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Hay viajes que se recuerdan por un lugar concreto. Tenerife juega a otra cosa. Justo cuando crees haber entendido la isla, la carretera gira, cambia de paisaje y todo vuelve a empezar.

Quizá por eso resulta imposible resumir el destino en un itinerario cerrado. Este lugar parece empeñado en demostrar que siempre queda un camino más por explorar como si fuéramos todos portadores del famoso gen explorador, es decir, la variante genética DRD4-7R, asociada con la curiosidad y el deseo de descubrir nuevos horizontes.

Lo realmente interesante es comprobar que Tenerife parece diseñada para quienes disfrutan cambiando constantemente de escenario, dejando espacio a la sorpresa y aceptando que el viaje rara vez transcurre como uno había imaginado.

En la carretera hacia el macizo de Teno a un lado aparecen profundos valles cubiertos de vegetación; al otro, el océano vuelve a abrirse paso entre enormes paredes de roca. Turismo de Tenerife

La isla lleva años intentando desprenderse de una imagen que se quedó pequeña. Fue identificada casi exclusivamente con el sol, la playa y los grandes complejos hoteleros. Y aunque esa realidad sigue formando parte del lugar, también convive con otra mucho menos conocida.

Nuestro primer destino obliga precisamente a mirar hacia ese otro Tenerife.

Donde el Atlántico marca el ritmo

La carretera abandona Santa Cruz mientras la ciudad desaparece por el retrovisor. Durante mucho tiempo esta tierra fue conocida como la "isla de la eterna primavera". Hoy prefiere hablar de emociones y que cada visitante termine encontrando una distinta.

El recorrido hacia el suroeste atraviesa donde las plataneras todavía dominan el paisaje, aunque ya no con la fuerza de entonces. La competencia internacional cambió ese equilibrio y el turismo acabó convirtiéndose en el gran motor económico de la isla.

La Punta de Teno marca el extremo donde finalizan los Acantilados de Los Gigantes. Turismo de Tenerife

También cambian los perfiles de los viajeros. El invierno pertenece a alemanes, franceses y visitantes de los países escandinavos. El verano trae cada vez más turistas peninsulares que buscan escapar de las altas temperaturas.

Tenerife juega con ventaja. Su clima permanece estable durante buena parte del año, con temperaturas cercanas a los veinte grados incluso cuando el resto de Europa atraviesa estaciones completamente diferentes.

La carretera desemboca en uno de esos lugares donde cualquier conversación acaba interrumpiéndose sola: los Acantilados de Los Gigantes aparecen como una inmensa muralla basáltica levantada directamente desde el océano.

Resulta difícil calcular su tamaño hasta que una embarcación comienza a navegar junto a sus paredes verticales. Entonces la escala cambia por completo. Algunos puntos alcanzan los 603 metros de altura, lo que convierte este rincón en uno de los acantilados más elevados del continente.

En los Acantilados de los Gigantes cada línea horizontal corresponde a antiguas erupciones volcánicas, mientras las marcas verticales delatan los conductos por donde ascendía el magma. Turismo de Tenerife

Desde el puerto comienza una navegación que tiene poco de excursión convencional. Aquí las normas son casi tan importantes como el paisaje. Y es que Tenerife alberga una de las mayores concentraciones de cetáceos residentes de Europa y la actividad está estrictamente regulada.

Las embarcaciones únicamente pueden permanecer unos minutos junto a cada grupo de animales, existe un número limitado de barcos autorizados y las salidas diarias están controladas para reducir al máximo cualquier alteración de su comportamiento.

Tenerife convive durante todo el año con dos especies residentes, los calderones tropicales y los delfines mulares. Francis Pérez Turismo de Tenerife

Durante varios minutos solo se escucha el motor reduciendo velocidad y el sonido del agua golpeando suavemente el casco. Y entonces aparecen. Primero una aleta. Después otra. La escena resulta casi hipnótica.

Cuando el barco emprende el camino de regreso cuesta apartar la vista de los acantilados. Resulta inevitable pensar que apenas han pasado unas horas desde que abandonábamos una ciudad de aire colonial. Y la sensación apenas acaba de empezar.

La siguiente parada conserva el ritmo tranquilo de un pequeño núcleo marinero del sur que ha crecido alrededor de una única carretera. Pongamos que hablo de Alcalá (el de Tenerife), como diría Joaquín Sabina.

La gastronomía continúa esa misma conversación. Frente al mar, el restaurante Muelle Viejo convierte el producto local en el verdadero protagonista. Papas de color rellenas de pescado encebollado, dorado recién capturado, mojos, vinos elaborados con variedades autóctonas y postres tradicionales dibujan un recorrido por la despensa tinerfeña.

La gastronomía se caracteriza por el uso de papas, el gofio, pescados frescos del Atlántico, carnes y sus tradicionales salsas, los mojos. Turismo de Tenerife

Esa misma tarde el viaje cambia completamente de escenario. Santa Cruz (ubicada en el noreste) aparece muy distinta cuando cae el sol. La capital conserva ese carácter de ciudad abierta al mar que durante siglos actuó como puente entre Europa y América.

La historia militar forma parte del paisaje urbano igual que los nombres de dos municipios cercanos, La Matanza y La Victoria, que recuerdan algunos de los enfrentamientos decisivos durante la conquista de la isla.

Sin embargo, la ciudad ha aprendido a convivir con todas sus épocas.

Basta caminar unos minutos para encontrar esculturas contemporáneas repartidas por las calles, edificios de líneas vanguardistas y el Parque García Sanabria, un oasis urbano inaugurado en los años veinte que sigue funcionando como refugio frente al calor.

Una isla escrita por volcanes

Al amanecer del día siguiente, la autopista del norte confirma otra de las grandes virtudes de la isla.

La Orotava aparece encajada en la ladera con una elegancia casi inesperada. Aquí siempre estuvo buena parte del poder económico de Tenerife. Las grandes familias financiaron expediciones científicas, impulsaron el desarrollo ilustrado de la isla y levantaron edificios que todavía conservan esa huella señorial.

En La Orotava se encuentra el famoso "templo masón", que es en realidad el Mausoleo de la Quinta Roja, ubicado en los Jardines Victoria. Turismo de Tenerife

El casco histórico invita a caminar despacio, observando balcones de madera, patios interiores y fachadas que parecen haber detenido el tiempo. Uno de esos rincones guarda una de las tradiciones más singulares de Tenerife.

El molino de gofio continúa funcionando prácticamente igual que hace décadas. Y es que este alimento ocupa un lugar fundamental dentro de la cultura gastronómica canaria, apareciendo en desayunos, postres, guisos y recetas tradicionales.

Apenas unos kilómetros después, avanzando hacia el noroeste de la isla, el paisaje vuelve a cambiar. Garachico obliga a detenerse para imaginar una ciudad desaparecida bajo la lava.

Durante los siglos XVI y XVII fue uno de los puertos más prósperos de Tenerife. Sin embargo, todo terminó en 1706, cuando la erupción del volcán Trevejo sepultó buena parte del lugar. Las piscinas naturales de El Calentón, formadas por el encuentro entre la lava y el océano, son el vivo ejemplo de ello.

El azúcar cultivado en los alrededores de Garachico se exportaba a buena parte de Europa y convirtió la localidad en un importante centro comercial. Turismo de Tenerife

El viaje continúa hacia el extremo noroeste, el macizo de Teno, uno de los espacios naturales mejor conservados del archipiélago. La carretera serpentea entre barrancos, pequeños caseríos y laderas donde todavía sobreviven cultivos tradicionales.

Conforme se gana altura, el verde comienza a desaparecer. Primero llegan los pinares. Después la vegetación se vuelve cada vez más escasa hasta dejar paso a un paisaje mineral donde dominan los tonos negros, rojizos y ocres.

El Parque Nacional del Teide, en el corazón de la isla, posee esa capacidad de alterar cualquier referencia previa. Las coladas de lava, los conos volcánicos y las enormes formaciones rocosas dibujan un escenario que parece sacado de otro planeta.

El parque recibe cerca de 5 millones de visitantes al año y es el espacio natural más frecuentado del continente europeo. Sin embargo, basta alejarse unos minutos de los puntos más concurridos para recuperar una sensación de inmensidad difícil de describir.

Varias producciones cinematográficas han utilizado el Teide como decorado natural. Entre ellas, Furia de Titanes (2010). Turismo de Tenerife

Cuando el sol comienza a descender, el paisaje cambia de nuevo. Las sombras alargan las formas volcánicas y el Teide adquiere un tono dorado que dura apenas unos minutos.

La noche, sin embargo, todavía guarda una última sorpresa.

A pocos kilómetros del observatorio astronómico, el cielo comienza a llenarse de puntos luminosos con una claridad poco habitual. La escasa contaminación lumínica y las condiciones atmosféricas convierten Tenerife en uno de los mejores lugares del mundo para observar las estrellas.

A la mañana siguiente, la isla vuelve a sorprender. Basta abandonar Santa Cruz en dirección al extremo noreste para comprobar que todavía queda otro gran secreto por descubrir.

La laurisilva cubre Anaga desde hace millones de años y convierte el parque rural en uno de los ecosistemas mejor conservados de Europa. Turismo de Tenerife

Anaga no se parece a ninguno de los lugares visitados anteriormente. Desde el Pico del Inglés, las nubes juegan a ocultar y descubrir el relieve del macizo mientras el océano aparece y desaparece en el horizonte.

La última parada llega en San Cristóbal de La Laguna, también en la región noreste de la isla.

San Cristóbal de La Laguna (Tenerife) fue construida sobre una antigua laguna seca. Turismo de Tenerife

La antigua capital de Tenerife conserva un trazado urbano que sirvió de modelo para numerosas ciudades levantadas en América. Sus calles rectas, sus casas de colores y sus patios interiores invitan a recorrerla sin mapa, dejándose llevar por las plazas y los comercios locales.

Y así, tras tres días recorriendo la isla, al despegar rumbo a Madrid uno solo puede quedarse con la sensación de que Tenerife nunca termina de recorrerse. Quizá ese sea su verdadero gen explorador.