Cristina Fernández
Publicada

El silencio domina la escena: ninguno de los cinco viajeros que ocupamos la parte trasera del 4x4 pestañeamos. Lo que sí hacemos es abrir bien los ojos; contemplar, cautivados, el momento.

Lo que sucede ante nosotros es bien sencillo: una familia de tres elefantes, uno de ellos, una cría, se afana en pegarse un festín de campeones a base de ramas y frutos a escasos metros de donde nos hallamos.

El tamaño de los paquidermos impresiona. Aunque más emoción nos causa el poder ser testigos de un momento como este: contemplar la vida salvaje en absoluta libertad es de las experiencias más gratificantes que existen.

Elefantes se cruzan durante el safari por Yala Park. iStock

Son apenas las 7:30 de la mañana y nos encontramos en las entrañas del Yala National Park, en la costa sureste de Sri Lanka, cuyo inmenso territorio se despliega allí donde las provincias de Sur y Uva se abrazan. Un pedacito de jungla en el que la naturaleza explota ofreciendo un espectáculo de exuberancia y biodiversidad.

Aquí, la estampa muta a cada poco: su paisaje es un mosaico de selva seca, lagunas, gigantescas rocas, amplias praderas y un inesperado tramo de costa que se asoma al Índico. Ya en 1560, durante la colonización portuguesa, este vergel fue registrado en los mapas, aunque no fue hasta 1900 cuando se designó como santuario de vida silvestre. En 1938 se declaró oficialmente parque nacional.

Son apenas las 7:30 de la mañana y nos encontramos en las entrañas del Yala National Park, en la costa sureste de Sri Lanka, cuyo inmenso territorio se despliega allí donde las provincias de Sur y Uva se abrazan. Un pedacito de jungla en el que la naturaleza explota ofreciendo un espectáculo de exuberancia y biodiversidad.

Aquí, la estampa muta a cada poco: su paisaje es un mosaico de selva seca, lagunas, gigantescas rocas, amplias praderas y un inesperado tramo de costa que se asoma al Índico. Ya en 1560, durante la colonización portuguesa, este vergel fue registrado en los mapas, aunque no fue hasta 1900 cuando se designó como santuario de vida silvestre. En 1938 se declaró oficialmente parque nacional.

Imagen del Parque Nacional de Yala. iStock

A pesar de la magia del momento, nuestro guía rompe el silencio y nos avisa: hay que seguir la ruta. Entre otras muchas razones, porque tenemos un reto que alcanzar: poder ver al gran rey del lugar, al animal que más visitantes atrae hasta este rincón del mundo, es nuestro objetivo.

Precisamente aquí se halla una de las mayores concentraciones de leopardos de todo el planeta: se estima que en el parque habitan, aproximadamente, 60 ejemplares, y la gran mayoría lo hace en el Bloque I de los cinco en los que se divide su territorio.

Junto a ellos conviven —ya lo hemos comprobado— elefantes asiáticos, osos perezosos, búfalos de agua, ciervos, chacales, primates y más de 200 especies de aves. Pero el felino es, sin duda, el gran protagonista del Yala National Park. Nos espera en algún lugar. Solo tenemos que encontrarlo.

Safaris por el Parque Natural de Yala. E. E.

Con prismáticos y a lo loco

Los baches se suceden sin control mientras nuestros traseros saltan al unísono sobre el asiento del vehículo. La velocidad, controlada a 25kms/h en esta zona protegida, permite que incluso en marcha podamos disfrutar de la vida animal que se desarrolla alrededor.

Los langures grises y macacos se cuentan por decenas: curiosos, algo temerarios, corretean y saltan de un árbol a otro sin cesar. A un lado, un pavo real despliega sus plumas y arranca una danza que provoca un sonido hipnotizante: está —nos explica el guía— cortejando a la hembra que, a solo unos metros, actúa como si el espectáculo no fuera con ella.

Los prismáticos se convierten en los mejores aliados para escudriñar hasta el último rincón. Un buey cruza, lentamente, la pista embarrada por la que avanzamos. Frente a un lago forrado de nenúfares, improvisamos un suculento pícnic como desayuno cuando una huella llama la atención de nuestro anfitrión: parece que estamos más cerca de nuestro objetivo de lo que imaginábamos.

Y de repente, sucede. Cuando menos lo esperamos, los planetas se alinean. Un puñado de jeeps se agolpan junto a una enorme roca y la intuición es clara: algo grande está pasando. Nos colocamos estratégicamente junto a la maleza y, sin previo aviso, hace su aparición: un ejemplar de hembra de leopardo sale de la maleza y se contonea con elegancia sublime frente a nosotros durante unos minutos, hasta volver a desaparecer.

Así, sin más, uno de los momentos más especiales del viaje acaba de ocurrir. Las cámaras lo han captado. Los móviles lo han grabado. Aún nos tiembla el pulso de la emoción.

El hotel Wild Coast Tented Lodge. E. E.

El premio que todo explorador merece

Completar una vivencia irrepetible como la de un safari, con el placer de dormir en un exclusivo resort es, simplemente, el combo perfecto. Por suerte, no tenemos que irnos muy lejos para gozar de este privilegio: Wild Coast Tented Lodge, el exclusivo hotel que la cadena ceilandesa Resplendent Ceylon posee, al amparo del sello Relais&Châteaux, a las puertas de Yala National Park, es nuestro lugar.

Al abrazo de la jungla y del Índico, sus instalaciones se mimetizan con el paisaje gracias a estar construidas con materiales naturales con el claro objetivo de participar de la mirada sostenible por la que aboga, desde hace años, el país. No en vano, cuenta con el premio de Diseño otorgado por la Unesco.

Un sinuoso sendero nos conduce hasta una de las 28 suites Cocoon que, a modo de caparazón, se oculta entre la frondosidad, otorgándonos la máxima intimidad. En el exterior, un pequeño solárium y una piscina privada; en el interior, diseño contemporáneo combinado con detalles y muebles que son un guiño al expedicionario que todos llevamos dentro.

Una bañera en el centro de la habitación, con vistas a la selva, augura ratos de relax antes —o después— de disfrutar de los espacios comunes del resort, que abarcan un elegante restaurante en el que descubrir los sabores de Sri Lanka, safaris a pie por la agreste costa que flanquea el hotel o un spot a pie de playa en el que, cada tarde, brindar con cócteles de autor y vistas al horizonte al caer el sol.