El pasado 9 de enero, la Unión Europea cerró un acuerdo comercial histórico con el Mercosur (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay) que ha profundizado la grieta entre las promesas de Bruselas y la realidad de los campos españoles.
El tratado, que unirá dos potencias agroalimentarias con más de 700 millones de consumidores, elimina aranceles para el 99% de las exportaciones agrícolas del bloque sudamericano, abriendo las puertas a un aluvión de cereales, carne, arroz, miel y otras producciones que llegarán a Europa a precios que los pequeños agricultores españoles no pueden equiparar.
Si bien otros sectores como el vino y el aceite se verán beneficiados, para el sector cerealista español, este acuerdo no es un simple documento técnico. Según los propios agricultores, una sentencia de muerte diferida.
Para ellos, viene a cerrar un ciclo de devastación económica que comenzó hace cuatro años, cuando la guerra de Ucrania multiplicó el precio del gasoil por tres, triplicó el coste de los abonos y duplicó el de los herbicidas.
Carlos Ferri tiene 27 años. Licenciado en Administración de Empresas, decidió hace seis años abandonar una oficina cómoda para trabajar en la explotación familiar junto a su padre Ricardo.
Ferri Agrícola S.L., en Bañeres de Mariola, Alicante, cultiva cereales en unas 500 hectáreas propias y presta servicios de siembra, recolección y fumigación a otros agricultores.
Es lo que queda de una empresa que, hace apenas tres años, empleaba a cuatro trabajadores. Hoy solo trabajan Ricardo y Carlos.
El almacen de cebada.
La lógica empresarial, aquella que le enseñaron en la carrera, termina en el campo alicantino con una operación matemática brutal.
Una hectárea de cereal cuesta 450 euros en producción, entre semillas, abonos, herbicidas, combustible y maquinaria.
El cereal alicantino produce entre 1.500 y 2.000 kilogramos por hectárea, según las condiciones. Al precio actual de mercado, que ronda los 160 a 170 euros la tonelada, los ingresos apenas alcanzan los 320 euros por hectárea.
Ricardo Ferri, de 58 años y representante de la sectorial de cereal de ASAJA en Alicante, lleva tres meses sin un día libre.
Mientras atiende a EL ESPANOL mientras recoge aceitunas en otro pueblo cerca de Banyeres. La demanda de servicios de recolección está desbordada. Pero incluso esa actividad, que debería compensar las pérdidas del cereal, no llega a hacerlo.
Tiempo robado
Carlos, desde su tractor en Banyeres, recuerda el momento exacto en que todo cambió. "Desde la guerra de Ucrania", dice. El gasoil se multiplicó por tres. Los fertilizantes también. Los pesticidas y herbicidas se duplicaron o triplicaron. Mientras tanto, "el precio del cereal es igual que antes".
"Si todo te cuesta más y vendes igual de barato, entonces eres más pobre", señala Carlos con la precisión de quien ha visto la ecuación en sus libros de contabilidad.
A esto se suma la PAC, la Política Agraria Común europea, que debería ser el colchón que amortiguara estos golpes. Pero la PAC, en lugar de reforzarse frente a la crisis, se desmorona. "Europa cada vez recorta más la subvención. A nosotros nos la han recortado un 40%", comenta Carlos.
Competencia desleal
Por su parte, cuando Ricardo se refiere a la competencia que enfrentan los cereales españoles, no habla solo del Mercosur.
Habla de un sistema de precios internacionales completamente desproporcionado. "El mercado nacional siempre está regulado más que nada por la importación", explica. "El cereal que llega desde el extranjero en los puertos de Valencia, Tarragona, Cartagena fija los precios nacionales."
Ya antes de Mercosur llegaban cereales de Ucrania y Rusia. Ahora, desde enero de 2026, llegarán masivamente desde Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay.
"Allá tienen 8 o 10.000 kilos de rendimiento por hectárea", explica Ricardo. "Aquí, entre 1.500 y 2.000. Si ellos producen cinco veces más, tienen sueldos mucho más baratos, seguridad social más barata... pues claro, ellos pueden vender a precios que nosotros no podemos competir", lamenta.
El almacén de Ferri Agrícola, S.L.U.
Bajo el acuerdo, el Mercado Europeo recibirá más de 1 millón de toneladas de maíz con arancel reducido o eliminado, 60.000 toneladas de arroz, 190.000 toneladas de azúcar, 45.000 toneladas de miel.
Cada contingente presionará a la baja los precios internos. Los agricultores españoles estiman caídas del 5% al 15% en determinadas campañas, según datos de cooperativas y asociaciones.
Distintas realidades
Pero hay algo más injusto que la mera competencia de precios, la asimetría regulatoria. En España, un agricultor no puede usar zlgunos pesticidas que los países del Mercosur emplean libremente.
"La normativa es súper exigente y son productos muy caros para cumplir la normativa", señala Ricardo. "Y después los de fuera no cumplen eso".
De esta forma, mientras los agricultores europeos invierten en cumplir, para los agricultores, se importa incumplimiento. El acuerdo permite la entrada de productos tratados con fitosanitarios que están prohibidos en la Unión Europea porque se considera que pueden provocar enfermedades.
"Aquí no te dejan usar un producto, pero te dejan comprar carne de fuera que sí que los dejan usar", ironiza Carlos. "No tiene sentido".
Ricardo va más lejos. "No va a haber reciprocidad en el producto. Los productos que traigan tendrían que tener la misma calidad que nos exigen a nosotros aquí. Pero no. Venden sus productos aquí. Eso no es solo competencia desleal. Eso es que nos pisotean."
La trazabilidad de esos productos, saber de dónde vienen exactamente, cómo fueron producidos, "va a dejar mucho que desear", advierte Ricardo.
La mano invisible
Mientras el agricultor ve caer sus ingresos, otros actores de la cadena agroalimentaria pasan el rastrillo.
Ricardo es implacable: "El máximo perjudicado no va a ser el agricultor. Va a ser toda la población española que va a ir a comprar los productos. Pero el gran beneficiado va a ser las grandes distribuidoras de alimento".
También apela a la concienciación social acerca de dónde viene lo que comemos, cuya falta pasa factura en España. En este sentido, Ricardo cree que es responsabilidad de la educación. "La conciencia social tiene que empezar por las escuelas, por las clases. No puede ser que a un niño de 6 años le preguntes de dónde viene la leche y te diga que de Mercadona", comenta.
Relevo generacional
En Bañeres de Mariola, Carlos Ferri es una rareza: un agricultor joven. A sus 27 años, es prácticamente el único de su edad en la zona dedicado a esto.
La razón es simple y dura: no hay dinero. "Si no se gana dinero, pues no viene la gente", dice Carlos. "Un negocio para que vaya bien tiene que haber ganancias, beneficio. No pérdidas. Aquí hasta hace dos años éramos cuatro en la empresa. Ahora mismo estamos mi padre y yo. Porque es imposible".
La empresa tiene un millón de euros invertidos en maquinaria. Y aun así, con 500 hectáreas, apenas viven.
"No me quiero ni imaginar comenzar desde cero", asegura Ricardo. Las ayudas de la UE para jóvenes agricultores, de unos 30.000 euros, le suenan a burla. "¿Para qué te sirve esto si no tienes ni para empezar?"
Ricardo gasta 6.000 a 7.000 euros cada mes solo en gasoil. "Pues a ver qué va a hacer un joven que tenga que empezar de cero y le dan 30.000 euros en 5 años. ¿Y dónde va?", comenta.
Por ese motivo, en el interior de Alicante, como en tantas regiones agrícolas españolas, los hijos de agricultores buscan otras profesiones y la tierra se queda en manos de los mayores. Luego, los herederos la venden, la arriendan, o la olvidan.
Carrera de obstáculos
Si los números no fueran suficientemente tristes, hay más. Ricardo describe una batalla por todas partes. Los jabalíes y muflones destruyen las cosechas. Cuando quiso denunciarlo, un forestal le dijo que a él "no le molestaban los muflones".
Ricardo tuvo que explicarle que a él tampoco le molestaban; lo que le molestaba era el daño que provocaban. "Lo que no puedo es mantener única y exclusivamente los muflones", apunta entre risas.
Los seguros agrarios, teóricamente diseñados para este tipo de pérdidas, no sirven. "Empiezan con la letra pequeña. Si no llega un 30% de daño del total en la parcela, no hay indemnización", lamenta.
Sensación de condena
En un momento de la conversación, Ricardo resume con tristeza su situación: "Parece que nos están condenando a desaparecer totalmente. Nos están invitando continuamente a que abandonemos."
Carlos intenta mirar el futuro. Sigue trabajando al lado de su padre, deseando que las cosas mejoren.
Pero mientras conserva el cereal almacenado, esperando tiempos mejores que quizá nunca lleguen, la rueda sigue girando. Hay que sembrar. Hay que trabajar. "A ver si con suerte llego a comer a casa", dice Carlos, resumiendo su jornada laboral que aún tiene varios campos por trabajar.
El final que no viene
Para los gobiernos, el acuerdo UE-Mercosur supone un paso adelante en la globalización. Para Ricardo y Carlos Ferri, es el paso final. No porque vayan a quebrar mañana, sino porque sus números ya están quebrados.
Ricardo es encargado de la sectorial de cereal de ASAJA en Alicante, por lo que conoce bien las perspectivas del sector. Cree que debería haber movilizaciones, como las que hacen los agricultores franceses. "Tenemos que hacer algo porque nos están ahogando", sentencia.
Su relato y el de su hijo es de quien sabe que el sector cerealista español está al borde del colapso, y que políticas como Mercosur aceleran ese fin.
Sabe que los jóvenes como su hijo no tienen futuro aquí, o al menos uno económicamente viable. Que las grandes cadenas de distribución van a prosperar mientras el campo "se hunde". Que los consumidores españoles van a comer productos más baratos, pero también "de menor calidad y con menor trazabilidad".
Carlos tiene 27 años y la carrera hecha. Pero cada día que trabaja en el campo es una apuesta contra las matemáticas, contra las políticas y contra el tiempo. Su padre resistió. Ahora le toca a él. Y mientras tanto, las máquinas siguen, el gasoil sigue subiendo, y el cereal sigue valiendo lo mismo.
