Elecciones generales 2016

Antonio Machado se indigna con los resultados del 26-J

La aplastante victoria del PP ha desatado una ola de cabreos: los usuarios arremeten citando al poeta sevillano. Unamuno, Hernández y Valle-Inclán han revivido también en la resaca electoral. 

El poeta Antonio Machado, el más citado entre los literatos a colación de los resultados electorales.

El poeta Antonio Machado, el más citado entre los literatos a colación de los resultados electorales.

Poesía es lo contrario a programa político. Porque la palabra poética -la verdadera, no la tramposa, no la estética- es honda, escueta y justa; no se endominga porque no le hace falta. Existe, se ensancha y ya. No vende, sólo dice: tiene algo también de eterno. Es ideológica aunque no partidista, y se sabe, claro, para siempre insatisfecha. No le interesa el poder: como dijo Lorca, no quiere adeptos, sólo amantes. A ratos se vuelve soflama pero nunca recluta: le daría vergüenza recaudar. Poesía es lo contrario a programa político porque no envejece ni se pliega a las tendencias, porque no entiende de réditos ni cambia de cabeza: conoce sólo de fascinaciones, de saliva, de autoría. 

Muchos de los que no se explican la -aplastante- victoria del PP han ido a recurrir a Machado, a Unamuno o a Valle-Inclán para que les pongan ellos palabras a su tristeza

Ha sido un contrapeso, una bofetada sin mano, un reducto de franqueza. Se asimila entera -como pieza única- y significa lo mismo siempre: es una verdad a la que acudir cuando se quiera. Por eso hay ciudadanos que han canjeado en poema su indignación electoral, la de los resultados del pasado 26 de junio. Muchos de los que no se explican la -aplastante- victoria del PP han ido a recurrir a Machado, a Unamuno o a Valle-Inclán (aquí la prosa teatral de Luces de Bohemia) para que les pongan ellos palabras a su tristeza. 137 escaños para Rajoy y el resto -votantes de PSOE, Ciudadanos o Unidos Podemos, por igual- con las cejas levantadas y la cara descompuesta. Pero cuando no se sabe ya qué alegar, ojo aquí, se encañona el poema.

Machado golpea

Decía en su Autobiografía que tenía "un gran amor a España" a la vez que "una idea de España completamente negativa": "Todo lo español me encanta y me indigna al mismo tiempo. Mi vida está hecha más de resignación que de rebeldía; pero de cuando en cuando siento impulsos batalladores que coinciden con optimismos momentáneos de los cuales me arrepiento y sonrojo al poco, indefectiblemente". Casi premonitorio cuando apuntaba que era "más autoinspectivo que observador" y se excusaba diciendo que comprendía "la injusticia de señalar en el vecino lo que noto en mí mismo": como los cabreados de hoy, que quisieran hablar desde su rabia por el pueblo y para el pueblo -como antes-, pero ahora saben que no pueden. Porque ese pueblo, en segunda vuelta, ha reforzado al líder popular -con su Fernández Díaz, con su Bárcenas, con su Rita Barberá-. Y aquí algo les chirría: que la democracia, a ratos, duele.

Ante la dentera, Machado. El más recurrido, el más popular. Quizá su verso más citado durante la resaca electoral ha sido el perteneciente al poema XXIV de Proverbios y cantares: "De diez cabezas, nueve / embisten y una piensa". Cerraba así: "Nunca extrañéis que un bruto / se descuerne luchando por la idea". No ha faltado tampoco el célebre Españolito que vienes al mundo, que dilata la brecha de las dos Españas heredada de la guerra civil: "Ya hay un español que quiere / vivir y a vivir empieza / entre una España que muere / y otra España que bosteza", han guiñado algunos, antes de avisar: "Españolito que vienes / al mundo, te guarde Dios. / Una de las dos Españas / ha de helarte el corazón".

Gusta también a los usuarios de redes sociales esa expresión hija de Machado del "país de pandereta". Ha acudido a la fiesta El mañana efímero: "La España de charanga y pandereta, / cerrado y sacristía (...) Esa España inferior que ora y bosteza / vieja y tahúr, zaragera y triste / esa España inferior que ora y embiste / cuando se digna usar la cabeza". Aventuraba ese Machado lanzado a la conjetura que nacía otra España ("del cincel y de la maza / con esa eterna juventud que se hace / del pasado macizo de la raza"): "Una España implacable y redentora / España que alborea / con un hacha en la mano vengadora, / España de la rabia y de la idea".

Se les olvidó, no obstante, a los descontentos, dar codazo en las costillas con ese otro gran poema machadiano que es Del pasado efímero a los más de 10 millones de ciudadanos que eligieron la abstención el 26-J: por vagueza, por tedio, por lo que fuera. Ese 30,16% de la población que podría identificarse con ese hombre de "labios de hastío" que describe ahí el poeta: "...y una triste expresión, que no es tristeza / sino algo más y menos: el vacío / del mundo en la oquedad de su cabeza". Ahí el Machado lúcido, clarividente: "Bosteza de política banales / dicterios al gobierno reaccionario / y augura que vendrán los liberales / cual torna la cigüeña al campanario". Describe su aburrimiento por "la Arcadia del presente", su afán por la inercia: "...de la cepa hispana / no es el fruto maduro ni podrido / es una fruta vana".

Unamuno y su guerrilla

El 12 de octubre de 1936 se celebraba en el paraninfo de la Universidad de Salamanca una ceremonia de la llamada Fiesta de la Raza, aniversario del descubrimiento de América. Si se recuerda -y se vuelve- al día es por el mítico grito de Millán Astray -fundador de La Legión y general del bando sublevado-, que interrumpió la ponencia de Unamuno diciendo: "¡Muera la inteligencia!". Dicen que, en un intento por calmar los ánimos, el poeta José María Pemán aclaró: "¡No! ¡Viva la inteligencia, mueran los malos intelectuales!".

Unamuno no se amilanó. Dirigiéndose a Astray, espetó: "Venceréis pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta; razón y derecho en la lucha". También esa intervención unamuniana se ha recuperado estos días en alusión a esos escaños de más con los que no contaba ni el propio Partido Popular y que han dejado en vergüenza a todas las encuestas nacionales.

De Miguel Hernández se ha traído a colación su Canción última -"El odio se amortigua / detrás de la ventana / será la garra suave / dejadme la esperanza"- y su Para la libertad -"sangro, lucho, pervivo...". También alguno guiñó a aquello de "¿Por qué no lleváis puesta contra toda villanía una hoz de rebeldía y un martillo de protesta?" (El labrador de más aire, 1937).

De Valle-Inclán, un extracto de su Luces de Bohemia:

"Un patio en el cementerio del Este. La tarde fría. El viento adusto. La luz de la tarde, sobre los muros de lápidas, tiene una aridez agresiva. Dos sepultureros apisonan la tierra de una fosa. Un momento suspenden la tarea: Sacan lumbre del yesquero, y las colillas de tras la oreja. Fuman sentados al pie del hoyo.

UN SEPULTURERO: Ese sujeto era un hombre de pluma.

OTRO SEPULTURERO: ¡Pobre entierro ha tenido!

UN SEPULTURERO: Los papeles lo ponen por hombre de mérito.

OTRO SEPULTURERO: En España el mérito no se premia. Se premia el robar y el ser sinvergüenza. En España se premia todo lo malo".

Hayan venido a la mente o no en los momentos de desencanto electoral -claro está, minoritario-, la lista de referencias literarias del pasado que claman, rabiosas, por el presente es infinita. Ese Cernuda y su Es lástima que fuera mi tierra -que alude al episodio de Unamuno en el paraninfo-: "Un pueblo sin razón, adoctrinado desde antiguo / en creer que la razón de soberbia adolece / y ante el cual se grita impune: / Muera la inteligencia, predestinado estaba / a acabar adorando las cadenas".

Habla Cernuda de esa población convertida en "desorden endémico / que el temor, sin domarlo, así doblega": "La existencia española, llegada al paroxismo, estúpida y cruel como su fiesta de los toros". O surge ahí Gil de Biedma y sus "demonios del gobierno" acumulando riqueza -en forma de corrupción- y empobreciendo al país: "De todas las historias de la Historia / la más triste sin duda es la de España / porque termina mal. Como si el hombre / harto ya de luchar con sus demonios decidiese encargarles el gobierno / y la administración de su pobreza".

Quiero creer que no hay tales demonios. / Son los hombres los que pagan al gobierno, / los empresarios de la falsa historia

Sin embargo, al cierre del poema, Gil de Biedma se repone -alejándose de esa idea tan noventayochista de que España está condenada y maldita- y culpa al pueblo: "Quiero creer que no hay tales demonios. / Son los hombres los que pagan al gobierno, / los empresarios de la falsa historia. / Son ellos quienes han vendido al hombre, / los que le han vertido a la pobreza / y secuestrado la salud de España".