. Para César Alcaraz, oficial del Consorcio Provincial de Bomberos de Alicante, el abandono de los pueblos y del trabajo agrícola ha convertido muchas zonas forestales en un auténtico polvorín.
"Hay muchísimos más árboles ahora que en los años 70", explica, en una reflexión que desmonta la idea de que el aumento del riesgo de incendios se debe solo al cambio climático. En su opinión, el problema tiene mucho que ver con otra realidad menos visible.
En este sentido, la despoblación rural y la pérdida del mantenimiento tradicional del campo son de los factores que más influyen en la propagación rápida del fuego.
Según detalla, en las décadas de los 70, 80 y 90 buena parte del territorio estaba más "trabajado". Había cultivos, bancales activos, campos de cítricos, almendros, tomates y otras explotaciones que, además de sostener la economía local, ayudaban a frenar el avance del fuego.
Eran, en la práctica, cortafuegos naturales. Terrenos limpios, con actividad agrícola, que interrumpían la continuidad de la vegetación y dificultaban que un incendio encontrara combustible de forma seguida.
"Antes había más ganados, más pastores con ovejas", recuerda Alcaraz. Ese pastoreo también contribuía a mantener el monte más despejado y a reducir la carga vegetal. Pero con el paso del tiempo, esa presencia se ha ido perdiendo, y con ella una parte esencial del equilibrio rural.
"Gasolina pura"
El problema, resume el bombero, es que la naturaleza ha seguido su curso en zonas abandonadas, pero sin la intervención humana que antes ordenaba el paisaje. El resultado es una continuidad vegetal mucho mayor, con vegetación seca acumulada en amplias extensiones.
De ahí que todo ese material vegetal funcione como "gasolina pura". Es decir, cuando empieza un incendio, las llamas avanzan con enorme facilidad porque encuentran combustible de forma continua y sin apenas barreras.
No es solo una cuestión de árboles. Es la combinación de masa forestal, sequedad, abandono y falta de gestión del territorio lo que hace que los incendios sean cada vez más difíciles de controlar.
Cada vez más complejo
César subraya que la limpieza del monte bajo es fundamental para lograr veranos más seguros, pero también admite que se trata de una tarea complicada y cada vez más difícil en el contexto actual. La despoblación de los pueblos, la pérdida de actividad agrícola y el estado del terreno hacen que la prevención requiera mucho más esfuerzo.
En la provincia de Alicante, donde la masa forestal convive con un paisaje de sierras, montaña y núcleos rurales dispersos, la gestión del territorio se ha convertido en una pieza clave para reducir riesgos. Y, como advierten los bomberos, no basta con actuar cuando el fuego ya está encendido, pues el trabajo empieza mucho antes, en invierno y durante todo el año.
Un problema de fondo
La advertencia de Alcaraz apunta a una idea de fondo que cada vez repiten más voces expertas. En definitiva, los incendios no se explican solo por las altas temperaturas, sino también por cómo se ha transformado el territorio.
Donde antes había actividad rural, ahora hay parcelas abandonadas, monte continuo y menos manos para mantener el paisaje.
