Entrevista

José Ángel Mañas: "Todos iremos al paraíso, menos Almodóvar"

El hijo del Kronen presenta un thriller sobre la perversión del azar, el monstruo interno del ser humano y la ausencia de Juicio Final.

El escritor José Ángel Mañas.

El escritor José Ángel Mañas.

  1. José Ángel Mañas
  2. Literatura

José Ángel Mañas (Madrid, 1971) hace mucho ya que se independizó del Kronen. Sigue sacando los pies del tiesto, pero de otro modo: se rebela hacia dentro, sorprendiéndose a sí mismo, reaccionando a sus pautas anteriores. Pasa del ensayo a la ficción, del elefante de 600 páginas a un pajarito apretado de 200. No da lecciones: dice al lector que se relaje, que es leve, que no hay penitencias ni en este mundo ni en el otro. Un día, paseando por una feria de libros, encontró una novela titulada La confortable desesperación de las mujeres. Ni siquiera se la leyó, pero el título se le quedó en el cerebro como una larva lenta.

Así nació Paz, la protagonista de Todos iremos al paraíso (Stella Maris), una mujer de vida pacífica y ordenada que, por una serie de azares y malas decisiones, acaba mutando en asesina en serie. Mañas, que es relativista y anda obsesionado con el 36, maneja los hilos del thriller a golpe de carcajada, de revés cruel, como un dios irónico. Como si creyese en santidades y no lo apostase todo al azar. 

Hablemos en primer lugar del título: Todos iremos al paraíso, una canción de Polnareff. ¿Iremos todos, de verdad?

Bueno, todos menos Pedro Almodóvar, que se ha quedado en Pnamá (ríe). Sí, esa es una canción muy conocida en Francia y tiene cierta intrahistoria. Polnareff es un artista muy provocativo; le gustaban los vestidos de lentejuelas, las gafas estrafalarias... chocaba, en su país, aquella reivindicación personal. Decía "Todos iremos al paraíso, ¡incluso yo!". Los asesinos, los santos, las putas, las monjas... los Mario Conde y los Papas Francisco de la mano. Es cierto, no hay nadie, ningún juez que nos vaya a recompensar por los buenos actos y que nos castigue por los malos. La vida da y quita de forma aleatoria.

¿Tenía ganas de un final feliz?

Sí. Aquí desde el principio quería trabajar con una mujer corriente, alejada del universo criminal: alguien que no es traficante de drogas ni tiene una pistola a mano, alguien de quien nunca se sospecharía que pudiese convertirse en una asesina múltiple. Pero el azar se encarga. Como decía Leonard Cohen, los dados están cargados. Sin embargo, tiene su happy ending, su "aquí no ha pasado nada".

¿No hay justicia tampoco en vida?

No. En las novelas, al menos, la moralidad depende del novelista. La arrancas de atrás hacia delante, eso lo sabemos todos, ¿no? La vas construyendo... y cuando llegas al final, te conviertes en un juez que reparte los premios a los personajes que le han caído bien o que se han portado bien; y al que te cae gordo lo acabas castigando de alguna manera. Es un chiste privado entre el lector y yo.

¿Cómo es el paraíso de José Ángel Mañas?

Una partida de ajedrez en una buena posición, con piezas bien organizadas y todo muy ordenado y limpio. Soy bastante psicorídigo (se ríe).

¿Y el infierno?

Este mundo mismo. El infierno es abrir los periódicos y ver lo que ocurre. No hay mejor infierno. Al mismo tiempo, este caos es muy estimulante intelectualmente. Es una realidad dura pero interesante, en la que se vienen abajo muchas estructuras...

El paraíso es una partida de ajedrez en una buena posición; el infierno es abrir los periódicos y ver lo que ocurre

¿Cómo es su relación con Dios? ¿Le ha hablado alguna vez?

Soy un ser antirreligioso. Alguna vez he entrado en misa y no he entendido nada. Soy impermeable a eso, nunca me llegó. Me perturba al mismo tiempo: joder, la gente ha hecho malabares con ello. Como objeto estético, me es de interés. Es práctico en el contexto de la cultura de un país eminentemente católico como es el español. Pero yo soy ateo militante y convencido. Dios es el azar. El dado cargado.

¿Para qué sirve el sentimiento de culpa?

Bueno, no conozco a alguien que no se sienta culpable de algo. Todos tenemos sentimiento de culpa. Esa culpabilidad va variando y luego, a veces, te aplasta. Forma parte de la vida, esa mochila llena de agravios. Pero sobre todo depende de la arquitectura social. Los valores son cambiantes, no hay una moralidad concreta. Igual pasan cosas muy graves en algún momento y después dejan de tener trascendencia... Creo en la relatividad absoluta. Llevamos a Nietzsche grabado a fuego. Además, te digo algo: las cosas sólo tienen sentido si se saben. Si haces algo horrible pero nadie se entera... es como si no hubiera pasado.

¿Cómo fue acercarse, por primera vez, a un personaje protagonista femenino? ¿Cómo es eso de meterse por primera vez en la cabeza de una mujer y qué se descubre al entrar?

A mí, como a Dani Alves, me encanta travestirme (se ríe). Me lo he pasado pipa con este travestimiento literario... es una deuda que tenía pendiente con mis novelas, tratadas siempre desde un prisma masculino. Me interesaba entrar en la cabeza, en el cuerpo y las sensaciones de una mujer. Siempre digo que un novelista tiene mucho de actor: la parte más bonita es crear personajes. Ahora a Paz la siento como si no la hubiese escrito yo. Lo decía Juan Ramón Jiménez: sé que un poema está terminado cuando no siento que sea yo quien lo ha escrito. Lo ves como algo ajeno. Sé que soy un escritor tosco, lo reivindico y no me importa. Me gustan los sonidos sucios, crear imágenes narrativas potentes que se queden en el imaginario del lector.

Me pasa como a Juan Ramón Jiménez: sé que una novela está terminada cuando no siento que sea yo quien la ha escrito 

¿Cuál es la relación del mar cantábrico con la historia? ¿Funciona como espejo?

Exacto. Ésa es una reflexión extraída de Roger Wolfe. Hay un momento en el que dice que un inglés es una persona que cuando está sobria no se atreve a darte la mano, y cuando está borracho te la da y se equivoca de lado. Otro de sus aforismos habla de los humores cambiantes, que dependen de cuestiones químicas a veces... como el clima de Inglaterra. Llueve, sale el sol. Ese clima -que es como el del cantábrico- se adecúa mucho a mi protagonista en medio de tantas circunstancias agitadas. Se le muere el marido y no sabe qué hacer... ¿voy al médico? Hay atasco, joder... es realista. Existe un espectro anímico emocional amplio. Hay que pasar por muchos estados.

¿En qué momento pasa una persona normal a ser un monstruo? ¿Qué sabe de ese tránsito?

El monstruo es una especie de Frankenstein que se construye con nuestras debilidades. El monstruo lo tienes siempre dentro, pero las circunstancias pueden ser proclives -o no- a que lo saques. La mayor parte de la gente vivimos situaciones relativamente cómodas, pero mira, en 1936... quizá era fácil sacarlo.

¿Qué le recomendaría a un escritor que esté empezando?

Que ahora mismo tiene que ser un rentista para dedicarse a la literatura. Es muy difícil. El mercado, tal y como está a fecha de hoy... para vivir de esto no da. En un momento en el que hay tantas editoriales igual tienes más probabilidades... también demasiado ruido. Pero en cuanto a una primera novela, hay más gente que antes dispuesta a darte la oportunidad. En el fondo, es cuestión de vocación. Nada más. Mantener una mínima confianza en ti mismo, porque si no lo vas a pasar francamente mal. Entender que nunca vas a complacer a todo el mundo.

El monstruo es una especie de Frankenstein que se construye con nuestras debilidades. Lo tienes siempre dentro, pero las circunstancias pueden ser proclives... como en 1936

¿Y qué no volvería a hacer usted si volviera atrás?

Bueno, yo soy un caso atípico. Arranqué en este mundo enviando un manuscrito a un premio prestigioso y resulta que quedé finalista... cuando pasa eso, crees demasiado en la meritocracia, crees que las cosas funcionan así... entras en un mundo con unos códigos que desconoces totalmente. Me gustaría borrar bastantes cosas. Como decía Paul Valéry, "no soy inteligente, sólo he borrado todas mis tonterías".