Javier Imbroda, recibiendo una placa de homenaje en febrero de este año.

Javier Imbroda, recibiendo una placa de homenaje en febrero de este año. EFE

OBITUARIO

Javier Imbroda, la pasión risueña

El baloncesto español está obligado a preservar la herencia emocional y deportiva de Javier Imbroda tanto como a no olvidar nunca la alegría que latió siempre en su fondo.

3 abril, 2022 19:55

Javier Imbroda fue un amante sin medida del baloncesto, una persona cercana y jovial que siempre mostró su cara risueña a la vida. En cuantas ocasiones coincidimos, el optimismo desbordó sus palabras e insistía de forma apasionada en volver la vista atrás para reconocer nuestros méritos sin pudor. Desde luego, él los tuvo, porque consiguió que un equipo de colegio captara la atención del baloncesto español por su autenticidad en su lucha desigual y un juego espectacular a ritmo frenético. 

Javier Imbroda, en el Parlamento andaluz.

Javier Imbroda, en el Parlamento andaluz. Europa Press

Lo dicho no perturbó su entendimiento de ningún modo. Siempre fue consciente de que había llegado desde el patio a la élite sin transición alguna, en un golpe de trabajo y talento desmedido no exento de fortuna. El Mayoral Maristas desprendía la alegría contagiosa, sincera y apabullante de un entrenador que era también mentor para muchos de sus jugadores. Imposible no quererlos.

El ascenso de todos ellos fue el de Javier, que encontró en la fusión con el rival de la ciudad el trampolín que culminaría con su llegada al equipo nacional español. Fue el primer entrenador del Unicaja que estuvo a una canasta de conseguir la liga, y su impulso decidido, envenenado y contagioso pronto prendería en las venas de Pau Gasol, Juan Carlos Navarro y compañía, que cerrarían su Mundial en Indianápolis en 2002 ganando a los locales dirigidos por un antiguo rival amigo, George Karl, con quien tuvo palabras amables y de agradecimiento.

Su propósito de innovar no se ceñía a sus equipos, sino a todo el baloncesto nacional. Quería mejorar a los jugadores españoles, de forma que embarcó en los noventa al ilustre Hubie Brown (laureado entrenador y célebre comentarista en la patria de nuestro deporte) para celebrar campus de tecnificación para profesionales. Javier escuchaba al maestro con el respeto de un pupilo recién estrenado, y sus reuniones matinales en el comedor del hotel para preparar la jornada componían una estampa modélica de una relación marcada por una querencia ilimitada por el baloncesto.

"El baloncesto español está obligado a preservar la herencia emocional y deportiva de Imbroda"

El deporte encierra algo de crueldad en su célere busca del rendimiento. Uno siempre sintió que el juego del balón naranja maltrató una figura con un perfil de hombre entero, fajador y con ideas que le brotaban de la noche al día o en sentido inverso. No le importó demasiado a Imbroda, que no tardó en encontrar su rumbo en la educación y la empresa.

No les extrañe tras lo contado que su sitio en la política estaba en Ciudadanos, cuyo perfil y trayectoria encajaba en la formación como los tornillos de un aro en el tablero. Temí mucho por él, pues las críticas del deporte son caricias de una madre comparadas con las que se vierten en la ciénaga implacable de ese mundillo. Al menos, en el baloncesto se buscan razones de peso y verdades, no el escándalo y la destrucción por sistema sin ningún fundamento.

Querido Javier: siempre recordaré nuestras largas conversaciones, boquerones o callos de por medio; el continuo bullir de tus ideas; la sonrisa fraternal con la que siempre me recibiste; y el agradecimiento continuo que me regalaste por nuestros intercambios, de los que yo era el principal agraciado. El baloncesto español está obligado a preservar tu herencia emocional y deportiva tanto como a no olvidar nunca la alegría que latió siempre en su fondo. Hasta siempre, querido.

*** Francisco Javier Imbroda Ortiz nació en Melilla el 8 de enero de 1961 y murió en Málaga el 3 de abril de 2022.

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