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Los primeros rayos de sol se cuelan por la ventana del camarote mientras el NCL Encore, el crucero en el que viajamos durante toda una semana por las aguas del Caribe, avanza en paralelo a la costa de Belice. Atrás quedó Honduras y, en 48 horas, alcanzaremos territorio mexicano.

Hoy, sin embargo, la parada se prevé algo más especial: no todos los días se tiene la oportunidad de disfrutar de una auténtica isla privada, la única en todo Belice que cuenta, además, con un muelle capaz de recibir grandes cruceros directamente, sin necesidad de lanchas auxiliares.

Cuando venimos a darnos cuenta, nuestro hogar flotante ya ha atracado en el puerto de Harvest Caye. Desde el balcón de nuestro camarote, mientras ultiman preparativos para que el pasaje pueda pisar tierra firme, admiramos la belleza de este paraíso caribeño: alojarnos en la planta 13 del barco nos regala la mejor panorámica que podríamos tener de las aguas azul turquesa y las infinitas palmeras, las playas de arena blanca y el colorido faro asomando entre la vegetación.

El interior de Harvest Caye, la isla privada. NCL

Ataviados con la bolsa de la playa y todo lo necesario para el deleite caribeño, abandonamos el barco y avanzamos por la larga pasarela de madera que nos conecta con las 30 hectáreas de este idílico oasis. Un edén tropical que la naviera adquirió en 2013 y que, tras varios años de intensos trabajos, se acabó convirtiendo en lo que es hoy: un absoluto parque de atracciones destinado al disfrute.

Una suerte de spanglish se apodera de las conversaciones en cuanto pisamos La Marina, la plazuela en torno a la que se despliega todo tipo de comercios de artesanía y restaurantes. Pintados de vivos colores, con la música sonando bien fuerte, no tardamos en contagiarnos de ese ambiente caribeño tan especial.

Nature center en Harvest Caye. NCL

Cuando la compañía naviera se hizo con la propiedad de la isla, llegó a un acuerdo con el Gobierno de Belice por el que los negocios estarían regentados por locales, de ahí que todo destile autenticidad a cada paso.

Salimos airosos de caer en la tentación de zamparnos unos ricos tacos y un sabroso cóctel para desayunar y avanzamos, poco a poco, hacia la playa, adentrándonos en un jardín tropical de exuberante vegetación en el que no faltan ni un terrario de reptiles, ni un espectacular mariposario, ni algunas pajareras donde habitan aves del paraíso rescatadas.

La playa de Haverst Caye en Belice. NCL

Al cuidado de todas estas instalaciones se halla la Harvest Caye Conservation Foundation, que lucha por la educación y conservación de la naturaleza en el destino.

Y de nuevo, el mar. Y no uno cualquiera, claro: tenemos el Caribe en todo su esplendor para nosotros. Las aguas templadas de turquesas imposibles se extienden ahora frente a nosotros a lo largo de una playa de postal repleta de chiringuitos, de carritos de helados y de hamacas: con solo caminar un par de minutos más, encontramos nuestro particular oasis que disfrutar casi en solitario.

Lujo a la carta

Unas horas de vuelta y vuelta bajo el sol, regadas de algún bañito y, por qué no, una piña colada, resultan la mejor experiencia. En la distancia, la silueta del gran coloso sobresale desde el mar: contemplar nuestro crucero con cierta perspectiva nos hace pensar en lo increíble de las leyes de la física.

Se pueden alquilar villas en Harvest Caye. NCL

A medio camino entre el gigante del lujo y nosotros, hay quienes posiblemente se planteen lo mismo, solo que a remojo en la piscina con bar de la que también dispone la isla: cuestión de preferencias... O de bolsillo: para quienes apuestan por el máximo lujo accesible en Harvest Caye, hay opción de alquilar unas exclusivas cabañas con piscina privada y servicio de mayordomía que superan todo lo esperado.

Los más aventureros, eso sí, aprovechan las horas en el fin del mundo para animarse con otro tipo de actividades: desde Flighthouse, como se conoce al singular faro que domina la isla, parte una tirolina que conecta, sobrevolando nuestras cabezas, con otro de los extremos del terreno. Una fina línea por la que, cada pocos minutos, se deslizan viajeros ávidos de adrenalina que no dudan en lanzar un grito de pura diversión.

Más relajado resulta el optar por un paseo por la laguna de agua salada que se despliega en el lado opuesto a la playa: es el escenario idóneo para quienes se animan con el kayak o el paddle surf.

La tirolina desde el faro que domina toda la isla. NCL

Excursión en kayak en familia en Harvest Caye. NCL

Nosotros, sin embargo, decidimos contratar una excursión a las afueras de la isla: que Harvest Caye se halle junto al segundo arrecife de coral más grande del mundo, nos tienda demasiado. Por eso de la mano de un guía, y preparados con aletas, tubo y gafas de esnórquel, nos alejamos en lancha mar adentro decididos a explorar las profundidades marinas durante un par de horas.

Una vez anclados en alta mar, nos plantamos de un salto en sus aguas y comienzan los encuentros: con multitud de especies de peces de colores, con estrellas de mar e incluso con alguna tímida raya.

Una despedida por todo lo alto antes de regresar a nuestro camarote, desde cuya terraza podemos disfrutar, ya con el sol poniéndose en el horizonte, de este idílico y remoto olimpo de la felicidad.