Juegos Paralímpicos

Competir o eutanasia: el dilema de la campeona paralímpica

Marieke Vervoort se plantea someterse a la muerte asistida después de los Juegos de Río, cuando se retire de la alta competición.

Marieke Vervoort, en los Juegos Paralímpicos de Londres 2012.

Marieke Vervoort, en los Juegos Paralímpicos de Londres 2012. Getty Images

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Desde hace más de una década, Marieke Vervoort sufre una enfermedad muscular degenerativa que le paraliza de cintura para abajo. La discapacidad la confinó a una silla de ruedas, pero lejos de rendirse o, simplemente, resignarse a no poder caminar decidió hacer algo hermoso con su vida y se sumergió en el mundo del deporte adaptado: el motor que le ha insuflado la energía necesaria para sobrevivir al día a día.

Marieke Vervoort, originaria de Diest (1979), una pequeña localidad situada en el corazón de Bélgica, comenzó a jugar al baloncesto en silla de ruedas, probó el buceo y la natación, pero fue en el triatlón donde se cimentaron las primeras grandes victorias que hoy desbordan en su dilatado palmarés deportivo. En 2006, con apenas dos años de experiencia y entrenamiento en la disciplina, se convirtió en campeona del mundo de paratriatlón, título que revalidaría en la siguiente edición; y temporada en la cual también tuvo la valentía de enfrentarse -y finalizar- un Ironman, el de Hawai, el más duro de todos.

‘Wielemie’ (como la apodan los belgas y que viene a significar “la rueda y yo”) sufrió en 2008 un fuerte aumento de su discapacidad. Ya no podía practicar el triatlón, pero se abrió un nuevo camino plagado de desafíos culminado con una medalla de oro en los Juegos Paralímpicos de Londres. En ese período publicó un libro -Wielemie, deportes para la vida-, grabaron un documental sobre su historia y le dio tiempo a destacar en otro deporte: el blokart o carro-vela, una especie de carreras de bólidos que se mueven gracias a la acción del viento, donde se proclamó subcampeona europea en 2011 en la clase mosca (-54 kgs).

No fue hasta el año siguiente cuando tuvo el primer contacto con la velocidad en silla de ruedas. Después de ser incluida en la categoría T-52 y pulverizar varios récords continentales, Marieke Vervoort ganó dos metales sobre el tartán de un abarrotado Estadio Olímpico de Londres: oro en los 100 metros y plata en los 200. Tras cruzar la línea de meta, rompió a llorar de la emoción.

En 2015, en Doha, consiguió los títulos de campeona del mundo en 100, 200 y 400 metros. Además, posee los récords mundiales en las pruebas de 400, 800, 1500 y 5000 metros.

Ahora, a los 37 años, Marieke Vervoort ha anunciado su retirada tras los Juegos Paralímpicos de Río, donde espera subirse al podio una última vez: “Hay una oportunidad de medalla, pero será muy difícil porque las rivales son muy fuertes”. Sin embargo, más allá del punto final a su carrera deportiva, ‘Wielemie’ se plantea dar un paso más determinante para su vida.

“El entrenamiento es mi única razón para vivir”

“Estoy empezando a pensar en la eutanasia”, confesó recientemente la deportista paralímpica a la cadena de televisión belga RTL. Pero, ¿por qué?, ¿cuáles son los motivos aducidos? El deporte ha sido la vía de escape a la que Marieke se ha agarrado siempre. “A pesar de mi enfermedad, he podido experimentar cosas que otros sólo pueden soñar. Cuando me siento en mi silla de carreras todo desaparece. Expulso los pensamientos oscuros, lucho contra el miedo, la tristeza, el sufrimiento y la frustración. Así es cómo he ganado las medallas de oro”.

Aunque una sonrisa o una victoria no consigue tapar una dolencia que le inunda las entrañas del cuerpo. “Todo el mundo me ve reír con mi medalla de oro, pero nadie ve el lado oscuro. Sufro mucho, a veces solo duermo diez minutos por la noche y todavía me quedan fuerzas para ir a por el oro en Río”.

El paso del tiempo ha castigado a ‘Wielemie’ casi más que la propia enfermedad. “Es muy duro notar, año tras año, que hay cosas que ya no puedo hacer más”, reconoce con resignación. De ahí la difícil decisión de la retirada y lo que supone desvincularse de la alta competición: “El entrenamiento es mi única razón para vivir”.

En Bélgica, desde el año 2002, la legislación contempla el derecho a la eutanasia cumpliendo los requisitos de que “la petición sea voluntaria, reflexionada y reiterada sin presiones exteriores”, además de manifestar “padecimiento físico o psíquico constante e insuperable ocasionado por una condición patológica grave e incurable”. También ha sido el primer país del mundo en aprobar la eutanasia para menores de edad.

En este contexto, y obligada a abandonar su estímulo vital, Marieke Vervoort se plantea acabar con su vida. ¿Cómo se explica tan drástica decisión desde la psicología deportiva? Preguntado por este diario, Pablo del Río, psicólogo del Centro de Alto Rendimiento para deportistas de Madrid, argumenta que “cuando la vida de una persona se mueve en torno a una actividad, en este caso el deporte, y cuando este deja de existir, cuando esta motivación que le lleva a moverse desaparece y no tiene otros objetivos, otras actividades, para ella la vida no tiene mucho sentido. Por lo tanto, puede que en esas circunstancias se pueda plantear el dejar de vivir”.

Según del Río, la clave puede estar en “no haber trabajado otro tipo de actividad complementaria o que pueda llegar a suplir el deporte como tal”. “Es una mezcla de motivación, de objetivos adaptados y, por otro lado, trabajar la autoeficacia (la confianza en uno mismo para afrontar las situaciones que se presentan)”.

“Profundo respeto”

Gema Hassen-Bey, con doce títulos paralímpicos de esgrima en su palmarés, ha encontrado una gran cantidad de retos a los que enfrentarse tras la retirada de la alta competición. El último es el de intentar ser la primera mujer en silla de ruedas que corona el Kilimanjaro, el Techo de África, a 5.985 metros de altitud. En conversación con EL ESPAÑOL, dice, en primer término, que siente “un profundo respeto por la eutanasia. Todo el mundo tiene derecho a hacerlo. Esa decisión es personal e independiente de tu condición física”.

Marieke Vervoort celebra con rabia la victoria en los 100 metros de Londres.

Marieke Vervoort celebra con rabia la victoria en los 100 metros de Londres. Getty Images

“Esta chica tiene una vitalidad y una vocación profesional muy grande como deportista, pero también quiere quitarse la vida, lo cual es respetable. Hay que defender una vida digna. Si la vida te duele, ¿quién soy para decirte que no vivas con ese dolor?”, confiesa Hassen Bay, que recalca que hay que tener cuidado en mezclar una minusvalía con la eutanasia: “No tiene nada que ver una cosa con la otra. Solo es una cuestión del dolor que padezcas”.

El abandono de la alta competición es una coyuntura que puede sumir al atleta en una fuerte depresión, tal y como confiesa Pablo del Río. “En muchos casos, si el deportista profesional no ha planificado ni se ha preparado paralela o anteriormente para esa retirada, esta suele ser traumática. Y en muchos casos, no es que se llegue a plantear este tipo de respuesta tan drástica -quitarse la vida-, pero sí aparece una motivación de miedo a dejar de ser, miedo a dejar de existir, miedo a no saber qué realizar”.

Gema, que ya ha pasado por ese trago, corrobora la versión del psicólogo y se muestra crítica con la poca atención que reciben los paralímpicos: “ La verdad es que todos los deportistas sufrimos un bajón tras dejarlo. ¿Yo qué he hecho? Ponerme el listón más alto y subir al Kilimanjaro. Pero es cierto que los comités paralímpicos, cuando un deportista lo deja, se olvidan de ti y sería necesario que acojan luego a los deportistas de alguna manera”.

El mensaje que quiere transmitir Gema Hassen-Bey es que “después del deporte, uno puede reinventarse. La vida es un regalo que disfruto intensamente. Después de 5 Juegos Paralímpicos, todos esos valores no se acaban y puedes plantearte nuevos retos”.

Sin embargo, en este caso, la decisión final solo depende de Marieke Vervoort y las ganas que tenga de vivir. “Hay vida después del deporte, pero si te la quieres quitar sólo puedo sentir un profundo respeto. Razones tenemos todos, porque cada día es un pequeño Kilimanjaro para nosotros”, sentencia Hassen-Bey.