Los adjetivos superlativos se suceden cuando intentas ponerle palabras al torrente de emociones que surgen al recorrer el Parque Nacional Iguazú. Pero lo cierto es que, en realidad, enmudeces cuando te adentras en sus profundidades. Su nombre en guaraní, que significa Agua Grande, es tan concreto como certero.
El español Álvar Núñez Cabeza de Vaca fue, en 1541, el primer europeo en contemplarlas, bautizándolas como Saltos de Santa María. Su crónica describe el estupor de sus soldados al escuchar un trueno que no cesaba y descubrir que no era el cielo, sino la tierra la que rugía.
Una sensación similar es la que experimenta el visitante actual, cinco siglos después. De hecho, una de las anécdotas más famosas se le atribuye a Eleanor Roosevelt cuando al visitar las cataratas en 1934, exclamó: “¡Pobre Niágara!”. Razón no le faltaba: 275 saltos de agua jalonan sus casi tres kilómetros de frontal. En época de crecidas, el caudal puede superar los 12.000 metros cúbicos por segundo, más del doble que las cataratas Victoria, en África.
Un recorrido que sorprende a cada paso
La altura de las cataratas y el verdor que las rodea las convierte en un espectáculo hipnótico.
Tras acceder al Parque, el Circuito Superior se revela poco a poco, pero entiendes rápidamente que este escenario, de belleza casi irreal, haya sido el origen de leyendas ancestrales. La más arraigada es la que cuenta cómo la cólera de la temible serpiente gigante Mboi, moradora del río, creó esta cascada imponente.
Cuenta el mito que la joven Naipí, destinada a ser sacrificada en honor a la serpiente, quiso esquivar su destino escapándose con su amado; el guerrero Tarobá. En un arrebato de furia, Mboi quebró el río en dos para darles caza. Naipí cayó al abismo y su cabellera se convirtió en vapor eterno.
El famoso arcoíris eterno de la Garganta del Diablo.
Tarobá se transformó en árbol para protegerla desde la orilla. Dicen que el arcoíris que aparece sobre los saltos surge tras la unión final de los amantes. Y es que, Iguazú, no es simplemente una espectacular catarata; es un fenómeno vivo. El clímax llega cuando coronas la plataforma frente a la Garganta del Diablo.
Ahí es donde el río, en toda su anchura y bravura, se lanza desde una altura de 82 metros. La velocidad a la que el agua se despeña, su bramar y el vapor denso que lo envuelve todo son hipnóticos. La pasarela, suspendida sobre el abismo, ofrece una inmersión total, no apta para quienes sufren de vértigo.
La plataforma desde la que te asomas al abismo de Iguazú.
Estás, literalmente sobre el epicentro del rugido, viendo cómo la tierra misma parece quebrarse bajo el peso del agua. Cuando logras recobrar el aliento, con él vuelven también los adjetivos y se precipitan con un estruendo similar al de los saltos de agua que te acompañan en el camino de vuelta, ahora por el Circuito Inferior. Este recorrido ofrece una perspectiva distinta y el poder del agua se siente en la piel.
Más allá de la leyenda
Es habitual escuchar a los guías que “Argentina tiene las cataratas y Brasil tiene la foto”. El 80% del territorio que ocupa el Parque pertenece a Argentina, pero la panorámica más fotogénica se obtiene desde el lado brasileño. Cruzar la frontera en un mismo viaje no solo está permitido, sino recomendado: son dos experiencias imprescindibles.
Los coatíes son de los animales más curiosos del Parque, en todos los sentidos.
La fauna y la flora que habita el parque desde tiempos inmemoriales merece un capítulo aparte. Más de 400 especies de aves y mariposas, entre las que destacan las Morpho, de un azul eléctrico casi imposible, pero ese color es pura ilusión óptica generada por la microestructura de sus escamas.
Awasi Iguazú: El lujo de la invisibilidad con alma local
La terrazas de las Masters Villas son un observatorio de la selva.
A tan solo veinte minutos de la inmensidad del Parque Nacional un exclusivo refugio de tan solo catorce cabañas juega al camuflaje en la profundidad de la jungla atlántica. Creado con una filosofía que parece haberse anticipado a lo que el viajero contemporáneo demandaría, Awasi, que significa “hogar”, es una lección de simbiosis.
Cada una de las 14 suites están pensadas como un hogar en la selva.
Sus estructuras de madera se funden con el paisaje. Aquí la excelencia no se manifiesta a través del exceso, sino mediante la introspección y un respeto absoluto por el medio ambiente. En este refugio, las cabañas con piscina privada invitan a la contemplación. Los materiales y cada detalle de decoración se han extraído del entorno y han sido creados por artesanos locales. Un círculo virtuoso que habla sobre una forma de estar en el mundo que nos demuestra que es posible viajar sin menoscabo del entorno y sus habitantes. Sus principios de sostenibilidad, ligados a la neutralidad en carbono, son tan exigentes como la naturaleza que lo rodea.
Interiores sosegados, abiertos al espectáculo exterior.
Vivencias creadas a medida
Las experiencias en Awasi se personalizan al máximo para romper con la estandarización convencional. Porque, si no hay dos viajeros iguales, ¿por qué ofrecerles el mismo viaje a todos? Al realizar la reserva, te asignan un guía y un ranger que se convierten en tus acompañantes nada más aterrizar.
La visita privada a las ruinas de las misiones Jesuitas es una experiencia muy recomendable.
Todo está pensado para generar una vivencia en función de tus intereses y gustos: desde navegar en solitario por el río Paraná hasta alcanzar un salto de agua secreto o visitar las remotas ruinas jesuitas de San Ignacio. Mención especial merece el encuentro con los habitantes de una aldea guaraní.
Dicen que la selva habla a quienes se atreven a surcar el río Paraná.
Ellos, que viven con menos que poco, te regalan una lección impagable: vivir en armonía es, a menudo, el camino más corto hacia la felicidad. Incluso la visita a las cataratas se convierte en algo diferencial ya que el equipo de Awasi gestiona una entrada prioritaria al Parque que permite hacer parte del recorrido en solitario. Sí, has leído bien, en solitario. Algo impensable para uno de los lugares más visitados del mundo. A primera hora del día estaréis solos, la naturaleza que despierta y tú… .
Gastronomía de fusión con alma local
La terraza del restaurante se integra, sin límites, en la espesura de la selva.
El cuidado por la gastronomía y la originalidad de las fusiones es marca de la casa.
Y, como buen miembro de Relais & Châteaux, para Awasi la propuesta gastronómica es un pilar natural. El Chef Mauricio Alvez propone una revisión actual de la cocina autóctona, maridada con una selección inusual de caldos biodinámicos y ecológicos. Nativo de Misiones cocina cada día con la misma pasión que le transmitió su abuela.
Su propuesta está profundamente arraigada en su territorio natal, donde los ingredientes de la selva atlántica marcan el ritmo de cada plato. Frutas tropicales, pescados de río, cítricos aromáticos y yerba mate conforman una despensa viva. El resultado es una mesa que refleja con autenticidad el paisaje que la rodea.
Producto natural cocinado de forma tradicional con toques contemporáneos.
La experiencia gastronómica se extiende más allá del comedor: durante las excursiones por la selva, el hotel organiza almuerzos y picnics preparados al detalle con las cataratas como escenario.
