Haruki-Murakami

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Letras

El ombliguismo sin innovación de Murakami

Los relatos de 'Primera persona del singular' son Murakami en estado puro, no defraudan a sus devotos, pero tampoco se arriesgan a algo nuevo

18 octubre, 2021 08:38

Primera persona del singular

Haruki Murakami

Traducción de Juan Francisco González Sánchez. Tusquets. Barcelona, 2021. 288 páginas. 18, 90 €. Ebook: 9,99 €

Hay dos clases de escritores: los que buscan incansablemente la forma capaz de expresar su visión del mundo y los que se limitan a repetir una fórmula más o menos feliz. Valle-Inclán pertenece al primer grupo. Después de cultivar una estrecha promiscuidad con sauces, tritones y princesas, alumbró el esperpento, donde el cisne dejaba paso a la imagen deformada de El Callejón del Gato. Borges pertenece al segundo. Artífice de auténticas obras maestras, nunca se desvió del universo que había creado, con sus espejos, tigres y paradojas.

Haruki Murakami (Kioto, 1949) se mueve en esa segunda banda, donde lo sublime convive con lo redundante y previsible. Nunca defrauda a sus devotos, pero en el resto provoca la impresión de prolongar interminablemente un único libro con todos sus fetiches: erotismo elegante, desengaños sentimentales, grandes ciudades saturadas de melancolía, fracasos existenciales, lirismo suave, mujeres misteriosas, notas de jazz que flotan en madrugadas solitarias. Primera persona del singular posee todos esos rasgos, con su indudable poder de seducción, pero causa la misma sensación que los últimos libros de García Márquez, donde resulta imposible desprenderse de la sensación de reencontrarnos con algo ya conocido y agotado.

Con ese estilo ligero y fluido que evoca la frescura de una canción pop, Murakami nos habla esta vez de asuntos con un eco supuestamente autobiográfico, como una noche compartida con una compañera de universidad (“Áspera piedra, fría almohada”), donde queda muy claro que el sexo solo es una huida, un breve parpadeo que no logra aplacar la soledad. Los cuerpos se funden un instante y luego se separan, constatando la impenetrabilidad del ser humano. “Al menos las palabras permanecen a nuestro lado”, apunta Murakami. La agudeza de estas y otras observaciones contrasta con otras reflexiones pueriles y algo cursis: “nadie podrá arrebatarnos el recuerdo de haber amado”. Murakami es así. Nos sorprende con su perspicacia y luego se despeña por el lugar común.

Estos relatos son Murakami en estado puro, no defraudan a sus devotos, pero tampoco se arriesgan a explorar algo nuevo

En otro relato (“Flor y nata”) se repite el contraste. Una cita fallida que produce la impresión de haber transitado por un cuadro de Paul Delvaux, con sus azules mágicos y sus geometrías imposibles, desemboca en una especulación filosófica de escaso calado. Un anciano habla al protagonista de “un círculo con muchos centros” y el narrador llega a la conclusión de que ese círculo simboliza el poder de la conciencia para “amar con el corazón, sentir profunda compasión, abrazar utopías, encontrar la fe”. Kawabata o Tanizaki jamás habrían transigido una elucidación tan explícita. La literatura japonesa casi siempre ha usado magistralmente la elipsis, evitando el sentimentalismo. Quizás no sea justo hacer esta clase de reproches a Murakami, el más occidental de los escritores japoneses, cuya obra se ha gestado al calor de autores como Raymond Carver, Scott Fitzgerald o John Irving.

Tal vez por ese motivo su talento despunta cuando adopta otros registros más próximos a los iconos de nuestra débil y líquida era posmoderna. Nos encontramos al mejor Murakami en relatos como “Charlie Parker Plays Bossa Nova” o “With the Beatles”, donde la imaginación vuela con la inspiración de una buena improvisación jazzística. En sus inicios, Murakami escribe un artículo para un fanzine, inventando un disco inexistente de Charlie “Bird” Parker con temas de bossa nova.

La ocurrencia despierta la indignación del director de la revista, pero los lectores se entusiasman y se lanzan a las tiendas a buscar el disco. Murakami se topa con la obra en una tienda de Nueva York y, más tarde, “Bird” se aparece en sus sueños, interpretando “Corcovado”. Durante una breve conversación, el saxofonista le explica que la muerte es “como un ser que se arrastra lentamente”. En “With the Beatles”, el escritor reúne el amor, un sentimiento que en su caso permanece asociado a la imagen de una adolescente con el álbum del grupo británico aplastado contra el pecho, y el suicidio, una epidemia silenciosa que no cesa de proclamar la fragilidad del hombre, siempre expuesto a desengaños, fracasos y desprecios.

Su literatura certifica el fin de una época y el comienzo de una nueva era donde la luz de neón de las grandes ciudades ahoga los colores del crepúsculo

En “Antología poética de los Yakult Swallows de Tokio”, nos habla de su afición al béisbol y su efímera incursión en la poesía. En “Carnaval”, aborda la dualidad del ser humano, cuya verdadera identidad suele estar oculta bajo una máscara, citando el caso de Schumann un genio atormentado por delirios que sembraban en su música ambigüedades y paradojas. “Confesiones de un mono de Shinagawa” saca a la luz la vena kafkiana que circula por la obra de Murakami, adentrándose en las contradicciones de nuestra especie. Por último, “Primera persona del singular” alude irónicamente a los ardides que explotamos para fingir una personalidad ficticia, capaz de corregir u ocultar nuestras imperfecciones.

Primera persona del singular es Murakami en estado puro, con todas sus virtudes: prosa directa y pegadiza como una melodía de los Beatles, atmósferas oníricas y deslumbrantes, personajes abrumados por la soledad y los problemas de identidad, ciudades con bares acogedores y con grandes avenidas impersonales donde cae una lluvia insidiosa, semejante a la de Blade Runner. No es una mala cosecha, pero es la misma estrategia de autores como Carrère y Houellebecq, incurables onanistas atrapados en fantasías recurrentes. Murakami no se atreve a innovar, como hace el último Coetzee, con su insólita y arriesgada trilogía sobre Jesús. Esa actitud tiene una ventaja. Sus lectores se ahorrarán la conmoción que provocan los experimentos y podrán seguir gozando de ese ambiente familiar de los viejos bares que dejan pasar los años sin renovar su aspecto.

No quiero omitir el desagrado que me produce que Tusquets ya no cosa sus libros. El hilo posee la dignidad de la espada y la delicadeza del crisantemo. Me temo que yo también me dejo llevar por consideraciones de tipo venal, pero soy consciente de que cada vez que me inclino ante Mammón, el ídolo de nuestro tiempo, pierdo un jirón de mi alma. Mishima me habría dado la razón. Murakami, que nunca ha mostrado nostalgia por la edad heroica, probablemente desdeñaría mi juicio. Su literatura, tan estimable por muchos motivos, certifica el fin de una época y el comienzo de una nueva era donde la luz de neón de las grandes ciudades ahoga los colores del crepúsculo y los equipos de alta fidelidad impiden escuchar los sonidos de la naturaleza.

@Rafael_Narbona